Utopías argentinas

Por Luis Gregorich

La utopía argentina no consiste en una sociedad sin clases. Tampoco es el paraíso neoliberal en que la riqueza terminará derramándose hacia todas partes. No, ya no se trata de que seamos el granero del mundo, aunque sí podemos ser una razonable fábrica de alimentos. Soñar con una sociedad en que seamos todos iguales no tiene (afortunadamente) sentido, pero trabajar incansablemente para que seamos menos desiguales resulta obligatorio. Y todavía nos falta acercarnos al impulso utópico.

¿En qué consiste la utopía argentina? Hablamos, ya se sabe, de lo ausente, de lo que no tenemos, del deseo insatisfecho y oscuramente vuelto a la escena. Inútil mencionar la soberbia de los gobernantes, la escasa creatividad de la oposición, las corporaciones prebendarias o la suficiencia de los ideólogos, porque de esa mercadería hay continuo abastecimiento.

No es que falten ejemplos de excelencia. Están los científicos argentinos desparramados prestigiosamente por el mundo, y los que trabajan en silencio dentro del país. Está la densa red de organizaciones no gubernamentales que se esfuerzan para que otros vivan mejor. Está el Pro Música de Rosario, está Mercedes Sosa, están el viejo y el nuevo tango, están los cientos de teatros abiertos, están los maestros de fronteras. Están, por qué no, Messi y el Kun Agüero. Ginobili y las Leonas del hockey. Un requerimiento utópico es, precisamente, poder responder algún día por qué esos logros individuales no se trasladan a la Argentina como conjunto, como nación hoy condenada a la mediocridad y al declive, carente de proyecto nacional compartido y de ubicación coherente en el mundo global.

Otra vez la pregunta: ¿cuál es la utopía argentina? Quizá la suma de unas pocas normas, de fácil comprensión y hasta hoy eludidas. Cumplir con la Constitución y la ley aunque no nos gusten, ni sean las mejores. Pagar los impuestos según la estricta capacidad de cada uno, y administrarlos -el Estado- con honestidad y sentido social y federal. Construir un sistema de partidos representativo, capaz de mediar eficazmente frente a las corporaciones empresarias y sindicales. Combatir la asimetría del desarrollo regional, e instituir la educación y el conocimiento como los estandartes del tiempo que viene. Por fin, promover un diálogo entre diferentes, en que el otro no sólo sea escuchado, sino también pueda tener razón.

Esta última condición se actualiza -y problematiza- a la luz de la reciente convocatoria del Gobierno y, podríamos decir, frente a dos fechas claves: una, que ya pasó, el 28 de junio, que trajo la derrota del Gobierno en las elecciones legislativas; otra, en el futuro, el 25 de mayo del año próximo, bicentenario simbólico de la Argentina, en que tenemos el compromiso de dar señales de memoria e identidad históricas, de unidad en la diversidad.

¿Seremos capaces de contestar a la dimensión utópica que nos proponen estos dos acontecimientos, y que podría resumirse en la necesidad de ingresar en un país normal y previsible? La respuesta, por ahora, es ambigua. El Gobierno, que muy lentamente va despertando del shock poselectoral, ha dado señales positivas y negativas. Positivo ha sido el diálogo iniciado con las organizaciones económicas y sociales, y con los gobernadores.

No importa si sólo se trata de ganar tiempo, o de una discusión retórica o protocolar. El gesto vale por sí mismo, y quien lo dilapide, de un lado o del otro, pagará altos costos ante la opinión pública. Lástima que la Presidenta no tuvo el coraje de deponer rencores y de reunirse, en forma personal, con los jefes de los partidos opositores, empezando a desandar, con este pequeño paso, el camino del canibalismo político. No es tarde para hacerlo.

Negativa, en cambio, ha sido la resistencia oficial a desprenderse de colaboradores desgastados, la falta de apertura (debería intentarla por propio interés) a nuevos horizontes, el empecinamiento en seguir manipulando los datos estadísticos nacionales a los cuales ahora procura maquillar, y, en general, cierto clima de atonía y autismo frente al resultado electoral, como si su mensaje ni siquiera empezara a ser digerido.

