Un viaje al maravilloso mundo privado de Guillermo Moreno

Por Fernando Gonzalez

Son muy pocas las personas, funcionarios, empresarios, periodistas, que han entrado al despacho de Guillermo Moreno. Desde hace seis años, el hombre más polémico del gobierno de los Kirchner ha hecho del contacto personal un ejercicio reservado. Prefiere las charlas mano a mano y se deja llevar fácilmente por el camino de la discusión técnica, ya sea sobre economía internacional, sobre las finanzas argentinas o el ya célebre debate acerca de la confiabilidad de las estadísticas del Indec.

Le gusta especialmente ganar esas pulseadas aritméticas. Con pasión, defiende los métodos que lo han sacado del bajo perfil que preferiría mantener y que lo han convertido en el mayor blanco móvil de este kirchnerismo que acaba de probar el sabor amargo de la derrota electoral.

La oficina de Moreno está en la Secretaría de Comercio Interior, en Diagonal Roque Sáenz Peña al 600. Es un edificio austero, prolijo, con pasillos lustrosos y empleados que se mueven rápido y en silencio. El ambiente respira actividad pero nadie pierde la calma. Allí funcionó la ‘policía de precios‘ durante los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón a mediados del siglo pasado. Y allí ahora trabaja Moreno, desde muy temprano y hasta altas horas de la noche. Sus colaboradores lo sufren pero también le admiran la hiperactividad.

Cuando se ingresa al despacho de Moreno lo primero que se observan son sus camisetas de Racing. Son tres y cuelgan como trofeos. Dos le están dedicadas por jugadores del club y una por una agrupación kirchnerista de La Matanza. Es la misma que el funcionario hizo revolear en el escenario de ese municipio bonaerense durante el reciente cierre de campaña de Néstor Kirchner. Hay dos fotos de Moreno racinguista: una abrazado con el ‘Chango‘ Cárdenas (nota para distraídos: fue el autor del gol que convirtió a Racing en 1967 en el primer club argentino en ganar la Copa del Mundo) y otra con el más ignoto Pancho Maciel, campeón a nivel local en el 2001.

Pero no todo es Racing en el planeta Moreno. En el otro extremo de la antesala, sobre una mesa ratona, hay decenas de pisapapeles, ceniceros y vírgenes, obsequios de distintas entidades y agrupaciones políticas o sindicales. La Vírgen de Luján se destaca por sobre todos esos objetos. Más allá, un caballete sostiene un enorme anotador que en estos días registra los movimientos de la máquina número 9 de la papelera Masuh, que el Estado intervino hace algo más de un mes y que Moreno gerencia en persona mientras ejerce sus funciones de responsable del comercio interior.

De todos modos, son los cuadros de Perón y Evita los que superan en número y variedad al resto de los muchos ornamentos que decoran el despacho. Los hay de todo color y tamaño. Los hay con siglas y, por supuesto, con frases históricas. Moreno se siente cómodo en ese ambiente. En estos días de invierno y Gripe A, usa casi siempre un chaleco de lana y se lava las manos con frecuencia en un baño contiguo para espantar las posibilidades de un contagio.

Está contrariado en estos tiempos poselectorales Moreno, aunque mantiene su frase de cabecera cuando le preguntan si va seguir o no en su cargo. ‘Soy un comando y los comandos combaten hasta que les dan la orden de orden de parar o hasta que mueren‘. Al parecer, los Kirchner no le han dado hasta ahora instrucciones para que cambie sus planes. Pero percibe que aún en gran parte del gabinete remozado crece la idea de que las cosas serían más fáciles si él no estuviera en su cargo.

Le gusta el léxico militar para referirse a la política. A Amado Boudou lo define como ‘un soldado probado en combate‘. Y aunque el flamante ministro de Economía viene de la escuela liberal del CEMA la estatización del sistema de AFJPs es la prueba a la que se refiere el secretario. Boudou y Moreno han hecho una buena relación en los últimos tiempos, pero ahora deberán probar si pueden trabajar juntos. Tanto el ministro flamante como Aníbal Fernández se han referido a Moreno haciendo hincapie en que debe obedecer las órdenes de sus jefes. Pero, se sabe, él solo reconoce como jefes a Néstor y a Cristina.

Los pocos momentos en los que habla de política, Moreno ubica la razón de la derrota del 28 de junio en el conflicto con el campo. Su autocrítica es extraña. Suele cargarles el peso de las equivocaciones oficiales a Alberto Fernández y a Martín Losteau. No tiene un buen recuerdo de quien fue jefe de gabinete y hombre de confianza de los Kirchner pero su enojo se concentra sobre todo en el joven ex ministro de Economía. No reniega de aquel gesto, cuando le mostró en Plaza de Mayo los dedos cortando la garganta. "El día que me vaya de acá, a un par de los que hablan los voy a ir a buscar para cagarlos a trompadas", les ha dicho a sus amigos. ¿Serán ellos?

Tampoco reniega Moreno de sus diálogos ásperos con los empresarios. No le importa que le critiquen el estilo, es más, hasta le divierte el temor que algun hombre de negocios pueda guardarle. Pero se refugia en un supuesto que hasta ahora ningun empresario ha desmentido. "Nadie va a poder decir que le pedí una moneda", es otra de sus frases preferidas al hablar del tema.

Se siente más cómodo entre los industriales y les adjudica la gran mayoría de los males argentinos a los banqueros y demás protagonistas del mundo financiero. Los rumores de los últimos días sobre rentas financieras y bonos patrióticos a los bancos tendrían un aliado incondicional en Moreno, pero ésa no es su área y prefiere mirar esa batalla desde afuera.

Como muchos de los kirchneristas, Moreno le guarda un rencor especial a la prensa. Cree que los medios de comunicación son los grandes responsables de que los cuestionamientos a su figura se hayan agigantado e instalado a nivel popular. Y habla de Clarín, del canal de cable Todo Noticias y de diarios como La Nación o El Cronista como si fueran adversarios políticos. Pero cuando los menciona, lo hace sin animosidad, como si ese antagonismo fuera algo natural e inevitable.

Sigue siendo optimista y vital, pero la derrota en las urnas le quitó algo de la seguridad que Moreno solía mostrar para hablar del futuro. Aunque le gusta hacer cuentas para demostrar que no hubo catástrofe, admite el traspié electoral pero cree que nadie en la oposición está en condiciones todavía de capitalizarlo. Y cuando lo invade esa mezcla de impotencia y nostalgia, susurra en la intimidad que le dan "ganas de volver a los caños". Aquellos días oscuros de la Argentina en que las discusiones políticas e ideológicas se resolvían a los tiros.

Pero enseguida se recompone y reconoce que los métodos de aquella época no funcionaron y le dejaron al país heridas que tardan demasiado en cerrar. "Soy un comando y voy a pelear hasta que los generales me digan basta", repite. Por las dudas, se mantiene alerta en su despacho y atento a su teléfono. Nunca se sabe cuando los sorprendentes laberintos del poder llegan a su fin. En estos días, los cuadros de Perón y Evita; las camisetas de Racing y la Vírgen de Luján son su compañía más frecuente.

Comentá la nota