El viaje de Chascomús a la Casa Rosada

Alfonsín militó desde muy joven en el radicalismo en su pueblo natal; fue concejal, diputado y luego llegó a la Presidencia de la Nación
Raúl Ricardo Alfonsín nació el 12 de marzo de 1927 en Chascomús, una ciudad agropecuaria de la pampa bonaerense, tranquila como las aguas de su laguna.

Su padre, Serafín Raúl Alfonsín Ochoa, era hijo de un inmigrante gallego republicano, fundador del almacén de ramos generales que heredó y donde trabajó toda su vida. Su madre, Ana María Foulkes, era criolla por rama materna y de ascendencia inglesa, y noble por rama paterna. De ellos, decía Alfonsín, heredó la pasión por la política, su respeto por el disenso y su convicción democrática.

Como tantos ex presidentes, fue un liceísta, pero más por la búsqueda familiar de la calidad educativa que por convicción militar. En 1945 egresó del Liceo Militar General San Martín como subteniente de reserva. José Luis Romero, Vicente Fatone y Julio Caillet Bois fueron algunos de los profesores que sembraron las ideas que lo acompañaron durante toda su vida.

Desde muy joven abrazó la política con pasión. Se afilió a la Unión Cívica Radical (UCR) en 1946 y tres años más tarde se casó con María Lorenza Barrenechea, su mujer de toda la vida. En 1950 se graduó como abogado en la Universidad Nacional de Buenos Aires, luego de haber rendido como estudiante libre buena parte de las materias y sin haber abandonado Chascomús. Su falta de contacto con la gran ciudad politizada no le impidió la militancia local, y desde el Movimiento de Intransigencia y Renovación de la UCR fue elegido concejal de Chascomús en 1951.

A partir de esa representación popular, Alfonsín transitó incansablemente por todos los estadios de la vida política y partidaria hasta convertirse en presidente, en 1983. Fue diputado provincial, nacional y, después de su gestión como jefe del Estado, senador. En la vida partidaria comenzó conduciendo el comité de Chascomús y llegó a ser jefe máximo de la UCR, lugar que ocupó varias veces de manera formal, aunque desde 1983 en adelante siempre fue su líder indiscutido.

Después de reconocer a Moisés Lebensohn como referente político, Alfonsín optó por permanecer junto con Ricardo Balbín luego de la división partidaria de 1957, cuando nacieron la Unión Cívica Radical del Pueblo y la Unión Cívica Radical Intransigente.

Detenido por la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1966, los violentos años 70 encontraron a Alfonsín buscando su propio camino. Su pensamiento socialdemócrata lo enfrentó a Balbín y lo llevó a fundar, en 1972, el Movimiento de Renovación y Cambio.

Sergio Karakachoff, Federico Storani, Leopoldo Moreau, Marcelo Stubrin, Facundo Suárez Lastra, Luis Cáceres y Enrique Nosiglia eran algunos de los líderes de las juventudes radicales que lo siguieron con pasión desde ese momento. Sus ideas humanistas, su fluida relación con la Internacional Socialista, su adhesión al ideario latinoamericano de autodeterminación de los pueblos y su rechazo terminante a la lucha armada lo convirtieron en referente dentro y fuera de su partido.

En 1973 perdió las elecciones internas con Balbín. Tuvo que esperar hasta que éste muriera, en 1981, para poder liderar la UCR.

Tres meses antes del golpe militar de 1976, Alfonsín fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la primera organización que denunció la violencia de la Triple A, primero, y de la dictadura, después.

En la reunión fundacional lo acompañaron, entre otros, Alicia Moreau de Justo, el obispo Jaime de Nevares, Adolfo Pérez Esquivel y Alfredo Bravo. Durante la dictadura defendió gratuitamente a detenidos y denunció las desapariciones de personas. El 30 de octubre de 1983, tras una campaña electoral vibrante y esperanzadora luego del derrumbe de la dictadura militar tras la Guerra de Malvinas, la fórmula Alfonsín-Víctor Martínez derrotó al peronismo, representado por el binomio Italo Luder-Deolindo Bittel. Fue un triunfo categórico, 51,7% contra 45%, y la primera derrota del peronismo en elecciones libres de la historia.

