La única salida posible para un gobierno débil

Por Fernando Laborda

La convocatoria al "más amplio diálogo" formulada ayer por la presidenta Cristina Kirchner transmitió algo de alivio después del pesimismo que, tanto en la opinión pública como en los mercados, habían provocado los cambios en el gabinete, de los cuales se desprendía que la receta del Gobierno era, simplemente, más kirchnerismo.

Puede entenderse que la Presidenta haya esperado a la celebración del 9 de Julio para hacer un anuncio tan relevante. Pero cuesta entender que ni en la conferencia de prensa posterior a las elecciones ni en oportunidad de producirse el recambio ministerial haya dado una mínima pista sobre la apertura al diálogo que la sociedad reclamaba.

Dos factores terminaron de convencer a la primera mandataria de la necesidad de la salida dialoguista. El primero fue la muy negativa reacción de los mercados, con la consecuente suba del riesgo país, luego de conocidos los cambios en el gabinete. El segundo, el principio de acuerdo entre los bloques parlamentarios de la oposición y del peronismo disidente en torno de una agenda legislativa común, en la que se incluirá una iniciativa para que el Congreso recupere su facultad de fijar las retenciones a las exportaciones del campo.

Sorprendió la invitación presidencial a discutir una reforma política, basada en una ley de elecciones primarias abiertas en todos los partidos políticos como la que, curiosamente, fue derogada en 2006.

Hay una razón poderosa para el kirchnerismo: amenazar y condicionar al más firme postulante presidencial del PJ, Carlos Reutemann. No fue casual que la Presidenta mencionara a la provincia de Santa Fe como pionera en materia de elecciones primarias. Néstor Kirchner cree que con sus votos del Gran Buenos Aires -aun cuando no pocos intendentes estén abandonando las filas kirchneristas- podrá imponerle límites al senador santafecino y sentarse a la mesa peronista que debatirá la sucesión presidencial.

Si la cita para debatir la reforma política es sincera, debería incluirse el tema de la boleta única.

Ante el llamado al diálogo, los más optimistas podrán señalar que más vale tarde que nunca. Por el contrario, los descreídos recordarán que años atrás el entonces presidente Néstor Kirchner le confió a un auditorio de empresarios: "Miren lo que hago, no lo que digo".

No es ésta la primera convocatoria a un amplio diálogo que formula la Presidenta. La última fue el año pasado, en medio del conflicto con el campo; fue el llamado Diálogo del Bicentenario, que no se tradujo en nada concreto. También hubo varios amagos con la posible creación del Consejo Económico y Social, anunciada por Cristina Kirchner cuando era candidata, durante la campaña proselitista de 2007. Esta propuesta tampoco se llevó a la práctica.

Claro que hoy las circunstancias son distintas. El diálogo social y político es el mejor salvavidas para un grupo gobernante que, tras los numerosos pasos en falso después de los comicios, incluida su quimérica interpretación del resultado electoral, ha seguido perdiendo puntos en la percepción de la sociedad.

Habitués de la quinta de Olivos confiesan que la palabra más oída allí desde el 29 de junio, en boca de Néstor Kirchner, es "traidores".

Parecían justificadas las prevenciones de un conocido hombre de empresa que, semanas antes de los comicios, afligido, hacía saber sus temores: "Si los Kirchner ganan, serán insoportables, y si pierden, se tornarán más resentidos". La conformación del nuevo gabinete pareció darle la razón. El llamado al diálogo de ayer podría devolverle alguna pizca de esperanza.

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