La versión oficial se volvió poco creíble

Por Nelson Castro.

La lipotimia de Cristina Fernández fue una demostración más de que las enfermedades de los presidentes son asuntos de Estado que encierran enormes implicancias políticas. Esta vez, como siempre, se intentó minimizar el asunto.

La lipotimia de Cristina Fernández fue una demostración más de que las enfermedades de los presidentes son asuntos de Estado que encierran enormes implicancias políticas. Los padecimientos presidenciales siempre molestan al propio poder, porque contradicen su sentimiento de omnipotencia; pone a los mandatarios en una situación de igualdad con el resto de los ciudadanos.

Esta vez, como siempre, al principio se intentó minimizar el asunto. La falta de información oficial colaboró en generar incertidumbre y dio lugar a todo tipo de rumores.

Después, la versión gubernamental se volvió poco creíble. Incluso, el diagnóstico medico de que se trató de una lipotimia por deshidratación tampoco resultó creíble, a la luz de que la Presidenta suele trabajar en la residencia de Olivos y demás ámbitos en los que hay aire acondicionado. Informalmente, se habló de una anemia o de un medicamento que pudo haber tomado. Además, de una lipotimia normal uno se recupera con un par de horas de reposo; no hacen falta 48.

En suma, debería aclararse la situación. Pero no se hace y eso genera un estado de sospecha. ¿Cuál fue, entonces, la causa real de la lipotimia?

En general, en la Argentina y en el resto del mundo, los casos de enfermedades presidenciales se manejan así. Cuando Perón estaba enfermo, se decía que sólo tenía una gripe; cuando Carlos Menem tuvo la carótida obstruida, lo mismo.

Con el mismo Néstor Kirchner y su hemorragia digestiva hubo un mal manejo de la información que dio lugar a todo tipo de versiones.

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