Variaciones Kirchner.

El ex presidente está decidido a recuperar la fortaleza perdida, pero a su manera. En ese esquema encaja Moreno, que ve en el campo, y no en la oposición, al principal enemigo.
El Gobierno no puede y la oposición no quiere. Entre esas dos realidades se balancea la Argentina desde que, hace un mes, el kirchnerismo sufriera su primer revés en las urnas. El Acuerdo Cívico y Social y el PROperonismo asumieron con prudencia sus respectivos triunfos, temerosos de que una hiperactuación del éxito desembocara en situaciones indeseadas, y el matrimonio presidencial está desnorteado, en parte por el fracaso al que no termina de acostumbrarse y en parte también por el estado de latencia en que permanece el adversario. Los patagónicos se galvanizan en la disputa y habituaron a los ciudadanos a que su estilo despectivo y beligerante fuera visto como equivalente al poder que detentaron en cantidades industriales. Ése ha sido su estandarte. Es difícil que esos mismos ciudadanos se adapten a los nuevos modos sin imaginar que eso ocurre porque en esta nueva etapa el poder no está coagulado en ninguna parte.

Sin embargo, puede que se equivoquen los que baten prematuramente el parche considerando que Cristina Fernández y su marido se han quedado sin respuestas. Todavía las tienen. Sólo que antes las caracterizaba el sabor de la ofensiva y ahora, en reversa, lo que procuran es minimizar daños y neutralizar los avances del adversario. Por eso, cuando el conteo electoral puso entre paréntesis la aplastante mayoría legislativa del Frente por la Victoria y el Congreso amenazaba convertirse en el epicentro de la acción política, la presidenta Cristina Fernández le sustrajo la agenda, convocó a los partidos al diálogo y a las corporaciones a un acuerdo. El Gobierno lograba así posponer un debate áspero y de resultados inciertos. El Congreso se esfumó del primer plano, y el eje de las decisiones volvió a instalarse en la Casa Rosada, aunque ya no sea su inquilina la que las toma de manera unilateral. Se trata apenas de una postergación, pero el oficialismo la necesita. El tiempo puede traer consigo imponderables que lo ayuden a salir del atolladero. El azar es un factor que ninguna planificación sensata puede descartar. En los juegos que reproducen las grandes batallas de la historia, la suerte está representada por una tirada de dados. Y a los Kirchner la timba les produce adrenalina.

Quizás también sea un error creer que la pareja gobernante dilapidó los pocos cuadros que la arroparon en estos seis años y la renovación no ha hecho más que rascar el fondo de la olla. Por el contrario, la designación de Aníbal Fernández para la Jefatura de Gabinete se demostró un acierto mayúsculo. Con una ductilidad inesperada, el quilmeño guardó sus pintorescas compadradas verbales y sacó a relucir dotes de interlocutor tolerante, equilibrado y eficaz. Lo entendió bien Hilda "Chiche" González al elogiar la elección. Fernández no sólo tiene traqueteo político, conoce un puñado de temas que el Gobierno considera de primer orden: el peronismo, el conurbano, el duhaldismo y el campo. Sin que nadie pueda explicar bien cómo ni por qué, Fernández ha pasado a ser el hombre del momento, el más importante de la administración y se la ha cargado al hombro. Parece contar con margen para la negociación y con un atisbo de capacidad resolutiva. Alberto Fernández sí dialogaba, pero no decidía; a Sergio Massa, en el rol de simpático florero, no le autorizaron ni lo uno ni lo otro. El funcionario a quien, hasta el 28-J , Néstor Kirchner aspiró a convertir en su Talleyrand, el ministro del Interior Florencio Randazzo quedó sumergido en el pelotón y confinado a sostener audiencias con lo que, en la idiosincrasia de los glaciares, se denomina la "partidocracia" .

Para la carrera ascendente de Aníbal Fernández hay un escollo: Kirchner, que no ha abandonado la idea de recuperar la fortaleza perdida y hacerlo a su manera. Su álter ego no es Fernández sino Guillermo Moreno, un individuo que lo cautivó disintiendo con él en un reunión en los albores de la campaña presidencial y, sobre todo, aportándole soluciones concretas, porque el ex intendente de Río Gallegos y ex presidente es un enamorado de las cuestiones concretas. En su imaginario, el mundo es lineal y la economía puede manejarse con un cuaderno, un lápiz y un par de operaciones sencillas. En ese esquema encaja a la perfección el secretario de Comercio, un economista egresado de la UADE, cuyo hábitat es el conflicto. Lo mantiene con su jefe Amado Boudou, con el titular de la AFIP Ricardo Echegaray y con la "pingüinera", de cuya capacidad de construcción y previsión, razonablemente, duda. El secretario, según sus allegados, sospecha que el oficialismo está desvencijado pero que su escasa fuerza surgirá de las flaquezas de la oposición. Los verdaderos enemigos, en la óptica de Moreno –y tal vez en la de su jefe político– no son, pues, los partidos. En su cosmovisión, el enemigo es el campo. La reunión del viernes en la Casa Rosada se presentó como un reflejo de ese tironeo. A menos que no sea sino una interpretación más de las Variaciones Kirchner.

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