La vieja alianza, intacta

Por Joaquín Morales Solá

¿Sólo fue una apertura hacia ninguna parte? ¿O fue el gesto desesperado de un gobierno que advirtió que los opositores se aprestaban a cogobernar? Lo cierto es que los dos hombres que conservan el poder de la administración, Néstor Kirchner y Julio De Vido, entienden muy poco de diálogo y de concesiones, aun cuando el ministro sea más conversador que el ex presidente. Los dos creen que la fuerza puede hacer las veces de la razón. Sólo esa particular concepción de la política y el protagónico rol que tiene De Vido en las últimas horas explican, por ejemplo, que Hugo Moyano haya conquistado parcelas importantes de poder, a pesar de atravesar el momento de mayor debilidad como líder de la CGT.

Todo se resuelve entre ellos. Ningún gobernador recibió ofrecimientos para ocupar cargos en el gabinete. Al chaqueño Jorge Capitanich le dijeron que le iban a decir algo que nunca le dijeron. El salteño Juan Manuel Urtubey está cada vez más lejos de los Kirchner, ofendido por la oscilante actitud del matrimonio presidencial en la política provincial. El sanjuanino José Luis Gioja fue el primer gobernador que hizo campaña en su provincia y se olvidó de los Kirchner. Legisladores oficialistas aseguraban que los tres gobernadores recibieron propuestas para sumarse al gabinete de Cristina Kirchner. No fue así.

Ni a Kirchner ni a De Vido les convenía la presencia en el Gobierno de triunfantes gobernadores, cuando ellos dos vienen de la derrota. De Vido comparte con Kirchner el fracaso electoral tanto como la responsabilidad del Gobierno durante los últimos seis años. De Vido es, al revés de Kirchner, más pragmático. Sus ideas son las ideas posibilistas del peronismo. Yo soy peronista , suele decir De Vido cuando lo ve a Kirchner enredado en confusos progresismos. De Vido llegó con los Kirchner y se irá con ellos. Néstor nunca lo entregará , asegura un ministro actual. Es cierto: el ex presidente vuelve siempre a su viejo ministro y aliado cuando las cosas no le van bien, sobre todo.

Amado Boudou es una creación de De Vido. El nuevo ministro de Economía tiene hasta relación familiar con De Vido (es amigo personal de sus hijos) y fue el todopoderoso ministro de Planificación quien le aconsejó que no cuestionara a Guillermo Moreno hasta no sentarse en la poltrona del Palacio de Hacienda. En efecto, Boudou fue el único candidato a ministro de Economía que no condicionó su aceptación al desplazamiento de Moreno. Lo pidió luego, cuando ya era ministro.

Boudou tiene razón. Moreno es ahora una suerte de imán que concentra todas las críticas contra el Gobierno y nada será creíble si él continuara en el cargo. El único problema es que Kirchner podría convencerse fácilmente de que lo quieren reemplazar a él y no sólo a Moreno. Aníbal Fernández estrenó su cargo de jefe de Gabinete, pero no su franqueza para describir algunas situaciones: Moreno cumple órdenes , calló a los críticos. ¿Ordenes de quién? De Kirchner, desde ya. El ex presidente es el ministro de Economía en las sombras desde que se fue Lavagna, y Moreno es el mejor ejecutor de sus políticas.

Moreno es insostenible en el tiempo. Pero ¿ese tiempo ha llegado? Ha llegado desde la política. El supersecretario de Comercio era útil cuando Kirchner desplegaba un poder sin límites en la Argentina. Resulta, sin embargo, que ni el tiempo ni la derrota perdonan a los políticos. Las dos cosas le han sucedido a Kirchner.

Con todo, es probable que el ex presidente no esté convencido todavía de que Moreno debe irse ya. De Vido, en cambio, sí lo está; el empellón de Boudou a Moreno contó con el beneplácito explícito del ministro de Planificación. Moreno es una creación de De Vido, que éste usó en sus tiempos de combate contra Lavagna. Moreno, entonces secretario de Comunicaciones, era el economista que le acercaba a De Vido los papeles técnicos con los cuestionamientos a la gestión del entonces ministro de Economía. Fue así hasta que Moreno se independizó de De Vido y ahora reporta directamente a Kirchner. De Vido no tiene piedad con los que acceden al trono directamente, sin pasar por él, después de haber comido de su mano. Ricardo Jaime cometió el mismo error que Moreno. Así le fue.

