Viaje a la nueva China, un gigante que no deja de generar sorpresas

El crecimiento del país abruma. Pero provoca brutales contrastes sociales. Por: Marcelo Cantelmi

Jeans de tiro corto. Glúteos afirmados. Shorts y minifaldas en la Plaza Tiananmen, algunas muy cortas. Para lo que sirva cómo dato estadístico, esas formas de vestir, abiertas y con rebeldía, pintan una pincelada gruesa y elocuente sobre el cambio que experimenta esta sorprendente China.

No es sólo una cuestión estética; es también un dato político. En la plaza célebre por la represión de junio de 1989 y la imagen inolvidable de un chino flaco parando con su cuerpo escuálido un tanque militar, hay un concierto de sonidos de celulares que se mezcla con las risas de las dueñas de las minifaldas y el disparo de las máquinas fotográficas digitales.

Al comienzo, el observador debe hacer como lo aconsejaban las abuelas: atarse un hilo en un dedo que le recuerde el dato fácilmente olvidable de que ese lugar en donde está es nomás un país comunista.

El estallido del crecimiento abruma. En los automóviles de última generación, en los colectivos con televisión, en las avenidas limpias y perfectas, en la tecnología por todos lados. No es sólo en Beijing donde este abuso de modernidad atropella. Este enviado cruzó casi tres mil kilómetros hacia el suroeste, camino a la frontera con Vietnam, hasta Kumming, la capital de Yumnan, una provincia con igual población que Argentina, y la probeta capitalista parece más visible que el esquema comunista que pretende contenerla.

En la Plaza Tiananmen, aparte de las chicas y sus celulares, también hay un retrato gigante de Mao Tse Tung, con una mirada que atraviesa la historia y de quien se vuelve a hablar ahora un poco más porque faltan pocos meses para el 60° aniversario de la creación de la República Popular China por el gran conductor. También su imagen aparece en los billetes del yuán, la moneda local. Pero no mucho más.

El héroe repetido en las charlas que este enviado pudo sostener con funcionarios del Partido, en la capital y el interior, no es Mao sino un antiguo enemigo interno, Den Xiao Ping, de quien este mes se cumplen treinta años desde que impuso su consigna de "el desarrollo es la razón" y generó un proceso de "reforma y apertura" que -en buen cristiano- liberó las fuerzas económicas del mercado.

China ha sido desde entonces una máquina de producir dinero y también pobres. Una experiencia fascinante cargada de contradicciones y en la que altos funcionarios como Wang Chen, ministro de la Oficina de Información del Consejo del Estado, sintetiza demoledor en una extensa charla con Clarín en Beijing: "Una sociedad igualitaria carece de vigor".

Para muchos, puede ser éste el reino en la Tierra del oxímoron. China, dicen los que mandan, es una estructura nacional de "libre mercado comunista" en la que el estímulo material --la ganancia-- dejó en el olvido la épica del estimulo moral que decoró los discursos de los fundadores de la revolución y aún de nuestro mucho más cercano Che Guevara.

'Y dónde han quedado los maoístas? "Ahhh, ésos están en la clandestinidad", dice matándose de risa el catedrático Le Xiguang de la Universidad Tsinghua.

Vale la pena hablar con este hombre de un inglés perfecto que sostiene que no hay un gran hermano en China que vigile lo que dicen o escriben su inmensidad de 1.300 millones de habitantes. En este gigantesco país, argumenta, hay 500 millones de celulares, parte de ellos de tercera generación con acceso a Internet. Y al menos unos 18.000 blogs. "Son cómo un millón de periodistas actuando todos al mismo tiempo, 'cómo vigilar eso?", dice aunque uno sabe que hay control y que hay miradas.

'Y Mao?: "Mao quería poner la bandera roja en todas partes, defendía el igualitarismo. Eso ya fue", argumenta.

