“Verás qué lindo el río desde el puente carretero”

Antes de su llegada, a los dos grandes sectores de la ciudad los unía un precario vado. Vino desde Europa y de su construcción nacen magníficos relatos, entre ellos, una extraña leyenda.
Es uno de los íconos de nuestra ciudad y hace casi 100 años significó uno de los avances más grandes que tuvo Río Cuarto. Antes de su llegada desde Europa el cruce del río había provocado más de un disgusto a los lugareños y su establecimiento unió al centro con uno de los barrios con mayor crecimiento por entonces. Su construcción está llena de leyendas, complicaciones y, por supuesto, algún que otro picarón que intentó sacar provecho de la obra pública.

Sufrió varios arreglos con el paso de los años, tanto por parte del hombre como desde la naturaleza. Superó increíbles inundaciones y terribles sequías, ampliaciones y hasta bacheos. Antes era la puerta de entrada a la ciudad, es camino del maratón de los dos años y, desde hace poco, el paisaje de todos los que buscan refrescarse en los azudes.

“Si pasas por mi provincia

con tu familia, viajero,

verás qué lindo es el río

desde el puente carretero”.

Agua bajo el puente

La construcción se inició en 1911, y se completó un año más tarde, pero las gestiones se habían comenzado a realizar varios años antes. Desde 1880 ya se estaba manejando la idea del puente. Hasta entonces si uno quería cruzar el río Cuarto debía pasar por un vado de arena bastante precario que cuando llegaba alguna creciente quedaba totalmente sumergido bajo las aguas.

Según señalan algunas fuentes, en 1985 el Gobierno de la provincia se encargó de este tema y fue tratado en el Congreso de la Nación. Allí se dictó una ley en la que se destinaba para la obra del puente $100 mil, una cifra más que importante si nos trasladamos a aquellos años. No obstante, por esas cosas que tiene la política y sus proyectos, la construcción nunca se llevó a cabo, lo que sucede ahora con grandes emprendimientos no es para nada nuevo. El dinero fue destinado a una comisión de ingenieros, designada por el Ministerio del Interior, que se encargó de realizar estudios sobre el caso, para determinar cómo sería la mejor forma de llevar a cabo la obra.

Una espera de 18 años

Debieron pasar cerca de 18 años para que regresara al trato público el tema. El intendente de Río Cuarto de aquél año, Alfredo Boasi, se dirigió al Ministerio de Obras Públicas de la Nación, el mendocino Víctor Emilio Civit, con una carta. La misma decía: “Es una necesidad que puede decirse indispensable por razones de tránsito público de este municipio, la construcción de un puente sobre el río Cuarto, que corre de oeste a este y divide completamente la planta urbana de la ciudad del resto del municipio hacia el norte, quedando a este rumbo un núcleo de población importante y laboriosa, dedicado a las tareas de agricultura, cuyos productos tienen su colocación en gran parte en la misma ciudad; y existen también a ese lado del río y dentro del mismo municipio, los asientos de importantes establecimientos agrícolas y ganaderos, cuyos pobladores están en contacto diario con la ciudad, y tanto aquellos como éstos teniendo que vencer el serio inconveniente del paso frecuente del río, que a veces lo impiden completamente las crecientes durante días […]”.

El intendente agregaba en su carta algunos argumentos que justificaban la obra, como el crecimiento constante de la ciudad y el futuro auspicioso en el interior del país, “asegurando un porvenir brillante que le deparan la riqueza de sus industrias agropecuarias y su situación inmejorable en el mapa de la República”, decía Alfredo Boasi.

Como antecedente cercano del puente carretero se encontraba el “negro”, que trajo al tren desde Villa María. Pero claro, no facilitaba el paso a todos los ciudadanos que vivían del otro lado del río. Para colmo de males, la ciudad estaba creciendo notablemente por aquél sector que hoy se conoce como Banda Norte y entonces se llamaba “Pueblo Alem”. Incluso la misma Municipalidad había instalado un pequeño vivero en la zona donde hoy yace el parque Sarmiento. Pero los valientes que vivían en las quintas detrás del río y que decidían cruzar el arenoso vado, sólo podían hacerlo con livianos vehículos de tracción a sangre.

