Las venas abiertas de la Argentina, más allá de la ideología

Las venas abiertas de la Argentina, más allá de la ideología
Por Juan Pablo Nicolini

A principios de los 70, Eduardo Galeano publicó la primera edición de Las venas abiertas de América latina , y durante las siguientes tres décadas su libro fue reeditado más de 70 veces.

Producto de una época particular, con una visión que no comparto y con algunos diagnósticos con los que estoy francamente en desacuerdo, este libro tiene una enorme virtud: es el primer proyecto intelectual de llegada masiva que establece la penosa e insoslayable realidad latinoamericana. Esta patria grande que imaginó Bolívar causaría hoy una profunda decepción a los Artigas, O´Higgins, San Martín y tantos otros que apostaron por la independencia y la libertad como generadoras de prosperidad.

Galeano convirtió la expresión "las venas abiertas" en un símbolo de la región, que traspasó los límites de sus lectores, de su argumento y de su ideología y llegó a ocupar un lugar propio en canciones, artículos periodísticos. En fin: en el inconsciente colectivo.

Cuando Galeano publicó la primera edición, nuestro país parecía ser la excepción: el ingreso promedio en la Argentina era comparable al de los países del sur europeo propio en canciones, artículos periodísticos. En fin: en el inconsciente colectivo.

Cuando Galeano publicó la primera edición, nuestro país parecía ser la excepción: el ingreso promedio en la Argentina era comparable al de los países del sur europeo y la distribución del ingreso era la más igualitaria de la región.

Las tres décadas que siguieron a la publicación de Las venas abiertas de América latina han sido, para nuestro país, el notable ejemplo de un escandaloso fracaso: el ingreso promedio de los argentinos en 2004 fue prácticamente el mismo que el de 1974. Como referencia comparativa, en el mismo período, Estados Unidos casi duplicó su producto, Corea del Sur lo multiplicó por ocho y nuestros vecinos chilenos lo multiplicaron por tres.

Pero lo más amargo de nuestra realidad es que mientras en 1974 el veinte por ciento más pobre de la Argentina era dueño de un poco más del tres por ciento del ingreso total, en 2004 no llegaba al uno y medio por ciento.

Esto es: no sólo el tamaño de la torta es el mismo que hace treinta años, sino que la porción que les toca a los más desfavorecidos ha caído a la mitad.

Chile me provoca envidia, pues sus dirigentes han sido capaces de generar crecimiento económico sostenido, único generador genuino y sustentable de reducción de pobreza a largo plazo. Y nosotros hemos fallado.

Es cierto que la brecha entre ricos y pobres no ha disminuido en Chile en los últimos años, incluso ha aumentado un poco. Aun así, una brecha constante quiere decir que el ingreso de los más pobres ha crecido a tasas muy parecidas al promedio.

Estos datos sacan a la luz una realidad estremecedora: en promedio, el ingreso de los pobres chilenos se multiplicó por tres, mientras que el de los pobres argentinos se redujo a la mitad. La matemática no miente: el ingreso de los pobres chilenos se multiplico por seis en relación con el de los pobres argentinos.

No ignoro las dificultades de grandes sectores de la población en Chile. Simplemente destaco una incuestionable realidad: es mucho más fácil sortear esas dificultades cuando la economía crece de manera sostenida. Si me tocara ser pobre en América latina, me gustaría serlo en Chile.

Pero, además de envidia, Chile también genera esperanza, porque nos muestra que no estamos condenados a la pobreza, nos muestra que estar en una esquina del mundo no es un obstáculo insalvable, nos muestra que nuestra herencia hispanoamericana no nos encierra en un calabozo de atraso. Muchos jamás creímos en esas hipótesis, Chile nos da la razón.

¿Qué explica ese desarrollo tan diferente entre nuestro país y el vecino Chile? No tenemos la receta; la teoría del desarrollo económico, elaborada por economistas, politólogos, sociólogos y especialistas de otras ramas de las ciencias sociales ha revelado mucho, pero todavía estamos lejos de respuestas satisfactorias y con alto grado de consenso.

Pero hay algo que sí sabemos: ninguna sociedad democrática como la que nosotros queremos construir ha conseguido progresar sistemáticamente sin un amplio debate de ideas, en el que se exploren los datos, se analice la evidencia y se encuentren explicaciones alternativas.

No conozco mejor manera de aprender sobre nuestros problemas y de construir soluciones que el debate abierto, inteligente y pluralista, en el que las distintas visiones individuales empujen la creatividad de cada uno de los que participan en el debate, pero sin afectar la tolerancia necesaria para que la razón, los hechos contrastables y los argumentos dominen la pasión, las conjeturas y las ideologías.

No caben dudas de que los que dirigimos las instituciones de la Nación hemos fracasado en la construcción de un aparato político que permita ese debate. Treinta años de estancamiento de toda una sociedad son un síntoma.

Haber empobrecido brutalmente a los más desfavorecidos es una gran estafa social. Esto no es una crítica a un gobierno en particular, ni siquiera a la clase política. A esta estafa hemos contribuido desde el gobierno, desde las universidades, desde los centros de pensamiento, desde las empresas, desde todas las organizaciones sociales.

Esto es un llamado a la autocrítica: todos aquellos que hemos nacido en hogares privilegiados o hemos tenido las oportunidades que muchos argentinos no tuvieron hemos fallado rotundamente en la construcción de una sociedad inclusiva y generadora de oportunidades.

En realidad, si miramos más atrás en nuestra historia, veremos que es aún peor: hemos destruido la que generaciones anteriores de argentinos supieron construir.

No puedo decir que estamos cerca de conseguir una convergencia de nuestra Argentina con el nivel de vida de los países más ricos del mundo. Ni siquiera puedo, desde la razón, ser muy optimista con respecto a nuestro futuro. Pero estoy convencido de que si no empezamos por hacer la autocrítica y asumimos nuestros errores, será difícil avanzar en la construcción de una Argentina más rica, más próspera y fundamentalmente más justa. Y las venas de los pobres argentinos seguirán sangrando.

El autor es profesor de Economía y rector de la Universidad Di Tella

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