Verdadera Argentina

Por Martín Caparrós.

El coreanito me preguntó qué podía hacer con la Argentina y yo lo miré raro. El coreanito se dio cuenta, porque me dijo que su inglés no era muy bueno y que quizás había querido preguntarme qué podía hacer en la Argentina.

El coreanito me preguntó qué podía hacer con la Argentina y yo lo miré raro. El coreanito se dio cuenta, porque me dijo que su inglés no era muy bueno y que quizás había querido preguntarme qué podía hacer en la Argentina.

–Sí, quizás.

El coreanito me tenía módicamente harto. El azar coreano lo había sentado a mi lado en el vuelo Lima-Buenos Aires y no podía parar de hablar o, mejor dicho, de hacer como que hacía preguntas. Pero en realidad me contaba su vida: que tenía 28 años, que se había recibido de ingeniero civil, que había conseguido por concurso un buen empleo en la municipalidad de su ciudad –un nombre impronunciable que pronunció treinta o cuarenta veces– y que su misión en la vida consistiría en servir a su comunidad y tratar de que sus paisanos vivieran un poco mejor pero que eso era mucho trabajo y que era para siempre y que nunca más iba a tener vacaciones, por eso le habían dado estos meses, antes de empezar, para que conociera el mundo.

–¿Cómo que nunca más vas a tener vacaciones?

–No, vacacaciones vacaciones no. Mi padre y mi jefe me explicaron que lo que un coreano quiere es trabajar por su país, y que cuando uno tiene un puesto como el mío no puede permitirse perder la concentración, tiene que dedicarse, así que no voy a tener más tiempo libre. Mi trabajo es de ocho de la mañana a nueve de la noche, hay que ocuparse.

–¿Y a vos te parece?

–¿Cómo si me parece?

–Claro, si te parece bien esto de pasarte la vida trabajando así.

–A mí no me tiene que parecer nada. Yo soy un coreano, respeto la tradición de mis mayores, y mi padre ya me explicó lo que tenía que hacer.

El coreanito tenía el pelo negro tipo ala de cuervo, con un mechón muy largo y lacio que le tapaba un ojo cada vez que el avión se sacudía. También tenía una camiseta que decía Yes we can con la cara de Obama, unos jeans levemente tajeados y una especie de iPod tan moderno que debía ser su amo. Allá afuera estaba amaneciendo y el coreanito me contaba que empezó por recorrer Europa –Inglaterra, Alemania, Francia, me dijo, “esos países chiquititos”– pero que le resultó parecido a Corea y no le gustó tanto. Que después se fue a California, que era igual que Corea pero mucho mejor –“como si Corea quisiera ser California”, me dijo, o algo así– y que le había gustado mucho. Y que desde Los Ángeles venía a la Argentina porque la Argentina es el otro país de Corea, dijo: el otro país de Corea –y otra vez lo miré raro. No es fácil la comunicación entre los pueblos.

–¿Cómo que el otro país?

–Sí, el otro país, no sé cómo se dice. El país que si mirás en el mapa está justo del otro lado del mundo, el país más otro.

Le dije que eso se decía las antípodas pero estaba sanateando: no sé cómo se dice antípodas en inglés y, la verdad, tampoco es que me importe. En realidad nada de esta charla me importaba demasiado, pero al coreanito no lo paraba nadie. Que acá sí que las cosas iban a ser distintas, que esto sí que no se parecería en nada a Corea, que esto es Latinoamérica, if you see what I mean. Yo le dije que no veía lo que quería decir pero me imaginaba: Latinoamérica, mariposas gigantes, mucho ritmo, dictadores feroces, mulatas sabrosonas.

–Bueno, entonces: ¿qué puedo hacer en la Argentina?

–¿Irte?