En 1910, los festejos del centenario trajeron una vez más la idea del puente y se formó en el Concejo Deliberante una Comisión Especial del Puente. Para los primeros meses de 1911, durante el gobierno de Antonio P. Ferrer, se logró dar inicio a la obra, que estuvo a cargo de la empresa alemana Harkort Duisburgg y contó con la supervisión de Juan Molina Civit, que era director general de Puentes, Caminos y Telégrafos, y desde nuestra municipalidad el ingeniero a cargo del Departamento de Obras Públicas, Manuel Pizarro.

Desde tierras europeas llegó la construcción, y admiró a todos semejante cantidad de metal. Con todo listo se comenzaron las obras pero para abril de 1911 se agotaron los fondos y cayeron las esperanzas de los riocuarteneses. Sucedió que a nivel nacional el Ejecutivo había decidido paralizar un gran número de construcciones por complicaciones financieras, entre las que se incluyó el puente carretero. Allí comezó una nueva odisea de negociaciones con el presidente de Argentina de aquél año, Roque Sáenz Peña.

La inauguración

“Excelentísimo señor Presidente de la República, doctor Roque Sáenz Peña: En nombre de la comuna que represento, me permito hacer llegar hasta V.E. el legítimo anhelo de esta población, de que no se suspenda la construcción del puente sobre el río IV, en la parte que éste atraviesa la prolongación norte de la Avenida España, encontrándose ya en ésta todos los materiales necesarios para la obra, la cual por el decreto de economías en el presupuesto nacional, dictado en la fecha por el P.E. en acuerdo de ministros queda suspendida”, dijo en su carta Antonio Ferrer, a lo que muy escueto Sáenz Peña respondió: “Pido antecedentes al señor ministro de Obras Públicas, pudiendo asegurarle que se proseguirá con la obra por la cual se interesa ese vecindario. Saludo atte”.

Allí comenzaron nuevamente las actividades. Contratistas y subcontratistas fueron llevando a cabo las distintas actividades: el pilotaje de madera, el armado de la estructura de hierro, y la obra de mampostería (ésta última a cargo de la empresa de los hermanos Guillermo y José Martorelli, de nuestra ciudad, que también habían tenido parte en la construcción del colegio Normal y el Teatro Municipal). Las obras no se completaron inmediatamente, pues se demoraron por culpa de complicaciones en la construcción de la gran estructura, por “empleados irresponsables e ineptos”, según dicen algunas crónicas de la época. Al parecer no sólo habían armado mal algunos tramos, sino que habían desaparecido, como por arte de magia, algunos miles de bulones, planchuelas de metal y remaches. Quizás estaban en la búsqueda insistente del famoso remache de oro (ver aparte).

Luchando contra el río que por momentos estaba calmo, pero en ocasiones se alzaba, los obreros trabajaron durante lo que restaba del ‘11 y gran parte del ‘12. De aquella época no quedan muchos registros fotográficos, sólo la instantánea tomada por Mateo Fogliatto (en página anterior), donde se observa la poca distancia que había desde la construcción al lecho del río.

El paso de la gente

No existe un registro seguro respecto de una apertura oficial de puente. Algunos historiadores sostienen que hubo una gran fiesta en la que acudió el intendente Ferrer con su comitiva, y todos los riocuartenses. Otros en cambio afirman que sucedió como con el puente Juan Filloy (conocido popularmente como “Puente Nuevo”), que se habilitó y la gente comenzó a transitarlo, sin ningún acto oficial o algo por el estilo.

Lo cierto es que ya en 1913 el puente ofrecía un gran servicio no sólo a los riocuartenses, sino también a todos los que transitaban por la ruta nacional 8, teniéndolo como único paso entre grandes recgiones por mucho tiempo.

Las crecientes que atentaron contra los pilares del puente llevaron a la necesidad de prohibir el paso de tránsito pesado y controlar el movimiento de los vehículos sobre él.

Con el agua se fue gran parte de la arena que lo mantenía firme, cosa que también sucedió cuando próximo al puente se instalaron los azudes. Pero nada se compara a los años anteriores al 1910, cuando el paso era terriblemente arenoso, o antes aún, cuando las crecientes llevaban el agua azarosamente para distintos puntos de la ciudad.

Se ensancharon sus sendas peatonales, fue varias veces refaccionado y hace tiempo que se maneja la posibilidad de cambiar su color. Pero por más chapa y pintura al que sea sometido, siempre será una parte fundamental de la historia riocuartense.

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