Ahí vino la plaga

Por Osvaldo Bazán.

"¿Ésta es la plaga?", pregunta el tipo, y señala una tucura. El nenito, en medio del campo con sequía, flequillito con pinta de atorrante, lo mira, hace montoncito con la mano y responde: "¿Plaga? ¡Plaga es Cristina!"

¿Ésta es la plaga? –pregunta el tipo. Y señala una tucura.

El nenito de no más de diez años, en medio del campo con sequía, flequillito con pinta de atorrante, lo mira, hace montoncito con la mano y responde:

–¿Plaga? ¡Plaga es Cristina!

¿Qué futuro pretende un país que tiene a una mitad de sus habitantes rezando para que llueva y como no llueve putean al Gobierno, y otra mitad contenta porque no llueve así se joden los que esperan la lluvia?

Ya sé que es imposible con el nivel de intoxicación panfletaria de ambos lados abrir los oídos y ponerse un segundo en el lugar del otro. Es absolutamente naif pensar que puede ocurrir. Pero suena necesario y un poco más sano que la sarta de insultos automáticos que disparan notas como ésta en criticadigital.com. (Como la gran mayoría de quienes van a putear anónimamente por internet, dándose con eso por satisfechos por la enorme contribución ciudadana realizada no tiene ganas de escuchar argumento alguno, ya puedo recomendar que dejen de leer y empiecen a putear ahora. Si son felices así, ¿quién soy yo para impedirles la felicidad?).

No hay puentes de comunicación entre el Gobierno y el campo (sea “el campo” lo que fuere, viejas paquetas como le gusta a cierto imaginario citadino; chacareros sufridos, como pregona cierto imaginario del interior), ¿no hay que reconstruirlos ya? Verdad de Perogrullo: el país es agrícola-ganadero. (Como hay que aclarar todo digo: es obvio que a esta altura del partido deberíamos haber pasado a un estadio superior. Brasil fabrica aviones, a nosotros si no llueve se nos cae la pobreza encima. Algo (no) habrán hecho los sucesivos gobiernos desde la época del granero del mundo hasta acá para que todo siga igual. ¿Nos gustaría otra cosa? Sí. ¿Tenemos otra cosa? No. Por eso, hablemos de este país agrícola-ganadero.)

¿Cómo es que el gobierno de un país eminentemente rural se pone a competir con el sector a ver quién la tiene más larga? ¿De qué corno le sirvió al país tanto tole tole?

No es gracioso que un nenito de diez años le diga “la plaga” a la presidenta del país en el que vive. Es devastador.

Es doloroso para quienes pensamos que la convivencia es imprescindible saber que si existiese el término “desadhesión”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y todo su elenco ganarían cómodamente todas las encuestas en enormes extensiones territoriales.

El quiebre es final, tan palpable como la sequía.

No tiene el valor de un trabajo de campo, no es una encuesta de las de Artemio, pero con sólo pasar unos días en la zona de Tandil, Rauch, Olavarría y hablar con la gente de ahí, desde el presidente de la sociedad rural de cualquiera de esas ciudades –sí, el tipo es como lo pintan, mirada soberbia, cinturón cardón, aire de perdonavidas, no te gustaría que fuera tu jefe– hasta la chica de la fotocopiadora o el pibe de la estación de servicio, todos los interlocutores dan por sentado que nadie puede estar de acuerdo con el gobierno “de los Kirchner”, dicen, cuando se dignan a nombrar a la pareja presidencial por el apellido, cosa que ocurre poco. En general son “los K”, “los KK” y otros epítetos poco edificantes.

Supongo que será por demás sintomático que en el interior ya no dicen “soja”. Ahora dicen “el yuyo, como dice la Cristina”.

De un lado dicen que se trata de una pelea por plata. Del otro dicen que es cultural. Y sí, es por plata. Y es cultural.

Pregunté a cada uno de los interlocutores, productores, profesionales, trabajadores, familiares de chacareros por al menos una medida que haya sido tomada por el Gobierno en la que puedan estar de acuerdo. La única respuesta que recibí fue una mirada traducible como “¿me estás tomando el pelo?”

¿Qué dicen los que se quejan cuando se quejan? Hablan principalmente de un marcado desconocimiento de la problemática del sector y un desprecio por las raíces culturales, siempre ubicadas indefectiblemente en los abuelos inmigrantes. Los abuelos inmigrantes parecen ser fuente de toda razón y justicia. No parece haber existido historia anterior ni futuro rescatable. Recuerdan que el cierre de exportaciones no bajó los precios internos y liquidó la producción. Toman como una burla las facilidades para la compra de esos objetos de deseo que les muestra el Canal Rural. No están dispuestos a entrar en un crédito en estas circunstancias. Miran al gobernador Scioli con desconfianza (“ahora se despegó un poco ¿no? Andá a saber si después de las elecciones no vuelve con los KK”), al secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, le reconocen cierto conocimiento técnico pero “no le dejan hacer nada, es un títere de los K” y a Guillermo Moreno lo miran con odio.

Están convencidos de que el dinero que sale del campo no es para planes sociales, mejoras para la salud, la educación, la seguridad, para el funcionamiento del país. Están convencidos de que con el dinero de su trabajo se paga el choripán que suma voluntades en el conurbano. Que no hay ninguna construcción aparte del acarreo de votos y el beneficio personal de los funcionarios. Y ésa es su mayor certeza.

Hay muchos momentos en los que el país mata. Los altos ideales son tan altos que no aparecen por acá abajo a ver de qué se trata. Y viene la masacre, pero las palabras son tan lustrosas, aquellos ideales allá arriban parecen justificar todo. Y nada justifica un muerto. Ni el más alto ideal. Que baje y se haga cargo, el ideal, no cuenten conmigo, perdónenme, no soy patriota.

Hay muchos momentos en los que el país cansa. Más de uno tiraron la toalla, nos pidieron a los que nos quedáramos que nos metiéramos el país en el culo y desde Ezeiza se fueron a buscar alguna solución, mientras más mágica mejor. Poquísimos la encontraron.

Pero hay muchos momentos en los que el país es, simplemente, pelotudo.

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