Una asunción histórica

Asumió el 10 de diciembre de ese año, Día Internacional de los Derechos Humanos, y ante la Asamblea Legislativa anunció los ejes de su gobierno: derogación de la ley militar de autoamnistía y el fin de la Doctrina de Seguridad Nacional, reforma del Estado y de la universidad pública, protección a la industria, un Plan Alimentario Nacional (PAN) para los más necesitados, un intenso programa de alfabetización y obra pública.

En la campaña había denunciado un pacto militar-sindical para garantizar impunidad a los dictadores y la misma semana que asumió ordenó por decreto juzgar a las juntas militares y las cúpulas guerrilleras. También creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), que documentó las violaciones de los derechos humanos en el libro Nunca Más, testimonio fundamental para los juicios que concluirían dos años más tarde con la condena a los militares.

Pero la herencia de la dictadura estaba lejos de morir. En la Semana Santa de 1987, Alfonsín soportó la primera de tres sublevaciones militares que encabezaron Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín.

"La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Felices Pascuas", saludó el presidente, terminada la sublevación, desde los balcones de la Casa Rosada, a los miles que se habían movilizado para defender la democracia.

Pero la casa no estaba en orden, y Alfonsín, que ya había sancionado la ley de punto final (fijaba un límite de 60 días a las acciones penales contra militares), alentó la sanción de la ley de obediencia debida, que exculpaba a los oficiales de menor rango que actuaron obedeciendo órdenes.

No alcanzó, y militares contrarios a su política amenazaron permanentemente su gobierno. A pesar de la debilidad, la convicción de Alfonsín pudo más y logró, así, encarrilar el mayor período democrático que recuerde nuestra historia.

Alfonsín lanzó la unión económica entre Brasil y la Argentina, antecedente del Mercosur, y selló la paz con Chile por el conflicto por el canal de Beagle. En la lista de sus frustraciones figuran el plan para trasladar la Capital a Viedma y su política económica; tras el éxito inicial del Plan Austral y el fracaso del Plan Primavera, la Argentina desembocó en 1989 en la hiperinflación y los saqueos, que lo obligaron a adelantar el traspaso del poder al presidente electo Carlos Menem.

El Pacto de Olivos

Su vida política no terminó cuando dejó la Presidencia. Para bien o para mal, siguió digitando los destinos de su partido. En 1994 firmó con Menem el Pacto de Olivos, que habilitó la reelección presidencial, permitió modernizar la Constitución y favoreció el bipartidismo. Sus detractores siempre se lo reprocharon, igual que las leyes que favorecieron a los militares y su retiro anticipado del poder.

Aunque Alfonsín se sabía un hombre afortunado, la vida no siempre le sonrió. En junio de 1999 tuvo un grave accidente automovilístico y físicamente no volvió a ser el mismo. Cinco años después sufrió la pérdida de su nieta de 15 años, Amparo Alfonsín.

Después del estruendoso fracaso del gobierno de Fernando de la Rúa, pasó sus últimos años tratando de reconstruir la UCR. Cansado de pedir diálogo al matrimonio Kirchner, en 2007 ideó la candidatura presidencial de Roberto Lavagna y últimamente promovió el regreso al partido de Julio Cobos y otros ex radicales.

En el tiempo que la política le dejaba, recibió condecoraciones de universidades y gobiernos de todo el mundo. Su país también decidió homenajearlo en vida, y el año pasado fue declarado ciudadano ilustre de la provincia de Buenos Aires en un acto multipartidario en La Plata; la presidenta Cristina Kirchner descubrió un busto con su imagen en la Casa Rosada y la UCR le hizo un homenaje en el Luna Park por los 25 años de su triunfo electoral.

A lo mejor porque fue el mayor de seis hermanos, Alfonsín eligió tener una familia numerosa. Tuvo seis hijos, que le regalaron 24 nietos y 11 bisnietos, que lo llenaron de felicidad hasta el último momento de su vida.

Siempre decía que de todos los presidentes posteriores a la dictadura a él le había tocado bailar con la más fea, por la inestabilidad institucional de aquellos años. Luchó hasta ayer y por más de un año con el cáncer de pulmón que padecía Sin embargo, tanto en el 83 como ahora salió victorioso: la historia lo eligió para convidarle el elixir de la inmortalidad, un privilegio que otorga a muy pocos.

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