Vender la piel sin cazar al oso

Por Silvio Santamarina.

La suma de tensiones internas en el Acuerdo Cívico y Social augura la implosión abrupta de la alianza, antes de que los legisladores recién elegidos se sienten en sus bancas. El aroma de la sangría K embriaga a macristas, felipistas, coloradistas y hasta duhaldistas retro. En Unión-PRO también se nota el síndrome del exitismo atolondrado.

"Andate. Si no te gusta, te podés ir". Esa amistosa frase fue la respuesta que le dio Elisa Carrió a su aliada Margarita Stolbizer horas antes de cerrar las listas del Acuerdo Cívico y Social. En pleno romance político con Ricardito Alfonsín, Lilita se atrincheró en su departamento de la avenida Santa Fe para repartir candidaturas a discreción, y dejó heridos por todos lados, incluso entre sus apóstoles. Aunque en público se la pasa maldiciendo a los Kirchner, en privado su verdadera obsesión es Julio Cobos. Sucede que la mitad del radicalismo que no fue seducido por ella está haciendo lobby por el vicepresidente, con la mira puesta en la sucesión presidencial, que tanto cobistas como lilistas presienten que acontecerá antes de 2011. Convencida de que el kirchnerismo sufrirá una paliza el 28 de junio, Lilita ya no piensa en el Congreso sino en la Casa Rosada. Y Cobos encarna un obstáculo del que Carrió no puede parar de hablar a puertas cerradas. La suma de tensiones internas en el Acuerdo Cívico y Social augura la implosión abrupta de la alianza, antes de que los legisladores recién elegidos se sienten en sus bancas. Sólo el recurso de emergencia de las listas colectoras evitó que el estallido se produjera incluso antes de llegar a las urnas. Es tan intensa la euforia panradical por el aparente proceso de "despoder" K que hoy las facciones internas le dedican más atención a posicionarse bien ante un eventual escenario de elecciones presidenciales anticipadas que a organizar la campaña para las inminentes legislativas. Para colmo, la autoestima política de Lilita rebotó luego de un bajón anímico, y ahora su confianza está por las nubes. No sólo ve caídos a Néstor y Cristina; también empezó a difundir entre sus seguidores que sabe cómo ganarle a Gabriela Michetti, a la que promete doblegar una semana antes de la votación, aunque no aclara cómo lo hará.

Michetti está preocupada, pero no precisamente por sus adversarios sino por sus presuntos camaradas PRO. La cara con mejor imagen del macrismo se queja de que en las caminatas electorales por los barrios la acompaña poca militancia, y que los cuadros políticos que le prometió enviar la gente de Horacio Rodríguez Larreta todavía no llegaron. En el gobierno porteño comentan que a la candidata le avisaron a último momento que era riesgoso asistir al acto por el aniversario del Estado de Israel, que terminó malogrado por el ataque de un grupo antisionista. En estos tiempos, nadie, ni siquiera un tanque carismático como Gaby, puede darse el lujo de hacer campaña sin una guardia militante antiescraches. Pero el comité de campaña no puede resolver ese detalle logístico sin meter el dedo en la llaga de la coalición macrista: los cortocircuitos entre los PRO puros, los mauricistas incondicionales y las diversas vertientes peronistas que integran el gobierno porteño y la pata bonaerense del proyecto Macri. Toda esa conflictividad interna se refleja en las fisuras indisimulables que periódicamente toman estado público entre las celebridades del PRO-peronismo. También en este frente se nota el síndrome del exitismo atolondrado: al igual que en el Acuerdo Cívico, en el panperonismo disidente ya se están peleando por la venta de la piel de un oso que todavía no fue cazado. El aroma de la sangría K embriaga a macristas, felipistas, coloradistas y hasta duhaldistas retro. Todos temen quedarse dormidos en la carrera por la herencia del kirchnerismo en declive, pero esa codicia los puede hacer tropezar y darle al Gobierno el oxígeno político que hoy tanto precisa. Incluso el pacto que los bloques parlamentarios pretenden firmar antes de las elecciones huele a optimismo desmesurado, porque supone que la mayoría numérica que seguramente obtendrá la suma de votantes opositores el 28 se traducirá fácilmente en un entendimiento que funcione como un chaleco de fuerza para neutralizar a los Kirchner. Contra ese apresuramiento, los viejos lobos duhaldistas vienen advirtiendo que si el Gobierno no pierde con claridad el 28 de junio, no se podrá descartar que desde el día siguiente salga a reconstruir su mayoría parlamentaria negociando precisamente a partir de las infinitas rajaduras que muestra el muro opositor.

