El vacío 2

Por Jorge Fontevecchia

Recibí muchas felicitaciones esta semana. Como si me hubiera casado, tenido un hijo o sacado un premio. ¿Por qué me felicitan?

Recibí muchas felicitaciones esta semana. Como si me hubiera casado, tenido un hijo o sacado un premio. ¿Por qué me felicitan? En realidad son quienes me felicitan los que están felices y proyectan en mí su alegría (cuando mi tendencia es a la melancolía). Sabía que esto iba a suceder, lo escribí decenas de veces pero vivirlo es siempre distinto. Sólo dos felicitaciones me resultaron lógicas: la de mi padre, el domingo a la noche, y la de mi padre putativo, el fundador de la revista Veja de Brasil. Los dos, no por casualidad los únicos socios que tuve en la vida, se alegraron por la posibilidad de que las penurias económicas que el gobierno de Kirchner nos impuso comiencen a terminarse. La misma lógica que usaron los inversores que compraron acciones de Clarín tras el resultado de la elección y aumentaron su precio.

Pero el resto de felicitaciones que recibí se pareció más al tipo de alegría que tenían los italianos cuando el ejército norteamericano llegaba para liberarlos de Mussolini. El problema es que el problema no es Kirchner, somos nosotros mismos. Y nadie nos puede liberar de nosotros mismos.

Esta alegría ya la vi tantas veces... En tantas personas tan distintas se depositó la esperanza, que ya no dudo en pensar que es la esperanza misma la que busca en quién depositarse. Alfonsín, Menem, Chacho y Meijide, Kirchner, ¡Cristina! (disculpo la ilusión de las mujeres por una cuestión de género) y ahora hasta Pino Solanas (con todo mi respeto por él como persona e intelectual). La esperanza busca un cuerpo en el que anidar.

"Iluso; crees que viajando te alejas de tus problemas, pero tus problemas viajan contigo", le escribía Séneca a Lucilio, su sobrino gobernador de España durante el Imperio Romano.

También me deprime ver a todos los conversos que ahora se horrorizan de los desmanes del kirchnerismo. Pienso que van a hacer lo mismo con el próximo presidente: perdonarle todo mientras sea útil, descubrir todos sus defectos cuando ya no lo sea. Incluyo en esta crítica a la prensa, claro, en donde este comportamiento resulta aún más patético. Lanata ilustra bien su desprecio con ironía: "Ahora que son todos independientes, tengo ganas de ser dependiente".

No comparto esta alegría generalizada. Mi estado es de preocupación. Comienzo a mirar a la oposición, ahora que es mayoría y cada vez tiene más poder, con el mismo ojo crítico con que miré al kirchnerismo estos años. Esta no es una emoción sino una deformación profesional: la tarea del periodismo es ser contracíclico y no dejarse influir por la corriente. Con el señor Kirchner, aunque él no pueda creerlo, no tengo nada personal, es tarea del periodismo criticar a los gobiernos, para eso nos pagan los lectores. Nuestra misión compensadora reside en ayudar a la alternancia en el gobierno, sin la cual la democracia no existe, y contribuir al equilibrio entre los poderes, combatiendo al fuerte. Por eso nuestro ojo es mucho más crítico con quien gobierna que con quien está en la oposición. Hasta que la ecuación de fuerzas se invierte.

Este proceso ya venía sucediendo y el lector más concentrado en las publicaciones de PERFIL habrá percibido que a partir de la crisis del campo nuestras críticas a la oposición fueron crecientes, comenzando por la misma dirigencia del campo.

Esa actitud contracíclica tiene el precio de resultar antipática también para nuestros lectores; por caso, en esta oportunidad, a todos los que se alegran les pido que bajen un cambio. El mejor ejemplo lo tiene este diario, que en 1998 publicó el abuso de influencias de los hijos de Fernando de la Rúa en la Facultad de Derecho y se nos vino todo el establishment políticamente correcto encima. En ese momento, lo "correcto" era criticar a Menem (para nosotros lo correcto había sido criticar a Memen nueve años antes) y en De la Rúa había anidado esa esperanza recurrente a la que me refería. Tres años después todo era diferente con De la Rúa. Como también hace tres años, todo era diferente con Kirchner: "El mejor presidente argentino de los últimos cincuenta años".

No fue el mejor pero tampoco ahora es el peor, es mediocre como lo eran Menem o De la Rúa. El problema somos nosotros, que los sobrestimamos porque necesitamos verlos con atributos superiores, para así depositarles nuestra esperanza e irnos a dormir contentos.

Reutemann o Cobos también son personas comunes, todos los políticos son comunes y no podría ser de otra forma porque los dioses no existen. Si nos diéramos cuenta de eso, sí habría motivo para alegrarnos. Para no esperar milagros ni tampoco sembrar tempestades. Para comprender que la democracia es eso, un vacío que nadie obtura y que en su propia alteridad logra su equilibrio. El devenir es una lucha de los contrarios y es esa fricción la que genera el movimiento.

Ojalá pudiéramos irnos a dormir contentos no por la esperanza de que estos políticos que elegimos son, por fin, mejores, sino porque nosotros en conjunto somos mejores, más sensatos, más razonables, con un poco más de virtudes y un poco menos de defectos. Si pudiéramos eso, hasta nuestros políticos también serían mejores, transformándose en lo que nosotros mismos nos transformamos. El problema no son ellos. El problema es que nosotros creemos que el problema son ellos.

Heráclito decía que "la naturaleza de las cosas tiene por hábito el ocultamiento" porque "la estructura latente domina la estructura de lo obvio". Lo obvio es que tantas desilusiones nos hablan de lo que nos pasa a nosotros con las cosas, mucho más que de las cosas mismas.

Los médicos catalogan las anomalías de la memoria. Está la amnesia retrógrada, más cinematográfica, donde el afectado no recuerda su vida antes del hecho traumático. La más común amnesia anterógrada, donde no se recuerda el presente pero sí el pasado. La prosopagnosia o incapacidad de recordar las caras de las personas hasta la hipermnesia que, por el opuesto, permite recordar todos los detalles. Y, la última variante, que personalmente elijo para concluir esta columna, que es el déjà vu, la sensación de haber vivido lo que se está viviendo y predecir el futuro inmediato, recordándolo.

Ojalá podamos curarnos aunque Kirchner siga enfermo.

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