La vacuna común divide opiniones en la Argentina

Quien haya seguido con atención la obsesiva cobertura mediática sobre la gripe porcina habrá notado que los especialistas muestran una llamativa división sobre un tema sensible para el público: si aplicarse la vacuna tradicional brinda o no protección.
Algunos médicos han desaconsejado su uso masivo, al argumentar que no es de utilidad alguna debido a que el virus del nuevo mal originado en México no se corresponde con los presentes en la vacuna. Los otros, en cambio, sostienen que ésta podría brindar alguna salvaguarda parcial. La razón de la discrepancia radica en que, debido a lo reciente del estallido de la crisis sanitaria mundial, nadie tiene en realidad una respuesta. La desagradable verdad es que todas son, por el momento, presunciones e hipótesis.

La cuestión genera un debate sordo y duro entre los especialistas argentinos, algunos de los cuales son reluctantes a hablar públicamente del tema. Quienes están enrolados en el primero de aquellos grupos acusan a los colegas que opinan en contrario de dar recomendaciones que, además de ser de utilidad incierta, precipitarán innecesariamente a la población sobre el stock de vacunas disponibles, despojando de ellas a la población que realmente las necesita: los ancianos, los niños y las personas con dificultades respiratorias u otros problemas de salud, a quienes una gripe común podría traerles severas complicaciones.

La hipótesis de quienes dicen que la vacuna tradicional podría ser de utilidad apunta a que el virus de la gripe porcina (cepa A H1-N1) es diferente de los utilizados en la vacuna tradicional, pero no del todo. Así, las partículas de los virus atenuados que forman parte de ésta podrían tener cierta similitud en su estructura. De ese modo, dichas partículas (WP) podrían generar al cabo de algunas semanas anticuerpos que, en alguna medida, podrían atenuar el efecto de un contagio de gripe porcina.

Cabe aclarar que la vacuna tradicional no inmuniza a quien la recibe contra la gripe común, sino que solamente previene las complicaciones severas. Es más, algunos virólogos sostienen que, si bien la vacuna aplicada en determinado momento sólo es de utilidad por una temporada, su utilización regular a través de los años activa la memoria inmunológica de quien la recibe, reforzando sus defensas.

Aquella hipótesis, además, se apoya en un hecho empírico que intriga a los infectólogos y virólogos: ¿por qué la gripe porcina provoca una proporción mucho más alta de decesos en México que en otros países muy afectados, como Estados Unidos? y, sobre todo, ¿por qué, contra toda presunción, ataca con particular virulencia a personas jóvenes que presentan un buen estado general?

Algunos aluden a posibles sobreinfecciones que se estarían dando en México. Otros, a que el virus haya sido más agresivo en su origen, justamente en ese país, y que luego haya mutado hacia formas más benignas, lo que explicaría que la mortalidad sea mayor en los primeros casos en manifestarse clínicamente. Otros, por último, conjeturan que la mortalidad, sobre todo en el grupo etario mencionado, podría estar ligada, justamente a que se trata de una población menos vacunada contra la gripe tradicional.

Diferente es el caso de las dos drogas que se están utilizando para los tratamientos: el zanamivir y el oseltamivir, éste último disponible en la Argentina bajo el nombre comercial de Tamiflu. Ambas han dado buenos resultados in vitro y, a falta de protocolos de investigación más formales debido a la novedad y urgencia del caso, también en el tratamiento precoz y la profilaxis de contacto con pacientes de la gripe porcina.

El uso de estos antivirales plantea a los médicos argentinos un dilema similar al de la vacuna: que su uso privado e indiscriminado agote los stocks necesarios para lidiar con una eventual epidemia. El Gobierno nacional ya negocia con Roche (propietario de la patente del Tamiflu) para controlar esos stocks y así poder decidir caso por caso a través de la red sanitaria a quién se debe suministrar, evitando su acaparamiento privado. Ése es, justamente, el temor que manifiestan quienes alertan contra la vacunación privada masiva.

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