Una victoria que genera desconfianza en los Kirchner

Néstor Kirchner bebió ayer de su propia medicina. En el discurso oficial de la Casa Rosada, no cabe otra cosa que arrogarse un triunfo electoral y político, el primero en el proceso que terminará en 2009, pero lo cierto es que el gobernador Gerardo Zamora fue reelegido ayer por un aluvión de votos, con ayuda de la Nación para su gestión durante cuatro años, pero sin incluir a ningún kirchnerista en su Frente Cívico, convertido ya en una fuerza hegemónica.
Kirchner es el padre de la criatura. Con su ayuda, Zamora edificó aquí un caudillismo y un clientelismo que perfeccionó el modelo de concentración de poder del propio ex presidente en el nivel nacional y del recordado Carlos Juárez, eterno líder del peronismo santiagueño que retuvo el poder durante 50 años y que ahora languidece en su retiro.

Es cierto que para Kirchner esto tiene su lado positivo. Si el patagónico logra mantener su liderazgo y si sostiene su apoyo a Zamora, sabe que Santiago del Estero le será fiel en el Parlamento nacional y en las elecciones. A cambio, Zamora espera alguna vez un guiño "pingüino" para soñar con un proyecto nacional, quizá presidencial, hoy probablemente demasiado ambicioso.

Pero el resultado de ayer también tiene un lado negativo para el ex presidente. Si en las elecciones de diputados y senadores nacionales de 2009 Kirchner demuestra alguna debilidad y pérdida de poder, se encontrará con un Zamora que tendrá autonomía propia e incondicionales para gobernar. Eso sí: lo seguirá hasta tanto continúe necesitando de la mano tendida de la Nación.

Zamora es un "radical K" que aprendió bien las mañas de los peronistas: cuando Kirchner le pidió que incluyera un vicegobernador del PJ en su fórmula, Zamora lo frenó: "Pondré un radical, porque el peronista soy yo". Y cumplió.

Tras este episodio, Kirchner envió a sus ministros antes y después de las elecciones para apoyar la reelección de Zamora, pero él se abstuvo de desembarcar aquí, como jefe del PJ, al igual que su esposa, la presidenta Cristina Kirchner. Primera señal de desconfianza.

Juego a dos puntas

En cambio, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, llegó aquí para felicitar al gobernador y exaltar algo que ya no existe: "la profundización de la Concertación Plural". Quizás haya venido a recordárselo a Zamora. Cuando habla Randazzo, el que habla es Kirchner.

Antes de ello, Kirchner había enviado a otros emisarios en el avión oficial Tango 03 para que distribuyeran apoyo moral y económico de las arcas peronistas para la lista del PJ, opositora a Zamora, que encabezó la candidata a diputada Gabriela Ortiz. El juego de los Kirchner fue, en efecto, a dos puntas. El objetivo es tener de aquí a cuatro años una alternativa para que el justicialismo pueda presentar un candidato a gobernador con chance cierta de victoria.

Esta vez no le alcanzó el tiempo. Llegó tarde. El desaire de Zamora fue hace apenas un mes y medio. El experimento de la Concertación llevó a Zamora a reclutar a peronistas y radicales, que ahora se convirtieron en zamoristas.

La imagen pública positiva comarcal de Zamora, de más del 80%, dobla a la que los Kirchner tienen en este suelo norteño. El gobernador, con la escuela juarista y kirchnerista, perfeccionó a sus maestros. Les prohibió a los medios de prensa locales que hicieran reportajes a candidatos a diputados, para vaciar el debate de ideas.

Se sabe aquí que en su gestión bajó el desempleo y la pobreza. Pero no se difunden cifras. Según las de la Nación, la pobreza es del 31%. No obstante, se hicieron obras, rutas y plantas potabilizadoras.

Pero la oposición acusa a Zamora de controlar la Justicia, la Legislatura y la prensa. Se le imputan la manipulación de la caja, la obra pública, los sobreprecios y el disciplinamiento a intendentes y dirigentes locales. Esa suma del poder no es confiable para Kirchner. Zamora le hizo tomar de su propia medicina.

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