Una victoria casi anómala

Por Carlos Peña

SANTIAGO, Chile.? El triunfo de la derecha en Chile (obtuvo la mayoría después de un siglo de ayuno) parece una anomalía.

La Concertación cambió de la tierra al cielo las condiciones materiales de existencia de los chilenos, y su actual gobierno goza de una aprobación que, en cualquier otro país, sería un sueño desmedido.

Pero así y todo acaba de ser derrotada. No hay duda. Es anómalo. Sin embargo, en esa anomalía podría estar la explicación. Lo que ocurre es que la Concertación no fue capaz de comprender las consecuencias de su propio éxito. Los hombres hacen la historia, pero no saben la historia que hacen.

Los gigantescos cambios en las condiciones materiales de la existencia de los chilenos en los últimos 20 años produjeron cambios culturales. Y entonces surgió una porción de votantes más autónomos, más desprejuiciados, menos anclados en su propia historia, menos ideológicos, más ávidos de novedades.

Esos votantes ?desconfiados de los viejos arraigos y molestos con lo que parecía ser una captura del Estado? terminaron inclinando la balanza y dieron la mayoría a la derecha ¡por primera vez en 50 años!

Ahora restan en la política chilena nada más tres preguntas. La primera es saber qué parte de la derecha fue la que ganó. Si acaso fue la derecha conservadora, que se resiste a mirar con ánimo crítico su pasado a la sombra de la dictadura, se opone a la distribución de la píldora "del día después" y se eriza con la mención de las uniones gays o, si fue en cambio, la derecha más liberal, que no cruje con la ampliación de las libertades personales.

La oposición

La respuesta a esa pregunta está pendiente y no se resolverá muy rápido. Es probable que comience en la derecha una competencia sorda y soterrada entre esos dos sectores que querrán hegemonizarla.

La segunda pregunta es quién liderará la oposición en Chile. La escena de ayer fue elocuente y podría ayudar a responderla. Segundos después que Eduardo Frei reconociera el fracaso, Ricardo Lagos, quizá la figura más fuerte de la política chilena en dos décadas, tomó la palabra. Su intervención fue más que una ceremonia para dotar de dignidad a la derrota o evitar la desbandada. Tenía por objeto anunciar la renovación de las élites en la centroizquierda. Ricardo Lagos hizo de la derrota un rito de paso hacia las nuevas generaciones. De la necesidad, virtud.

La tercera pregunta es una simple incógnita. ¿Hará Piñera un gobierno nacional como los que ha intentado Nicolas Sarkozy, uno de sus héroes? Así lo ha declarado.

Pero ?ya se sabe? esto es política. Y en política, sobre todo cuando se cuenta con socios tan disímiles, se hace lo que se puede dentro de lo que se quiere. Y Piñera, este político resiliente como pocos, que acabó con el ayuno de la derecha, no será la excepción.

El autor es abogado y columnista de El Mercurio

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