Li Xiguang juega con las palabras cuando explica la convivencia de capitalismo y comunismo. "Mmmm, es un capitalismo a la China o también un socialismo a la China. Es nuestro modelo". Sostiene que la apertura económica no implicará un cambio político al estilo occidental. "'La libertad viene antes o después de la democracia? Nos critican y nos piden que hagamos como en Occidente. Pero ustedes votan un rey y después no participan. Nosotros participamos todo el tiempo". El remate no es menos provocador: "Hay contradicciones claro, pero posiblemente seamos una excepcionalidad. Como Estados Unidos, que también podría ser una excepcionalidad".

El furor consumista que experimenta China con un crecimiento de dos dígitos desde hace más de 20 años, generó efectivamente profundas contradicciones que aquí son admitidas sin mayores diplomacias. En este gigante nacen cada año 20 millones de chicos y, en ese universo que no deja de crecer, reina un centenar de personas que tienen fortunas de más de mil millones de dólares. Y luego viene lo que sería la clase media de cien millones. El resto son algo más de 800 millones de campesinos y unos 360 millones que forman la línea de pobreza. Las ciudades, especialmente de la costa, tienen un ingreso per cápita de US$ 1.500, tres veces más de lo que se gana en el campo cultivable que, aparte, es sólo el 19% del inmenso espacio chino pletórico de desiertos.

La actual crisis mundial mide esas contradicciones con costos ahora tremendos. Desde la orden de largada de Deng, China creció sin medir consecuencias tanto sociales como ambientales. En palabras del sinólogo español Mario Esteban Rodríguez, "si bien China es la locomotora de la economía mundial, está plagada de desastres ambientales; alberga 16 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo y es uno de los 13 países con más escasez de agua". En buena compañía con esas calamidades se suma soportar la mayor brecha en las desigualdades sociales de todo el planeta en los últimos 20 años, un efecto medido, entre otros, por el índice Gini.

Veamos ejemplos. En Kunming, capital del negocio de las flores de China, hay una aldea llamada Fubao que es un paraíso.Y, si se anima al viaje que lo deja a un paso más bien largo de Mianmar, Vietnam o Laos, puede disfrutar de la mayor pileta bajo techo de aguas termales de toda Asia y que por su tamaño figura en el Guinnes.

Fubao esta al borde del lago Dian Chi, tan contaminado que sus aguas sin olas -como si las cubriera un cuero pesado y sucio- tienen un color verde que hace espumas misteriosas en las orillas. La aldea es parte de un experimento ligado a un cambio central en la China de hoy. El lago está siendo lentamente limpiado y, muy esencialmente, los campesinos que la habitan tienen un ingreso promedio más alto que otros pueblos y llegan a vivir en chalets de hasta tres pisos. El gran desafío es integrar el interior al consumo.

En China como en nuestros pagos, hay demoledoras internas. La de Deng contra el maoísmo no fue la única. El presidente actual Hu Hintao es un halcón desarrollista quien el año pasado, en el XVII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCH), asestó una derrota casi definitiva al denominado grupo de Shangai o los princelings (príncipes, porque son hijos de la alta clase política fundacional) encabezados por el anterior líder máximo Jiang Zemin, que fueron quienes impulsaron el crecimiento a como dé lugar.

Hu Hintao se inventó sus propios paradigmas en clave metafórica al estilo asiático para enmendar el lugar: "el desarrollo científico" y "la sociedad armoniosa". El primero pretende resolver la crisis ambiental; el otro, la desigualdad. No conviene perderle pisada a este modelo. Si China logra sobreponerse a la caída mundial que afecta su hasta ahora extraordinario perfil comercial, lo hará apoyándose en su tremendo y desaprovechado mercado interno y será necesariamente con más "transformación y apertura". Si funciona, países como Cuba darán su propio salto adelante mirándose en este espejo y otros grandes productores de alimentos como Argentina no perderán a esta descomunal, necesaria locomotora.

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