El viaje de la Presidenta de la Nación a Moscú - El regreso a lo más rancio del nacionalismo

Por Joaquín Morales Solá

Algún día alguien le preguntará a Cristina Kirchner por qué se olvidó de los derechos humanos mientras vivió en los imperiales aposentos del Kremlin. Seguramente responderá que ahí comenzó a arder ?como antes había terminado? el nuevo rescoldo del antinorteamericanismo planetario y que, por lo tanto, ella debía estar en ese lugar. Disidentes presos, periodistas asesinados, países vecinos invadidos por tropas rusas, nada de eso preocupó a la presidenta argentina a la hora de regatear los párrafos de un documento conjunto firmado con el neoautoritarismo ruso.

El documento, en cambio, planea sobre todas las posiciones de Moscú contra Washington. Desde la Georgia invadida por el ejército ruso hasta la teoría de que la crisis mundial surgió de los excesos financieros de Wall Street. Esto último es cierto. Tan cierto como que la propia Rusia condenó a la Argentina a la recesión cuando declaró su default en julio de 1998. O tan cierto como que el default argentino de 2001 hizo temblar a los mercados de muchos países, sobre todo a los de los más amigos del país. El mundo actual es así. Si se apartan o se olvidan los hechos objetivos, lo que queda entonces es la ideología pura y dura. Una porción de ideología es lo que serpentea en las últimas decisiones de los Kirchner. Néstor, el esposo presidencial, parece haber profundizado ahora sus ideas en cierto nacionalismo rancio, que es la receta contraria a los problemas del universo tal como es.

A diferencia del brasileño Lula, de los chilenos Lagos o Bachelet y del uruguayo Tabaré Vázquez, Néstor Kirchner despreció siempre la inversión extranjera. Aquellos presidentes latinoamericanos viajan, hablan y seducen a los capitales del exterior mientras el ex presidente argentino ha pasado más de cinco años acobardando a los inversores.

La Argentina, la tercera economía de América latina, después de Brasil y México, va descendiendo así en el ranking de países latinoamericanos receptores de inversión extranjera. En 2007 estuvo en el quinto lugar y es probable que este año se ubique en el sexto. Brasil, México, Chile, Colombia y Perú están haciendo mejor trabajo que el país de los Kirchner.

¿Casualidad? ¿Maldición de un mundo conspirativo y antikirchnerista? Kirchner ya ha echado del país con memorables desplantes a capitales franceses y españoles, y ahora lo está intentando con los norteamericanos. La eléctrica Edelap, de capitales estadounidenses, y la todavía española Aerolíneas Argentinas están en el sendero de la muerte, esperando la pena capital a la que han sido condenadas por la dinastía gobernante.

Acercamiento político a Rusia. Cercamiento a una empresa norteamericana. Ayer, por primera vez en mucho tiempo, el embajador de Washington, Earl Anthony Wayne, salió públicamente en defensa de una compañía de su país. El matrimonio presidencial cree que la decadencia del presidente George W. Bush le permite desplegar las viejas banderas del antinorteamericanismo. ¿Y Barack Obama? ¿Qué tienen que ver esos trazos políticos con aquella carta de Cristina al presidente electo norteamericano, en la que se ofrecía como "amiga" política de él?

Los Kirchner no saben lo que les espera con Obama, porque deberán vérselas con un presidente norteamericano bastante clásico, que tendrá liderazgo moral y que seguramente no repetirá los errores de su antecesor. Hace poco, el diario español El País se preguntaba si los que militan contra Washington no terminarán parafraseando una vieja ironía de Manuel Vázquez Montalbán: "Contra Bush vivíamos mejor".

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Desde ya, no está en discusión la conveniencia de la visita a Moscú. Rusia es un país importante que tiene muchas posibilidades de comprar productos argentinos, siempre que la Argentina quiera vender sus productos. Rusia era un fundamental comprador de carne argentina, pero Guillermo Moreno cerró las exportaciones de carne para todo el mundo, incluida Rusia. Además, Rusia compraba un tipo de carne que, por lo general, los argentinos no consumen. Ni siquiera sirve, en este caso, el argumento de que se cerraron las exportaciones para privilegiar el consumo local.

La principal objeción a las cosas que hizo Cristina Kirchner en Moscú está precisamente en hablar de abrir mercados cuando su propio gobierno clausuró muchos. Y otro aspecto cuestionable es el silencio sobre cuestiones que los Kirchner suelen subrayar dentro del país. Cualquier presidente extranjero que visita Moscú siempre deja un párrafo de recordación de los olvidados derechos humanos en la vieja capital de Stalin, aunque no sea como un reproche, sino como una profesión de fe.

Pero a Néstor Kirchner lo seducen esos liderazgos fuertes, arbitrarios e interminables. Putin es así, aun cuando ahora la presidencia de Rusia la ostente un vicario suyo, Dmitri Medvedev. También lo atrae el histórico nacionalismo ruso. El problema de los Kirchner es que no tienen el petróleo y el gas de Rusia, que la hacen rica y estratégicamente inevitable en Europa.

Aquí, Kirchner ha tratado de crear una burguesía no nacional, sino propia, que no es lo mismo. Detrás de la embestida contra Edelap podría aparecer otra vez un exponente de esa estirpe de empresarios kirchneristas, que no pueden explicar de dónde ni cómo consiguieron tanto dinero. Detrás de Aerolíneas Argentinas, que terminará por enfriar la relación de los Kirchner con el rey y el gobierno de España, están las pasiones de Néstor. Las pasiones convertidas en cuestiones de Estado.

Cristina viajó a Moscú en un avión de Aerolíneas Argentinas conducido por Jorge Pérez Tamayo, el imponente secretario general del gremio de pilotos comerciales, el mismo que paralizó por huelgas permanentes la compañía durante la gestión de los españoles. Pérez Tamayo se revistió de la condición de piloto exclusivo, acompañado sólo por auxiliares. Ya pasó lo mismo cuando la Presidenta viajó a Washington y a Africa, hace menos de un mes. No hay noción a la vista del deber de la neutralidad.

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