Un viejo adversario saluda a un amigo

Por Carlos Saúl Menem

Un político de raza: a pocos argentinos les cabe mejor esa expresión que al doctor Raúl Alfonsín, un hombre que toda su vida fue leal a sus ideas, a su divisa, a su compromiso con la Argentina y con su concepción de la democracia.

En un país de desencuentros que pueden concluir en catástrofe cuando la intolerancia y la confrontación constante los tensan al extremo, don Raúl mostró siempre la capacidad de sostener principios sin transformarlos en intransigencia ciega y de alentar acuerdos sin convertirlos en capitulaciones. Para él las convicciones nunca estuvieron divorciadas de la apuesta por el diálogo y la concordia.

A él y a mí nos tocó actuar en una época tan dramática como apasionante, preñada de conflictos y también de posibilidades. El 10 de diciembre de 1983, a la hora en que el doctor Raúl Alfonsín asumía la presidencia de la Nación y se abría la nueva etapa democrática en el país, yo me preparaba a hacerme cargo una vez más de la gobernación de La Rioja. El período anterior lo había clausurado la fatídica madrugada del 24 de marzo, el inicio de la tiranía militar. Todo el país celebraba el 10 de diciembre: nosotros, en La Rioja, festejábamos doblemente, por el país y por la provincia.

El triunfo electoral del doctor Alfonsín representaba para nosotros, los peronistas, una experiencia fuerte y un desafío: por primera vez el justicialismo perdía en unas elecciones limpias y sin proscripciones.

Yo me mostré enseguida dispuesto a trabajar para realizar esa esperanza que estaba prefigurada por los encuentros de la década anterior entre Juan Perón y Ricardo Balbín, sintetizada en un concepto de Perón: "Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino". Y en una frase de Balbín: "El que gana conduce y el que pierde ayuda".

La Argentina necesitaba reconstruir muchas cosas, entre ellas su sistema político, sus partidos. Por mi parte, además de conducir mi provincia me involucré en la renovación del justicialismo. Y asumí compromisos fuertes, disintiendo incluso con algunos compañeros en temas de gran trascendencia, como la firma del acuerdo sobre el Beagle. Yo estaba convencido de que éramos fieles al pensamiento de Perón si cerrábamos los conflictos limítrofes y estuve a favor de aprobar los acuerdos en el plebiscito que convocó el doctor Alfonsín.

Fuimos una oposición constructiva y cuando se abrió la crisis en su gobierno el pueblo vio en nosotros una esperanza. Fue porque quería evitarle males peores al país, que se sumía en una situación ingobernable, que nos pidió que asumiéramos la presidencia anticipadamente. Fue por el mismo motivo que yo acepté hacerlo.

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Por su parte, cuando el gobierno nos tocó a nosotros, él condujo a su partido a cumplir los acuerdos básicos de esa transición de emergencia y, más tarde, piloteó los acuerdos que condujeron a la reforma constitucional de 1994: muchas cláusulas de la Constitución reformada fueron impulsadas por su firme insistencia, por su voluntad y sus ideas. Nunca lo conversé con él, pero estoy persuadido de que algunas de las consecuencias de esa reforma lo decepcionaron. También a mí. Sin embargo, probablemente estaría orgulloso, como lo estoy yo, de que esos cambios, muchos de los cuales resisten saludablemente el examen del tiempo, fueron alcanzados por el diálogo, el debate civilizado y, finalmente, el consenso de todas las fuerzas políticas representativas que participaron en aquella Convención. No fueron fruto de la ocurrencia ni de la imposición de unos pocos iluminados.

Toda acción de los hombres es vulnerable al error o al mal paso: tratamos de escribir derecho en renglones torcidos y obviamente no somos Dios. Los hombres tenemos la posibilidad de corregir o perfeccionar nuestras obras.

Político de raza, en definitiva, don Raúl se ha empeñado todo el tiempo, hasta el final, en ofrecer su compromiso con el país y asumir responsabilidades.

La carta que hizo conocer hace pocas semanas exhortando a una política de concordia y unión nacional y al respeto de las instituciones de la Nación es un último legado, una plegaria que seguramente será escuchada, si no por los espíritus facciosos, sí por el conjunto de la sociedad argentina.

Hoy puedo decir, como Balbín ante Perón, que un viejo adversario saluda a un amigo.

El autor fue presidente de la Nación

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