Los vicios de políticos inescrupulosos

Por Adrián Ventura

La idea de reformar la Constitución nacional para abandonar las rigideces del presidencialismo y adoptar el sistema de gobierno parlamentario -propuesta que formuló una vez más el juez de la Corte Eugenio Zaffaroni- no es garantía alguna de que el régimen institucional vaya a mejorar. Nuestro problema no es el presidencialismo, sino la irrefrenable tendencia de muchos políticos a violar la Constitución. Si esa cultura no cambia, cualquier sistema fracasará.

Grandes juristas y politicólogos creen que el sistema presidencialista norteamericano sólo puede sobrevivir en los Estados Unidos, donde se originó, hace 233 años. En otras latitudes sería preferible el parlamentarismo acotado, sostiene el profesor de Yale Bruce Ackerman.

Pero las cosas no son tan sencillas:

* Para cambiar el régimen se necesitaría encarar una reforma constitucional, y el clima de crispación política actual no es adecuado para intentar un proyecto tan complejo.

* En la reforma de 1994, Raúl Alfonsín pretendía incorporar la figura de un primer ministro, que emergiera del Parlamento y que, en caso de crisis, fuese pieza de recambio. Pero el entonces mandatario Carlos Menem sólo consintió que se introdujera la figura del jefe de Gabinete, que no dejó nunca de ser un hombre del presidente. Además, en 2001, Fernando de la Rúa no aceptó cohabitar con un jefe de Gabinete peronista y prefirió renunciar. La Argentina, por razones históricas y culturales, es presidencialista.

* En el régimen parlamentario se desdibuja la división de poderes, pues el primer ministro es elegido por el Parlamento. Pero el régimen de partidos argentinos, que hace que en el Congreso no convivan dos o tres agrupaciones sino un gran número de bloques, disidentes y bancas unipersonales convertiría al Poder Ejecutivo en un malabarista: o es un experto negociador o domina al Parlamento como un dictador o con prebendas o queda a merced de mayorías cambiantes. Italia fue el ejemplo.

* Si el régimen fuese parlamentario, ¿serían los legisladores que hoy levantan ciegamente la mano a cualquier proyecto del Poder Ejecutivo más conscientes de su deber? ¿Serían los jueces más independientes? ¿Sería el Consejo de la Magistratura, creado para atenuar el poder del presidente, mejor que ahora? Y ¿por qué el jefe de Gabinete, que hoy no cumple con su deber de informar al Congreso, sí estaría más dispuesto a hacerlo en el futuro?

Los vicios de la política argentina no provienen del régimen, sino de las trampas ideadas por políticos inescrupulosos para violarlo.

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