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ESTUDIANTES 3 - GIMNASIA LP 0: Hubo una sola hinchada en el Estadio Ciudad de La Plata y también un solo equipo: Estudiantes apabulló a Gimnasia del principio hasta el final y después se dio el gusto de festejar la Copa Libertadores.
Que los clásicos son partidos aparte es un axioma que bien vale la pena discutir. El partido de ayer sirve para refutar esa verdad: de principio a fin el equipo que un mes y medio antes salió campeón de América superó al que en ese mismo momento zafaba del descenso.

Pero pese a la relatividad del axioma, sí es cierto que en 90 minutos pueden disimularse las diferencias. Ayer esto no ocurrió. Estudiantes nunca vio peligrar su victoria, que consolidó recién en el segundo tiempo pero que en el primero le habían sobrado méritos para descansar sobre dos o tres goles de diferencia.

La decisión de no dar la vuelta antes del partido insinuaba que Estudiantes iba a tomar este clásico como si fuera otra final. Sabía que relajarse acrecentaría las chances de Gimnasia. La presión, el juego y la dinámica que impuso el equipo de Sabella fue abrumador para el Lobo, que no pudo oponer otra cosa que pierna fuerte (se llevó cinco amonestados al entretiempo). Para peor, en ese período Madelón nunca consiguió que los suyos escucharan dos pedidos: tranquilidad para jugar y orden para defender.

En 30 minutos Estudiantes le sacaba lustre a su chapa de campeón. Llegaba al gol por Salgueiro (previo foul a Clemente, de brillante debut) luego de haber rodeado a Gimnasia. Después se lo perdería un par de veces cuando la lógica indicaba que el segundo llegaría por decantación. ¿Y el Lobo? Sus fichas en el pizarrón sugerían que cerrarse para jugar en un espacio pequeño reduciría las chances del rival. La manera en la que encaró ese plan lo condenó: a fuerza de infracciones, nervios y debilidades defensivas.

La mejor noticia del Lobo en el descanso fue ir perdiendo sólo 1 a 0. Tomó nota de ello y salió decidido a imponer su juego en el campo de un rival que, suponía, iba a cansarse en algún momento. Y es cierto que el Pincha lució más flaco de piernas, pero nunca claudicó en la presión. En base a ello se adueñó nuevamente del trámite y armó el segundo gol, que gestó Boselli y definió él mismo. Ya no estaba Verón, pero Matías Sánchez le hizo mejor al equipo que la Brujita, porque fue líder en la presión y, además, aportó los pases (como en el segundo a Salgueiro) que el capitán ya no hacía. El partido estaba definido. El gol exquisito de Pérez fue una piña para la autoestima de Gimnasia y un moño para la actuación del campeón, excelente en lo colectivo y apabullante en lo individual. A Estudiantes todo le sale bien. Hasta se dio el gusto de posponer la vuelta olímpica a riesgo de no darla. Al final hizo de la fiesta una función privada, sólo para sus hinchas.

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