La vieja solución de la que ya se habla: cambio de gabinete

Por Carlos Pagni

Por primera vez en mucho tiempo, Daniel Scioli expuso ante Néstor Kirchner un panorama tan sombrío que cabe pensar en una crisis política en plena campaña electoral. Fue el jueves, antes de que la Presidenta anunciara la creación de un fondo federal con recursos provenientes de las retenciones al comercio de granos.

Las palabras de Scioli fueron parecidas a éstas: "Estamos haciendo agua en materia de seguridad y eso nos va a obligar a llamar a la Gendarmería; el problema con el campo lo estás manejando vos y no parece tener solución inmediata; dame la posibilidad de ofrecer un aumento a los docentes para cerrar por lo menos un frente".

El gobernador no pedía una transferencia de dinero. Más allá de las explicaciones oficiales, la provincia enfrenta un rojo que ronda los 12.000 millones de pesos y depende del Tesoro nacional para restablecer las prestaciones educativas. Kirchner escuchó sin responder. A las pocas horas se conoció el resultado de sus cavilaciones: Scioli anunció que no había una moneda más para los maestros.

Los argumentos de Scioli no fueron administrativos, sino electorales. Para el gobernador, la novedad de estos días es que las tres turbulencias que enumeró ante Kirchner han comenzado a corroer la base electoral del oficialismo. La inquietud por la falta de seguridad atraviesa a todos los sectores sociales, pero castiga sobre todo a los menos acomodados. El paro docente deja a los chicos sin clases y, por lo tanto, sin comida, en muchísimos casos. El entredicho con el campo terminará, calcula el gobernador, provocando desabastecimiento y suba de precios entre la población más humilde, sobre la que el Gobierno aspira a ejercer una especie de monopolio electoral.

Scioli le estaba hablando al Kirchner candidato. Le comunicaba una noticia cada vez más frecuente en la intimidad oficial: "Podemos perder".

Esta sensación de que el poder se evapora ataca al kirchnerismo con mayor frecuencia. Por ejemplo, fue necesario que ayer los dos senadores que representan al gobierno fueguino formaran un bloque distinto del de la Coalición Cívica y el socialismo, para que Juan Carlos Mazzón, José Pampuro y Miguel Pichetto dijeran a los Kirchner que podían dormir tranquilos frente a la inminente aprobación del adelantamiento electoral. Ese trío es el responsable del resultado de la votación.

El peronismo superó, de mala manera, ese sobresalto. Pero quienes intervienen en la campaña comienzan a mortificarse por el agotamiento de recursos para movilizar a la opinión pública. "Todas las semanas hay un anuncio distinto que se traga al anterior. Pero no conseguimos revertir la tendencia declinante", explicó ayer, al borde del sincericidio, un habitué de Olivos.

El Gobierno ha comenzado a padecer una experiencia habitual en las caídas: la disfonía política. Se emiten mensajes que no consiguen conmover al destinatario. Cuando se llega a esta instancia, quienes conducen el equipo se ilusionan, a menudo, con la misma solución: el cambio de gabinete. De esto ha comenzado a hablarse en la Casa Rosada en las últimas horas.

La excusa la ofrece la versión de la inminente salida de Sergio Massa, que todo el oficialismo da por segura. Salvo Massa, claro, que promete quedarse hasta las elecciones. El jefe de Gabinete ha abandonado la escena mediática, a la que sólo puede acceder para cumplir con alguna penitencia dispuesta por el esposo de la Presidenta. La última ocasión fue para anunciar el proyecto de ley de "servicios audiovisuales", con el que disiente. Tal vez le gustaría, a pesar de Kirchner, volver a la intendencia de Tigre. O, mejor dicho, evitar el mortificante destino de integrar la lista oficial de diputados en cuarto lugar.

La salida de Massa desencadenaría un movimiento de dominó. A su lugar, especulan en el corazón de la pingüinera, iría Florencio Randazzo. Y en lugar de Randazzo, Aníbal Fernández, quien regresaría a Interior, pero desprendiéndose del área de Seguridad. ¿Quién se haría cargo de Justicia y Seguridad? Este dibujo ubica allí a León Arslanian, quien a diferencia de Fernández cuenta con inmejorables relaciones con la Corte Suprema.

En la cadena de reemplazos queda un eslabón perdido: Graciela Ocaña. Pero tal vez su situación sea distinta de la de sus colegas. En su ministerio aseguran que ella podría pedir licencia, concurrir a la campaña y, una vez reconquistada su banca, volver al cargo actual, al menos hasta fin de año. En rigor, nadie sabe si se trata de un pronóstico o de una broma de mal gusto destinada, es obvio, a Hugo Moyano.

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