Vale todo, menos la razón

Por Adrián Ventura

La Argentina se convirtió en un país donde todo, o mejor dicho cualquier cosa, parece aceptable. Todo, menos la gente idónea, capaz y racional.

La lista de un partido puede ser testimonial, falsa o estar llena de personajes del espectáculo que pueden enriquecer marquesinas pero que saben muy poco de política.

Un piquetero, Luis D´Elia, con tal de lograr un lugar en las lista del PJ, puede interrumpir la vida normal de una ciudad y, además, reclamar que las listas "no sean blancas, sino que estén llenas de pueblo, morochos y trabajadores".

El ex presidente Néstor Kirchner especula con su propia candidatura hasta último momento y, como si fuese un asunto secundario, no se siente obligado a confesar públicamente si asumirá la banca o no. Así, confunde la construcción de la verdadera política con algo lúdico, como si fuese la formación de un cuadro de fútbol.

Ejemplos de este tipo sobran.

En realidad, no hay ningún inconveniente que en la lista haya blancos o morochos. Y, en definitiva, esa dicotomía sólo se le puede ocurrir a los dueños de discurso confrontativo.

Tampoco habría ningún inconveniente que las listas estén formadas por actores o deportistas.

Lo grave es otra cosa: que las listas de todos los partidos son armadas a dedo, sin internas abiertas, sin debates de asuntos públicos y se forman con la única estrategia de sumar caciques y personajes que puedan atraer votos.

Nada le garantiza a los ciudadanos que sus representantes serán los más idóneos. De lo único que los ciudadanos pueden estar seguros es que son los que son, los que están allí y, en opinión de unos pocos, merecen ser votados.

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