Vigilia de campesinos y periodistas en la frontera

Desde las costillas húmedas del cerro baja de pronto un pelotón de mujeres. No son más de diez, pero fortachonas y expeditivas. Se nota que saben su trabajo. Con presteza, manipulan una docena de baldes llenos de bananas maduras. Su aroma dulzón impregna el aire, que se confunde enseguida con el de una segunda tanda de baldes rojos, de plástico, ajados por el uso y repletos de humeante café. Una multitud de campesinos se abalanza sobre los recipientes mientras una joven morena introduce y saca de los tachos una serie que parece infinita de vasos blancos con la deseada bebida.
Todo sucede en la frontera misma entre Honduras y Nicaragua, junto a la cadena de hierro que marca el límite, en ese territorio de nadie que es tan impersonal como las áreas de aduana. A esas horas inhóspitas del mediodía en el poblado de Las Manos, todos miran al sur, hacia Nicaragua, por donde, en minutos más dicen, aparecerá otra vez el derrocado Manuel Zelaya.

José Dolores Baados, un cafetalero, llora por su hermano muerto. Fue hace poco, en un choque en Colón, a un puñado de kilómetros tierra adentro. Dice que manifestaba contra el golpe que el 28 de junio acabó con la democracia en este sufrido país. Conmueve mirarlo allí erguido a un tris del llanto, con mocos en la nariz, dolido pero orgulloso. A su lado, Moisés Fiaio, de la Unión Nacional de Campesinos, lo conforta con una mano en el hombro y calla. Juntos se han filtrado por entre los retenes militares que el gobierno de facto de Roberto Micheletti ordenó disponer para evitar que los partidarios de Zelaya se encuentren con su líder en exilio.

Ha sido, en verdad, una medida tonta, propia de burócratas alborotados. Por entre la espesa fronda de la cordillera del Dipilto, que vigila todo desde sus 1.600 metros, bajan decenas de campesinos como hormigas hambrientas. Es un pico que divide el área: por una senda se va hacia Honduras; por la otra, a Nicaragua. Al medio, un enorme árbol distribuye el tráfico como un semáforo plantado por las manos de Dios. En el pavimento, periodistas, policías, todos miran arriba, como a la espera de extraterrestres, con la boca abierta y mascullando sorpresas: los campesinos acaban de jorobar al gobierno y a su toque de queda.

Todo es casi cantinflesco en esta tierra bondadosa, cegada por la luz del sol. Hace casi un mes, un grupo de terratenientes, empresarios y militares ha hecho un golpe al que se niegan a llamar como tal. Despacharon a Zelaya, que también forma parte del mismo riñón, aunque juega con ventaja porque fue electo y merece ese respeto. Unos y otros, sin embargo, han dirigido por décadas a millones de hondureños como éstos que están hoy aquí, en el paso de Las Manos, pobres de casi todo menos de la esperanza y la ilusión.

Los números dan escalofríos: 70% de los habitantes viven en la pobreza y el 10% de la población acapara la mitad de la riqueza. Como le pregunta a este cronista el lugareño Marlon, un chofer a hora fija: "¿Has visto alguna escuela en este camino?". Son 12 kilómetros entre El Paraíso y Las Manos. Más al norte, en tierra de cafetales y fincas tabacaleras, la ruta serpentea entre acantilados. A su vera, decenas de camiones, atascados por la aduana cerrada, descansan su siesta como lagartos al sol. Cerca de Darlí, a unos 30 kilómetros de la frontera, la esposa de Zelaya, Xiomara, su madre y su suegra, esperan desde hace un día que los militares las dejen pasar. Es la foto que falta, la reunión de Zelaya y su mujer, el abrazo reproducido en el orbe.

En el camino, Obdelio Nida, de 16 años, nos mira con sus manos de anilina negra. "¿Le lustro?", dice con su mirada dulce. Nació en Nicaragua, pero vive y trabaja en Honduras. Lava ropa la madre, cocina su hermana, aunque nada basta para comprarle unas zapatillas talla 38. El padre cayó en los 80, con la guerrilla del sandinismo. Hoy lo añora. "Quiero ser ingeniero", explica. Y uno se pregunta si este buen chico acaso sepa que su futuro se decide a estas horas.

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