Víctimas que sufren por sus heridas y su futuro incierto

Clarín recorrió el hospital de República Dominicana desbordado de víctimas del sismo.
El Hospital Darío Contreras de Santo Domingo es uno de los dos más importantes de la capital de República Dominicana. Está especializado en traumatología. Por eso en estos días está repleto: recibió a la mayor parte de los heridos que llegaron desde Haití, tras el terremoto del martes 12 de enero.Recorrer sus pasillos es sumergirse en las entrañas del horror. Una a una, las historias de la gente más castigada por el sismo van pintando apenas un pequeño cuadro del dolor de quienes sobrevivieron a la tragedia. Aquellos que perdieron todo. Que sufrieron lo que no se puede contar y sólo se puede leer en sus miradas vacías. Mientras curan sus heridas afrontan un futuro incierto y desprovisto de la seguridad que alguna vez tuvieron. Unos cuantos segundos de temblores les cambiaron la vida para siempre.Richard Junior Fontaine se encuentra en estado de shock. Su hermana mayor, Stefanie, se debate entre la vida y la muerte en la sala de cuidados intensivos. Es todo lo que le queda de su familia. "No te mueras. Tienes que cuidarme. Eres mi mamá ahora", dice mientras la abraza.

Su familia vivía en un edificio de tres pisos. En el momento del terremoto él se encontraba en el estacionamiento y vio cómo el edificio se desplomaba con toda su familia adentro. Cuatro días después encontraron a su hermana con vida y desde ese momento él no se separa de su lado. Se aferra como un náufrago a su última oportunidad de sobrevivir. Las enfermeras no saben cómo lidiar con él. Nadie habla su idioma. Finalmente, una de las voluntarias, que estudia psicología, se lo lleva al departamento de psiquiatría para que lo seden. Hace días que no duerme.

María Guaba Betances es enfermera del hospital y se nota que los últimos días ha soportado el dolor de otros en carne propia. "Ayer, durante la noche, me desperté más de 20 veces", reconoce con resignación. "Muchos niños heridos llegan inconcientes y cuando despiertan no saben dónde están. Nadie habla su idioma. No saben dónde están sus padres", cuenta con ojos brillosos.

Germain Marie Claudette tiene 33 años. Hace un mes dio a luz a Joseph Christopher y cumplió su sueño de ser madre. La tarde del 12 de enero salió a buscar algo afuera de su casa y cuando estaba en la escalera todo comenzó a temblar.El edificio se partió en dos y se derrumbó, y ella sólo pudo ver humareda y polvillo. Los vecinos y amigos se la llevaron porque no estaba en condiciones de ayudar en las tareas de rescate. Diez horas después, rescataron a su hijo.

Blaise Soliman era profesor de la escuela Blas Pascal de Selogane. El martes 12 de enero estaba dando clases de Ciencias Sociales a sus alumnos de séptimo grado cuando el colegio entero se desplomó. De los 250 adolescentes de entre 10 y 20 años del instituto sólo 100 sobrevivieron. A él lo rescataron los padres que buscaban a sus hijos de entre los escombros.

Corrió a su casa y la encontró en ruinas. Su hijo más grande, de 11 años, estaba jugando al fútbol y estaba a salvo. Pero en lo que alguna vez fue su hogar estaban su mujer y su hijo más chico, de 2 años, llamado Kebi. Blaise comenzó la ardua tarea de buscarlos. Creyó que estaban muertos, pero siguió. Levantó piedra por piedra, día tras día. Primero encontró a su esposa muerta. Luego a Kebi. Vivo.Ahora lo tiene en brazos y no tiene ninguna intención de soltarlo. Unos misioneros mormones los encontraron y lo llevaron en avión a Santo Domingo, donde cuenta su historia. Su pueblo está destruido. "Tuvimos que enterrar a los muertos en fosas comunes", dice. "Haití es mi país y voy a volver. Pero no sé cómo ganar dinero. Soy profesor, pero no hay escuelas. No quedó ninguna en pie".

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