Viento a favor en la era K: superávit comercial de US$ 91.203 millones

Por: Alcadio Oña.

Viento de cola se le llamó, estos años, a un contexto internacional que empujó la demanda de alimentos y materias primas, con precios sostenidos y especulación propicia en los mercados de granos. Eso pesó en la economía argentina, aun cuando el Gobierno haya preferido atribuir las llamadas tasas chinas al resultado de sus propias políticas.

En la jerga de los economistas, este fenómeno es definido como términos del intercambio favorables. Sintetizado, cuando el valor de los productos que se exportan es mayor al de los que se importan.

Y la ecuación resultó notablemente favorable para la Argentina, según se cuenta en el decreto de necesidad y urgencia que Cristina Kirchner sancionó para disponer de las reservas del Banco Central.

Dice que la acumulación de reservas "se dio, en gran medida, por la entrada de divisas del saldo comercial (superávit), producto de una mejora en los términos del intercambio, que crecieron entre 2003 y 2008 más del 50%, alcanzando su nivel más alto en sesenta años".

Así, agrega, "desde abril de 2001 se lleva acumulado un saldo comercial positivo de US$ 112.158 millones, que se vio potenciado a partir de 2003".

Pero aunque tal cosa resultó evidente, los párrafos no fueron puestos para reconocer el impactante efecto del viento de cola durante la gestión kirchnerista. Sino para alegar que, dado el nivel de reservas alcanzado, destinar US$ 6.569 millones al pago de la deuda externa no va a resentir la capacidad de maniobra del Central.

Aun con un contexto internacional bien diferente, en 2009 el superávit comercial será récord. Ya suma 15.727 millones de dólares entre enero y noviembre, y va para 16.000 millones largos en el año. Pero esta vez no por efecto de mayores exportaciones, sino por un desplome del orden del 30% en las importaciones.

La cuenta completa arrojaría, pues, un saldo positivo de US$ 91.203 millones en la era K. Y un capital envidiable para cualquier gobierno argentino.

Según todos los economistas, algo de aquel viento de cola -soja, esencialmente- volverá a soplar en 2010. Y cerca de la mitad del crecimiento de la economía será por el repunte del campo.

Parte de eso se ve en las cuentas del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Revelan que, al 30 de noviembre pasado, la entidad había prestado 1.300 millones de pesos al sector agropecuario: un 40% más que en 2008.

En 2010, el complejo sojero aportaría arriba de US$ 20.000 millones al balance comercial. Y el superávit global del año estaría entre 15.000 y 16.000 millones.

Significa que si no median disloques internos -agitación política seguro habrá-, que reaviven la salida de capitales, el Banco Central recuperará las reservas que se piensan usar para pagarles a los acreedores. Y, reconstituído el stock del BCRA, el Gobierno podrá seguir apelando al mismo recurso. Salvo, claro está, que algún amparo judicial lo trabe; finalmente, es lo que Martín Redrado espera pero nunca dirá.

Otro factor que empujará a la economía es la recuperación de Brasil, el principal socio comercial de la Argentina. Según un informe de la poderosa Federación de Industrias de San Pablo, el PBI crecería 6 % en 2010, tras caer 0,4 % el año pasado. Y la producción industrial, 12 %.

Por la parte que más de cerca toca aquí, la FIESP calcula que las importaciones brasileñas aumentarán 29,9 %. Con un agregado que aporta mucho a la competitividad de las exportaciones industriales argentinas: el tipo de cambio seguirá deprimido en 1,70 dólar por real.

Ultimo dato del informe: el precio promedio de las commodities, excluido petróleo, subiría 21,5% luego de caer 14,4% en 2009. Eso es, entre otras cosas, valor de exportaciones argentinas al mundo.

Con un avance de la economía china estimado en el 9% por el Fondo Monetario, el cuadro externo completo da, nuevamente, viento de cola. Que podría haber soplado más fuerte, si la Argentina no fuese tan sojadependiente.

En cambio, hay varios flancos débiles en el mismo horizonte. Primero, un proceso inflacionario sostenido, cercano al 18% en 2010, que si no implica deterioro salarial augura al menos puja por los ingresos. El riesgo, para el propio Gobierno, es que la inflación tienda a espiralizarse.

Luego, que la destrucción de empleo causada por la recesión tardará en recomponerse. Nunca ese proceso corre parejo al repunte de la economía.

En un escenario interno cargado de incertidumbres y sin señales claras, otro factor en contra es la inversión productiva. Hoy nadie está dispuesto a arriesgar dinero a cuatro o cinco años vista, a lo sumo se proyectan planes a unos pocos meses, y sólo son más largos cuando el recupero de la inversión está garantizado.

Recién cuando vean más claro qué candidatos competirán con chances en 2011, o cuál será el destino del kirchnerismo, los empresarios piensan mirar hacia el largo plazo. También medirán la herencia que queda. Entretanto se rigen por la lógica, para ellos impredecible, de una sola persona. Estas son, al fin, reglas en este mundo de los negocios.

Pero si la política no interpone grandes trabas, este debiera ser un año económico sin mayores sobresaltos. Salvo para quienes hace tiempo viven a los saltos.

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