Detrás de este escenario contradictorio, comienzan a escucharse rumores inquietantes, inspirados en nuestras peores tradiciones de impaciencia institucional. Se dice, con fundamento incuestionable, que los próximos dos años -y en especial el período que arrancará el 10 de diciembre- serán de difícil gobernabilidad. Se agrega, también acertadamente, que el kirchnerismo gobernante, desde su pasado santacruceño, no está acostumbrado a gestionar con mayorías parlamentarias adversas, y que su hábito de jugar al todo o nada podría empujarlo a decisiones desesperadas. Con poca responsabilidad, algunas figuras de la oposición han comenzado a pronunciar palabras tan graves como acefalía o vacío de poder. Mientras tanto, con insistencia obscena, empiezan a girar en una rueda loca los nombres de eventuales candidatos presidenciales para 2011, como si viviéramos en Suiza y el futuro político pudiera planificarse con tanta frialdad y antelación.

Es cierto que los años que vienen serán arduos. La caja holgada y disponible se agota, los capitales se fugan, no hay financiación externa y la falta de política exterior nos lleva y trae por el mundo como borrachos tambaleantes. Si esta orientación se profundiza, estaremos a las puertas de una durísima puja sectorial por el ingreso, que pudo ser mitigada en los últimos años gracias al viento de cola de la economía internacional y los saldos exportables. Pero esa etapa de sufrimiento y desgaste le corresponde asumirla lealmente, y administrarla, al gobierno actual, y no a ninguna alquimia producida, una vez más, por el derrumbe de las instituciones, que sólo trae más prepotencia, más inestabilidad y más caos. El Gobierno ha cometido muchos errores y debe ocuparse de corregirlos; incluso en ese proceso está su posibilidad de regeneración. La oposición controlará, propondrá su propia agenda legislativa y acotará los poderes oficiales, pero no cogobernará ni negará consensos para asuntos de Estado o temas de urgente interés nacional.

El otro hecho crucial, de fuerte repercusión cultural y no tan improbable interés económico es el Bicentenario. Podría convertir en realidad, momentánea al menos, a otra utopía argentina incumplida: la del debate nacional sin prejuicios en torno de nuestro pasado, presente y futuro. Junto a un sólido y numeroso grupo de intelectuales oficialistas, el de Carta Abierta, se han constituido recientemente otros surgidos de la oposición. Buscar canales de participación común, sin necesidad de igualar ideas o propuestas, sería un camino fértil y auspicioso. En cambio, suma muy poco la guerra de prontuarios, el argumento ad hominem esgrimido para silenciar o humillar al adversario.

Ya sería bueno que la Argentina estuviese sembrada de proyectos, oficiales y privados, destinados a celebrar esta continuidad (a los tropezones) de dos siglos que nos construye como una entidad parecida a otras muchas de Iberoamérica, pero a la vez con matices que nos otorgan un carácter peculiar. Aún es poco lo que se conoce, si exceptuamos la participación argentina, como país invitado, a la Feria del Libro de Francfort en 2010, convocatoria que no parece haber derivado, en los ámbitos oficiales, en un derroche de pluralismo. Seguramente nuestra propia Feria dedicará buena parte de su múltiple actividad cultural a doscientos años marcados, también, por libros y escritores.

Los medios masivos, no nos cansaremos de decirlo, deberían desempeñar un papel protagónico en la patriada. No basta, aunque es indispensable, la proyección escolar. Colecciones de clásicos argentinos entregados con los grandes diarios, series episódicas sobre nuestra historia (y los hombres y mujeres que la hicieron) con actores populares y producidas y emitidas por los canales de televisión de aire, documentales filmados acerca de nuestras riquezas naturales, intensa argentinofilia en los blogs y los otros espacios que brinda Internet, son sólo algunas de las eventuales respuestas a la secuencia de identidad que reclama el Bicentenario. El país tradicional y el país moderno. Los excluidos por los que hay que luchar y los excelentes a los que hay que tributar homenaje.

Ese diálogo entre diferentes, esa unidad en la diversidad, ese fervor imposible, es lo que nosotros llamamos utopía argentina.

Comentá la nota