Las reformas al Indec son hijas mellizas de la eventual salida de Moreno. Boudou se podría parecer mucho a Sergio Massa, que también asumió prometiendo una fuerte reforma al cuestionado sistema de mediciones del Estado. No hizo nada. El acuerdo entre Boudou y De Vido concluyó en que ya es inútil seguir defendiendo lo indefendible. Bien, hasta ahí. No obstante, lo más probable es que los dos metan al país en un largo debate sobre cómo construir un instituto de estadísticas creíble. La solución no es tan complicada: sólo hace falta reponer a los funcionarios del Indec que fueron desplazados por Moreno y devolverle al organismo la independencia y la autonomía que le sacaron. El Indec recuperaría en el acto gran parte de su credibilidad.

¿Está dispuesto Kirchner a reconocer que su gobierno y el de su esposa desfiguraron los datos de la economía durante más de tres años? ¿Quién se hará cargo de las realidades que se escondieron durante tanto tiempo? ¿Reconocerá Kirchner, en definitiva, que fue un pésimo ministro de Economía, que sólo les vendió volutas de ilusiones a los argentinos? El despido de Moreno y la reforma del Indec representan graves desafíos políticos y económicos para los que gobiernan, aunque no cambiar nada podría resultar peor. El debate matrimonial de estas horas, en el Sur, consiste en establecer sólo qué sería peor. Lo mejor ya pasó para ellos.

No hay tiempo para retoques y eso forma parte también del conflicto actual. Industriales y comerciantes han descubierto de nuevo las bondades del libre mercado, fijan ellos mismos los precios y se han dado el lujo de rechazar la invitación para asistir a la asunción del nuevo gabinete. Los productores agropecuarios no creerán nunca en nada mientras estén en el gobierno Moreno y Ricardo Echegaray, jefe de la AFIP y verdugo de los ruralistas. El tiempo y el espacio se encogen.

En ese contexto, la oposición apareció debatiendo, suelta de cuerpo, una agenda parlamentaria que hurgaba en políticas sensibles del kirchnerismo. ¿Debía empezar por bajar las retenciones o por anular los superpoderes y toda facultad extraordinaria cedida por el Congreso al Ejecutivo? En eso estaban los opositores. El matrimonio presidencial echó mano en el acto del diálogo (una manera de integrarse a un proceso en el que estaba ausente) y hasta prometió una reforma política que reimplantaría el sistema de internas partidarias abiertas para elegir candidatos.

Ese sistema ya rigió en el país. Kirchner lo derogó en 2006, con el acuerdo, es cierto, de sus opositores. Un año después, en 2007, ungió a su propia esposa candidata presidencial del peronismo sin preguntarle a nadie si le parecía bien, mal o regular. Los Kirchner se reinventan ellos solos, sin ayuda de nadie. De hecho, Aníbal Fernández volvió a ser franco: ayer reconoció que no sabía en qué consistirá el diálogo.

Se reinventan ellos y reinventan a sus aliados. De Vido lo empujó a Moyano de nuevo al kirchnerismo cuando ya se estaba yendo. La operación se hizo aun a costa del debilitamiento del ministro de Salud, Juan Manzur, que vio caer en apenas 48 horas al funcionario que nombró para administrar los fondos de las obras sociales. Moyano amenazó con decirle violentamente adiós al kirchnerismo, pero actuó De Vido y lo restituyó en el poder. Manzur quedó solo, luchando contra la enfermedad, el miedo y un enemigo desconocido. ¿No es lo mismo que le había pasado a Graciela Ocaña?

¿Quién es el enemigo desconocido? Los sanitaristas argentinos están investigando si el virus de la gripe A es aquí el mismo que apareció en México o si existe otro que condena a algunos infectados a letales complicaciones. Los genes del virus fueron enviados al Conicet y a universidades de los Estados Unidos; quieren saber si todos están hablando de lo mismo.

Moyano es más importante que todo eso. ¿De qué cosas dialogará Cristina Kirchner con semejantes influencias a su lado? La renovada alianza de Kirchner y De Vido deja los discursos y las ideas presidenciales indigentes de contenido. Son lo que son: simples alegorías de una desesperación.

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