El mal de la vaca loca

El conflicto con “el campo” no para de traer consecuencias. ¿Ahora qué fue: cortes de ruta, actos masivos, votos trasnochados, desabastecimiento? Nada de eso, sino otra cosa: que apareció una vaca suelta en plena autopista urbana.

El conflicto con “el campo” no para de traer consecuencias. ¿Ahora qué fue: cortes de ruta, actos masivos, votos trasnochados, desabastecimiento? Nada de eso, sino otra cosa: que apareció una vaca suelta en plena autopista urbana. En un país ordenado que tuviese perfectamente resuelta la cuestión decisiva de la relación entre ciudad y campo, un hecho como éste no podría haber acontecido. Sucedió entre nosotros, los argentinos, que seguimos sin resolver si le debemos al campo nuestro ser y nuestra esencia o si, por el contrario, según sostenía el prócer Domingo Sarmiento, lo rural es nuestra tara, nuestro atraso y nuestra desgracia.

Y entonces sí, aquí puede perfectamente pasar incluso aquello que es impensable, o sobre todo aquello que es impensable. Una ternera de unos doscientos kilos de peso apareció hace unos días en la autopista Perito Moreno. Se la vio a la altura del peaje Avellaneda y fue atrapada, una media hora después más o menos, y no sin dificultad, en los alrededores del peaje Dellepiane. ¿Qué se pretende decir exactamente con que el episodio “no trajo consecuencias”? ¿Que nadie embistió a la vaca ni fue embestido por ella? ¿Que en el esmero por esquivarla ningún coche colisionó con otro, ni volcó, ni derrapó? ¿Que no hubo que lamentar víctimas ni tampoco daños materiales? En ese plano, el de los hechos, efectivamente no: no trajo consecuencias. Pero, ¿y en el plano de la significación? En el plano de la significación, las consecuencias son incalculables. ¿Y en un sentido específicamente semiótico? En un sentido específicamente semiótico, la visión onírica de la vaca suelta en medio de la autopista urbana es la más real de las postales posibles de la Argentina real de finales de 2008.

Esteban Echeverría ya lo escribió en las páginas de El matadero, se supone que hacia 1840. Que en aquel puñado de páginas de ficción y desmesura se condensen y se anticipen casi todas las peripecias de los avatares de la argentinidad dice mucho sobre la literatura y dice mucho sobre la argentinidad. El primero de nuestros cuentos adelantó casi todo lo que nos pasaría. Por lo pronto, esta noticia, por inesperada que parezca: una vaca suelta en la autopista del sur. ¿No situó acaso Echeverría ahí en el sur, en las inmediaciones de la ciudad de entonces, el drama del matadero rosista? ¿Y no fue acaso, como el lector sin dudas recordará, uno de los momentos más intensos de ese drama el episodio en el que un toro en el matadero se suelta de su lazo y empieza una carrera amenazante en dirección a la ciudad? Alguna vez ese toro cobró la forma de un muñeco gigante: mitad caballo (o toro) de Troya, mitad títere con cabeza (pura cabeza); y ocupó su lugar, como símbolo del ruralismo beligerante, en plena Plaza de los Dos Congresos. Ahora ese mismo toro se convirtió en vaca y reapareció, pero como realidad, en medio de un escenario que es lo urbano por excelencia. La historia argentina se repite, pero una vez como comedia y la siguiente también. El campo invade la ciudad. La literatura argentina lo ha venido imaginando sin cesar, desde El matadero de Echeverría hasta El año del desierto de Pedro Mairal, pasando por Radiografía de la pampa de Ezequiel Martínez Estrada o por El aire de Sergio Chejfec.

La política argentina no resuelve la cuestión, acaso porque no lee la literatura argentina. Persiste tercamente en la mera realidad, sin siquiera sospechar lo que esa misma realidad es capaz de revelar cuando la interrogan las ficciones.

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