Un vacío demasiado grande

Por: Ricardo Kirschbaum

Raúl Alfonsín logró en 1983 lo que nadie había podido antes. Un hecho que marcó con contundente elocuencia un cambio de época. Le ganó al peronismo en el campo que se creía invencible: las urnas. Y lo hizo en elecciones libres y sin proscripciones. Supo interpretar a una sociedad que encarnó en el líder radical su deseo ferviente de dejar atrás un período muy oscuro de su historia.

La contribución de Alfonsín a la democracia fue, también, haber provocado un terremoto en el peronismo, obligándolo a hacer algo que nunca había practicado: la democracia interna. La renovación peronista, entonces, va de la mano de aquella victoria alfonsinista.

Los peronistas habían quedado congelados en la extrema violencia del 73 al 76, en el breve período camporista, la masacre de Ezeiza, los montoneros, la Triple A, la frustrada fórmula Perón-Balbín, la muerte del General, Isabel, López Rega, el asesinato de Rucci, los cadáveres en los bosques de Ezeiza, la inflación, las patotas atacando diarios. Fue un drama: el golpe militar desató aún más violencia y una extrema crueldad.

Alfonsín fue el que percibió primero lo que ocurriría con la derrota de Malvinas. Tenía su oportunidad y supo darle a su discurso un tono de recuperación republicana, una oración laica, que despertó pasión en muchísimos sectores de la sociedad. Con su triunfo nítido, abrió una esperanza que sólo pudo sostenerse parcialmente.

Fue un hombre íntegro que luchó por sus ideas y su concepción de la política. Hizo una enorme contribución a la Justicia y ese es otro de los grandes reconocimientos que hay que hacerle al ex presidente. El juicio a las Juntas fue una decisión valiente e histórica. Sólo los necios pueden tratar de ocultar su importancia.

La política, el país, la sociedad, lo extrañarán. Mucho.

Comentá la nota