"No vamos a dejar de marchar hasta que los golpistas se vayan"

Xiomara Zelaya se acercó a los policías que, con disimulo, seguían de cerca la marcha a favor del regreso del derrocado presidente hondureño. Se quitó el sombrero de paja blanco, les tendió la mano y les dio un beso a cada uno. Los policías -que el domingo no reprimieron la manifestación frente al aeropuerto como sí lo hizo el ejército- parecían intimidados ante la primera dama, pero respondieron el saludo con cordialidad. Xiomara llevaba ya más de una hora caminando desde la Universidad Pedagógica, primero por el Bulevar Suyapa y luego por las intrincadas callejuelas -con sus subidas y bajadas interminables- para llegar a la embajada de Estados Unidos, en la Avenida de la Paz.
Con jeans azules, una blusa en negro, blanco, rojo y azul, y los labios pintados de carmín, la esposa de Manuel "Mel" Zelaya se emocionaba a cada paso, rodeada de miles y miles de manifestantes -podrían ser cerca de 10.000- que ocupaban varias cuadras, bajo un sol que a media mañana ya lastimaba la piel.

"No vamos a dejar de marchar hasta que los golpistas se vayan y vuelva Mel al poder", le dijo a Clarín, antes de ordenar a sus hombres de seguridad que dejaran caminar a su lado a este enviado, porque "era el periódico que había publicado una entrevista" con ella, cuando aún se encontraba en la clandestinidad (se puede decir ahora que estaba en la embajada de EE.UU.), el viernes 3 de julio.

"Este pueblo es maravilloso y lo demostró el domingo, en el aeropuerto cuando fue a esperar a Mel. Yo lamento mucho esas dos muertes, y los responsables deberán pagar por ello", dijo a este cronista, quien la acompañó durante más de una cuadra en su caminata.

Adelante, decenas de "motoqueros", con el rostro cubierto, iban abriendo el paso y ordenando el tránsito. Detrás, miles de personas, en su mayoría jóvenes estudiantes, trabajadores y muchas mujeres cantaban y gritaban con el "gorila de Micheletti", las fuerzas armadas y la "puta oligarquía". La pegadiza melodía de la Internacional sonaba por los altoparlantes, estratégicamente ubicados en las camionetas que acordonaban la marcha.

"Corruptos, ladrones, amárrense los calzones", gritaba un grupo de maestras, debajo de sus paraguas negros, para filtrar los filosos rayos de sol. Muchas banderas blancas y rojas del Partido Liberal -el de Zelaya, pero también el de Roberto Micheletti- se agitaban al viento, y los carteles con la imagen del presidente de facto caricaturizada como un gorila apuntaban al cielo cuando dos helicópteros -uno del ejército y otro de la policía- sobrevolaban la marcha, ya llegando a la embajada de EE.UU.

Xiomara toma agua y dice a Clarín: "Mire, antes le había dicho que en la clandestinidad teníamos miedo, pero viendo este pueblo uno no puede dejar de tener esperanza en que esto se solucione".

Frente a la embajada, el dirigente Rafael Alegría dijo a este diario que haber llegado hasta allí no era en señal de protesta, sino para "acompañar" la reunión de Hillary Clinton y Zelaya en Washington y para pedirle a EE.UU. que se involucre más en el regreso del derrocado presidente al país.

A unos dos kilómetros de allí, en el parque Francisco Morazán, la "marcha por la paz" congregó también a miles de seguidores de Micheletti. Piñatas con las caras de Fidel Castro y Hugo Chávez, adornaban la plaza, frente a la catedral construida en el Siglo XVIII.

Banderas hondureñas azules y blancas se agitaban bajo el sol. Y la mayoría de los carteles no sólo le apuntaban a "Mel", sino principalmente a Chávez. "Si tanto quieren a Zelaya, que se lo lleven a Caracas. Pero que a nosotros nos dejen la democracia", dijo a Clarín, Doña Ernestina, una señora mayor de coquetos aros colgantes.

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