El coreanito no apreció mi chiste. Me miró con un dejo de pena y me dijo que cómo decía eso, que él había leído en su guía que la Argentina era un país muy hospitalario. Yo me pregunté si el desayuno a diez mil metros estaba a punto de transformarse en un levante: lo que suelen decir las guías es que la Argentina es muy gay friendly, hospitalaria con el turismo homosexual. Pero lo nuestro no avanzó: el coreanito me miró muy serio y me dijo que sí, que los argentinos éramos famosos por nuestra calidez y amabilidad con los extranjeros y sobre todo con las extranjeras pero que como él era solamente un extranjero quería saber dónde podía conocer la Argentina verdadera. Estuve a punto de decirle que hace mucho que no existía semejante cosa –y de enfrascarme en tremenda discusión conmigo mismo sobre la idea de “Argentina verdadera”, sobre la tontería de pensar que un país tiene una esencia, su núcleo de verdad, y una serie de errores o de desviaciones– cuando él me interrumpió: él sabía que la Argentina verdadera está hecha de tres cosas.

–Lo que yo tengo que buscar acá son tres cosas: la carne, el tango, la seguridad. Está escrito en mi guía. Ésas son las tres cosas que hay en la Argentina y no en el resto de América Latina: la carne, el tango y la seguridad. En lo demás son iguales, dice la guía.

Estuve a punto de preguntarle por Maradona pero decidí disfrutar su caída de los símbolos patrios, y ataqué el café aguado con medialuna adams, masticación garantizada media hora. El coreanito me explicó que la carne argentina era maravillosa, que era como comerse personas –me dijo que decía su guía–, hasta que se puso colorado y corrigió: como comerse un pueblo, eso es lo que dice, como sentir el sabor de todo un pueblo en cada bocado. Yo empezaba a temer a su guía coreana y el coreanito se sentía ganador: me dijo que después estaba el tango, que él había leído que tenía que ir a las molangas –dijo molangas, o algo así, y yo le pregunté qué quería decir molangas en coreano pero no me entendió– para conocer a los verdaderos argentinos. Le dije que sí, sobre todo si buscaba a los que nacieron en Cincinatti o en Stuttgart, y él me dijo que claro, que los que hubieran nacido en cualquier lado, que él no tenía esos prejuicios. Y después puso una sonrisa de bebote destetado –el avión iniciaba su descenso hacia Ezeiza por una carretera muy bacheada, saltaba, derrapaba– y me dijo que todo eso estaba bien pero que su decisión de venir, de últimas, era por la seguridad:

–Mi guía dice que es el país más seguro de América Latina. Y otras guías, la página del Departamento de Estado americano, todas dicen lo mismo: el país más seguro. Entonces sí puedo venir acá, andar tranquilo por las calles, conocer la Argentina.

Dijo, la sonrisa entusiasta. El coreanito era enclenque y le faltaba un grano para recibirse de choclo. Yo pensaba que los orientales no tenían tanto acné; él pensaba que existía una Argentina verdadera.

–Estar acá me sirve. No sé si te dije, yo voy a pasar mi vida en el servicio de mi comunidad, así que ahora, aunque esté de vacaciones, ya estoy pensando en ellos, por eso me sirve venir a tu país: tengo que averiguar cosas, saber cómo hacen para ser el país más seguro de América Latina, para ver qué puedo aplicar para mejorar mi comunidad.

–¿Escribir guías?

El coreanito me miró, consideró la idea, se calló. Siempre quise saber por qué tantos extranjeros empezaron de pronto a venir a la patria, y les he preguntado muchas veces. Nunca conseguí respuestas claras. No pretendo sacar ninguna conclusión general del desayuno aéreo; sólo que sólo sé –siempre lo supe, siempre me extraña recordarlo– que cualquier saber es una sucesión de confusiones.

El avión aterrizó con un saltito y al rato nos bajamos. El coreanito se despidió feliz, sonriente, ala de cuervo, y se perdió en el mundo de su guía. Yo llegué a un país distinto: antropófago, tanguero, tan seguro. Quién fuera un coreanito ilusionado.

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