Unas líneas sobre Alfonsín, apenas un político decente

Julio Blanck.

Raúl Alfonsín es un caballero. Y como tal, sólo defiende causas perdidas.Así puede entenderse su llamado a la oposición para que, a través del diálogo, intente construir un frente común que se levante ante el kirchnerismo.

El mensaje del viejo líder se derramó desde la pantalla del Luna Park sobre los miles de seguidores, radicales casi todos, que se habían reunido allí para celebrarlo a él y recordar su triunfo electoral de hace 25 años, que marcó el retorno democrático. Pero los destinatarios de su palabra no eran esos que cantaban y saltaban como si el tiempo y su erosión implacable no hubiesen sucedido.

Alfonsín hablaba para Elisa Carrió, para el vicepresidente Julio Cobos, hasta para Ricardo López Murphy, que estaban allí llamados por la sangre radical que algunos nunca olvidaron y otros, a veces, llegaron a negar tres veces en la misma noche.

Si se mide, aun con vara indulgente, el volumen y espesor del ego que portan los personajes mencionados, se deduce que es misión imposible, tarea para caballeros andantes, ésta que se propuso Alfonsín, que se empeña en dar servicio al país según ordenan sus ideales, a contramano de las penosas limitaciones que le imponen la enfermedad y sus dolores.

En la fiesta del Luna Park estaban los que fueron antes y estaban sus hijos, los que pusieron su ladrillo en la construcción de aquella epopeya del 83 y los que supieron de esa historia por lo que les contaron. Para todos ellos Alfonsín sigue siendo una referencia que excede la política, un ejemplo que avanza desde el corazón hasta las lágrimas.

Difícil, si no imposible, encontrar en nuestra historia política reciente muchos otros personajes capaces de sostener en el tiempo semejante fidelidad colectiva, tanta dignidad personal y tanta influencia sobre un sector de sus compatriotas, estando lejos del poder y la chequera, como está desde hace mucho rato Alfonsín.

Arriesgando la calificación de atrevido, uno podría mencionar a Juan Domingo Perón en esa escasa lista. Y no hay otros.

Hizo muchas cosas bien y muchas mal Alfonsín, en sus años de gobierno. Unas y otras le costaron aquel final turbulento, de hiperinflación y saqueos, que sirvió de escarmiento ejemplar para sus sucesores en la Casa Rosada, que lucieron casi siempre tan disciplinados.

Y hasta le cuestionaron por algún tiempo su arriesgada defensa de los derechos humanos. Como si aquel juzgamiento a las Juntas Militares, inédito en el mundo, pudiera opacarse por las vacilaciones posteriores, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que le arrancaron a punta de fusil los sediciosos de uniforme y carapintada, y los de saco y corbata también.

Alfonsín, tozudo como es, reivindica hasta sus errores. Y siempre va a encontrar alguna justificación para sus actos. Pero lo que hizo, lo hizo construyendo consenso, imponiendo el número y la razón cuando tuvo ambos atributos, o batallando solo con sus argumentos y su astucia si ésas eran las únicas herramientas a mano.

Así, cuando el peronismo le empezó a marcar el final de su tiempo, bendijo para la sucesión a un candidato que nunca quiso, como Eduardo Angeloz. Y puso su cuota y sacó su tajada en el Pacto de Olivos, porque creyó inevitable una ruptura constitucional si no pactaba con Menem. Y le dio el envión decisivo a la Alianza, en la esperanza de encontrar una salida de mayor calidad institucional al menemismo, aunque en la intimidad no abundara en elogios para Fernando de la Rúa. Y fue constituyente, y senador, y en estos años, después de paladear el sabor único del poder, puso la cara y el cuerpo en elecciones que sabía perdidas. Cuidó poco su récord personal, porque creía que había otras cosas, otras ideas por cuidar.

Sus herederos políticos, sus continuadores, le copiaron todos los defectos, pero no todas las virtudes. El radicalismo quedó muchas veces a la deriva. Muchos dirigentes radicales trataron entonces de buscar un mecanismo, unos nombres, una relación de fuerzas interna, que les permitiera prescindir de esa vieja sombra paternal y dominante, de ese apellido sonoro y contundente que seguía convocando el fervor de una militancia que menguaba. Pero una y otra vez los pasos llevaban al departamento de siempre, en la avenida Santa Fe, donde Alfonsín vive austeramente desde que se tenga memoria. Y en la biblioteca amplia, abarrotada, una y otra vez eran sus argumentos persuasivos o sus enojos legendarios, los que volvían a unir los pedazos de una historia que parecía desfallecer.

Alfonsín ha sido, es, un político decente. Muchos menos que muy pocos, en ese nivel, pueden lograr que esas dos palabras juntas no suenen ridículas.

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