Es cierto que una encuesta reciente realizada por un empresario emblemático del conurbano bonaerense arroja que Néstor Kirchner tiene un perfil de imagen (mala, 60%; buena, 24%) cada vez más parecido al de Carlos Menem sobre el final de su segundo mandato. También es cierto que los sondeos de encuestadores opositores ya hablan de un empate técnico en la provincia. Pero la misma euforia podría registrarse del otro lado, en Olivos: hay mediciones que le dan a la lista oficialista 10 puntos de ventaja sobre su inmediato contendiente. La manipulación estadística ya se enquistó en el ADN de la cultura política local, tanto que hasta los propios manipuladores se creen sus exageraciones. Entonces ya no se puede saber si Kirchner dice la verdad o finge cuando se ataja en los medios argumentando que, incluso ganando por un voto, se sentirá triunfador la noche del 28 de junio. Lo único creíble es la prédica de Cristina –la de verdad, no la de Tinelli–, que denuncia a los que "creen que la manera de llegar es que fracase el que ya está". El giro autovictimizador del discurso K no obedece sólo a una sensación de debilidad, también responde a una sagaz observación del riesgo electoral que está corriendo la oposición al radicalizar su triunfalismo antioficialista. Los opositores están cayendo precisamente en la retórica que tanto erosionó la imagen del Gobierno: el odio revanchista, que ya se convirtió en el leitmotiv de las caricaturas K de "Gran Cuñado". Y, como la madre de las batallas se está librando en el conurbano, en plena recesión económica y con creciente clima de violencia social, el odio que rinde en las urnas es el odio clasista. Ni el kirchnerismo ni sus detractores inventaron nada: el truco del odio social es viejo como el mundo. Ahí está Hugo Chávez, amenazando con cerrar Globovisión por "incitar al odio", mientras llama al "pueblo" a luchar contra "los burgueses". Un conflicto en blanco y negro, sin grises, es tan falso como efectivo: y en esa guerra no hay lugar para los testigos, por eso la furia contra la prensa.

Parafraseando el estilo del mítico Julio Ramos y de Roberto García, vamos a terminar con una anécdota bolivariana francamente fuerte: Un importante periodista venezolano decidió testear personalmente el nivel de adhesión al chavismo en un barrio casi marginal de Caracas. A pesar de las advertencias de sus colegas, juntó coraje y se aventuró en una calle que cualquier ciudadano de clase media evitaría por ser de alto riesgo. Tocó la puerta de una casilla y lo atendió una señora gruesa y de piel oscura. El periodista le explicó el motivo de su visita, y la mujer se entregó gustosa a una discusión política apasionada. "¿Por qué vota a Chávez, señora?", la apuró. "Porque ahora estamos incluidos, señor", lo sorprendió ella. "¿Incluidos? ¿Dónde? ¿Sus hijos van a la universidad ahora? ¿Su esposo consiguió un trabajo estable gracias a la revolución bolivariana? ¿Chávez le mejoró las condiciones sanitarias de su vivienda?", bombardeó el periodista, que recibió un sereno y rotundo "no" como respuesta. "Entonces, ¿por qué cree usted que ahora está incluida?", remató. Y la señora estiró la sonrisa, lo apuntó al pecho con su índice y le gritó: "¡Porque por primera vez, tú estás aquí!".

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