Un vice polémico y símbolo del costado más oscuro de la herencia de Bush

Por: Marcelo Cantelmi

Hay por lo menos dos grandes razones para que Barack Obama haya intentando encadenar las puertas de la historia reciente de su país o, en palabras más sencillas, haber impedido que algunas de las enormes ollas que dejó en los sótanos George Bush muestren su contenido.

Una de ellas fue para reducir los daños de la imagen internacional ya muy esmerilada de EE.UU., especialmente en el mundo árabe. Buena parte de esos secretos lo son en acciones que involucran a ese universo. La corona pro-occidental jordana, en las postrimerías del último gobierno de Bush, había alertado que el odio hacia Washington desbordaba ya a sus líderes para incluir a todos los norteamericanos como nunca antes había sucedido.

La otra razón no es menor. Obama es conciente de que, si se comienza a revisar el reciente pasado republicano, se desbarataría su suave camino de acuerdos bipartidarios. El demócrata necesita el voto de la oposición en proyectos que son centrales, entre ellos salud, energía y un enorme racimo de propuestas económicas y financieras. Y es consciente de que le queda menos de un año para hacer ese tejido antes de que la perspectiva de las elecciones de medio término de 2010 fulminen cualquier cosa que se parezca a una sociedad entre las dos grandes fuerzas norteamericanas. Pero esa intención tiene mucho de ideal debido a que lo legado lleva demasiado tamaño para ser barrido a donde parezca que no está. Y es, además, una mina de oro de títulos en los diarios para quienes estén armando una estrategia que mantenga contra la pared a los republicanos.

Las operaciones secretas durante la era Bush y su vicepresidente, Dick Cheney, que comienzan a brotar ahora con tonos de escándalo, aparecen por la combinación de esos factores. Y es improbable que Obama pueda hacer algo para evitar un efecto de alud que ya comienza a insinuarse.

Bush y Cheney, éste último más que el otro, crearon una estructura de espionaje doméstico sin precedentes en la historia del país. Y esto vale por lo que poco que se ha informado, como las escuchas telefónicas o el rastreo de lectores en librerías y bibliotecas. Era tan secreto lo que se hacía que, según una investigación parlamentaria, el segundo del ministerio de Justicia, John Yoo, llegó a tener más información y accesos que su jefe, John Ashcroft.

Cheney está ahora en el blanco de las miradas de demócratas y de algunos empinados republicanos por haber ocultado, además, diversos planes antiterroristas que incluyeron acciones de tormentos y secuestros en el mundo árabe.

Es cada vez más claro que la dupla que gobernó el mayor imperio de este tiempo durante casi toda la década hizo de la guerra contra el terror un argumento de control interno y de intervención global. La crisis económica del final del gobierno de Bush es una pista que devela qué era lo que, en verdad, pretendían controlar estos jerarcas con esas políticas de represión.

Y no es menos claro que esto concierne a fuerzas que aún no se han desactivado. Bush puede haberse esfumado, pero Cheney ha hecho cualquier cosa menos desaparecer. Lidera el frente contra las políticas de Obama en Oriente Medio; alienta una guerra contra Irán o interviene con su gente para cuidar anacronismos como el bloqueo a Cuba o conspirar como sucedió en Honduras. Frente a ese panorama, Obama debería reflexionar que mirar el pasado quizá sea más útil de lo que supone, especialmente si hay allí armas que detengan a estos monstruos

Comentá la nota