Las vacaciones de Pérez

Por Rolando Hanglin

Es un año difícil. El año pasado también lo fue. En realidad, todos los años son difíciles para el buen Sr. Pérez, que no hace otra cosa que trabajar. De modo que, juntando monedas y ahorros esforzados, el hombre reúne la cantidad necesaria para alquilar un lindo chalecito en Villa Gesell. Segunda quincena de enero, la mejor.

¡Cuantas ilusiones! Bañarse en el agua salada y fría, dejarse tostar por el sol, contemplar a las bellas señoritas en bikini, conversar largamente con la patrona (la señora de Pérez) como hace años no se ha podido, celebrar un asado lentamente, sin apuro, absorbiendo el perfume de los eucaliptos y la sal del aire.

Fue duro convencer a la nena (18 años) de que concurriera a veranear con los viejos, ya que ella se consideraba en aptitud de alquilar un departamentito en Pinamar con otras nueve chiquilinas.

Pero finalmente se logró. Aquí están los Pérez, todos juntos, en una simpática vivienda a sólo once cuadras de la playa.

Primer inconveniente: no hay agua. Tampoco hay gas. Tampoco hay luz. El teléfono está cortado. Pérez acude furioso a la inmobiliaria, donde otros veinte turistas presentan quejas similares. Pero la cosa se arregla, al cabo de tres días.

Segundo problemita: el nene de los Pérez se levanta a las cinco de la tarde y sale todas las noches, a partir de las dos de la madrugada, de manera que padre y madre no pueden dormir pensando en las aventuras o accidentes que estará atravesando el muchacho de 24 años.

Tercer problemita: la nena se levanta a las dos y pide plata para ir al cíber, de donde vuelve a las once de la noche, muda y seria.

- ¿Qué te pasa, nena? - le preguntan.

- Nada. ¿Querían que viniera? Bueno, vine.

Hay un cuarto problemita: la carpa que les han dado a los Pérez, allá en el balneario, es la número 14, que recibe todo el viento del mar. Enérgicamente reclama el bueno de Pérez, y le asignan una nueva carpa con el número 52, que embolsa todo el humo de la cocina (cornalitos, rabas, milanesas) y por cuya entrada desfilan todos los que van al baño.

Así van pasando, un poco desangelados, los primeros ocho días.

Luego llueve tres jornadas completas, de la mañana a la noche.

El día número doce, el Sr. Pérez descubre que una de las gomas de su auto está baja, a pesar de que cambió las cuatro antes de viajar, en una imprescindible puesta a punto del auto que costó 2.600 pesos.

El día número trece, el hombre descubre a la vecina. Es una morocha de silueta electrizante. Silenciosa. Discreta. Sola. Cuida tiernamente a un hijito de tres años. Espera a su marido, muy ocupado en Buenos Aires. Pérez ha descubierto que la melancólica vecina tiene una ducha al aire libre, donde se enjabona espléndidamente cada mañana a las 9.

Pérez la observa embobado, en la ilusión de que -tal vez mañana, tal vez otro dÍa- ella podría sonreírle desde la ducha y hacerle adiós con la mano. Sólo eso.

El día catorce, esto no sucede.

El día quince, llaman de la inmobiliaria. Ha terminado el período de alquiler. Llegan los nuevos inquilinos. Pérez carga el auto, subordina a los gritos a su mujer y sus dos hijos y luego parte, ceñudo, hacia la ruta dos.

Hay algo que lo inquieta. Es esa goma baja. ¿Aguantará hasta Buenos Aires?

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