Villas, intrusos y asentamientos

Por: Ricardo Roa

Hay temas como la salud, la seguridad o el planeamiento urbano que no deberían ser sometidos a los bajos instintos de la política. Y en el discurso se reconoce que así tendría que ser. Pero sólo en el discurso.

En la Villa 31 viven hoy unas 30 mil personas. Que han ido ocupando decenas de manzanas, se han amontonado desordenadamente y creado una mini ciudad a su manera. Guste o no, están ahí. Y desde hace mucho tiempo. Tanto el gobierno nacional como el porteño coinciden que en que no puede ser erradicada. Sobre todo la parte original. A la llamada 31 Bis se la propone relocalizar. Pero en lugar de sentarse a discutir cómo se la incorpora a la ciudad formal, que es lo que correspondería, lo que existe son cruces de acusaciones. Las últimas son por la demolición de viviendas en altura y peligrosas. Muchos habitantes de la villa son albañiles y saben cómo levantar casas. Pero eso no es suficiente: hacen falta estudios técnicos como los de suelo. El Talón de Aquiles puede estar en los cimientos de esas construcciones de hasta seis pisos, que corren riesgo de derrumbarse. Urbanizar es trazar calles, veredas y plazas y proveer servicios. Y hacer que toda esa trama se integre a la vida de la ciudad y a sus normas y leyes. Este es el trabajo que debiera hacerse y que se realizó con éxito en ciudades como Río y Medellín, donde hubo planes maestros que sobrevivieron a sucesivos gobiernos. Lo contrario es tolerar intrusiones y asentamientos como se viene haciendo. Generan hacinamiento, deterioran la calidad urbana e impiden usar racionalmente los pocos terrenos fiscales que quedan. Esa no es una política sino una manera de gambetear los problemas.

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