La UnaF no resuelve las deudas pendientes con la sociedad: siguen los acomodos y el clientelismo.

Todo un ejemplo: dicen que son pocos los funcionarios y docentes que envían a sus hijos a la universidad formoseña
La elección de las máximas autoridades de las cuatro facultades de la Universidad Nacional de Formosa (UNaF) que se hará mañana pone nuevamente al desnudo el escaso avance hacia los cambios ampliamente reclamados. Por ejemplo, falta de cobertura de cargos docentes por concursos, que apenas llegan al diez por ciento.

Fuentes universitarias acusan a un "nucleo duro" de docentes que no pasaría ninguna prueba como la causa del freno a la convocatoria a concursar los cargos, y que la falta de presupuesto es sólo una excusa, dado que las compulsas en ese claustro se traducirá en excelencia académica.

La reforma del Estatuto Universitario sigue "cajoneada". Esto permite la vigencia de un perverso sistema que se ha consolidado para el beneficio personal de unos pocos que han tomado a la universidad como el "cuerno de la abundancia". Mientras tanto, se alega la falta de presupuesto para los concursos o para convalidar carreras aprobadas por el Ministerio de Educación.

Divorcio

Pese a las públicas declaraciones y a tibias acciones, es innegable que la Universidad sigue divorciada de las necesidades sociales. Para ejemplo basta un botón: solo un reducido número de funcionarios y docentes envía a sus hijos a cursar estudios universitarios en la UNaF.

El desprestigio en que se ha sumido la anhelada universidad, por la cual se ha luchado desde la década del 70 con el "zapiolazo", por ejemplo, lejos estará de revertirse, mientras siga imperando el sistema citado.

El actual rector, Martín Romano, llegó a ese cargo tras la destitución del anterior, Carlos Dalfaro, por el escándalo de la extensión de títulos apócrifos en extensiones, dentro del país y en España.

La expectativa que generó fue la de un cambio real y estructural. Pero tropezó con el continuismo y no puede o no quiere apretar el acelerador a fondo para producir las modificaciones.

Qué cambiar

Lo que hay que cambiar en la universidad, en primer término, es el estatuto universitario. Es la norma fundamental y donde residen las normas que permiten los viejos vicios.

Por ejemplo, mañana se eligen a los Decanos y Vicedecanos de las facultades de Salud; Recursos Naturales; Economía y Negocios; y Humanidades. El mecanismo es indirecto. Es decir, que unas quince personas, que en un Concilio Académico representan a los claustros de docentes, no docentes, estudiantes y graduados, deciden quien gobernará, por cuatro años, cada unidad académica.

Y lo más llamativo de todo es que el cronograma electoral indica que primero se deben elegir a los decanos, con conciliarios que recién después serán reelectos o cambiados porque también hay elecciones en esos claustros.

Esto se presta a maniobras burdas, como promesas de apoyo para que sigan en el cargo los conciliarios que voten de determinada forma. Así, se distorsiona totalmente lo que se pretende: la transparencia en la elección.

Otra de las cuestiones fundamentales que deben afrontarse en forma rápida son los concursos docentes. Hoy apenas si se llega al diez por ciento de los cargos docentes concursados.

El resto, sigue ocupado incluso por profesores que no tienen la incumbencia universitaria, sino para el nivel medio. O son profesionales recibidos en la misma casa de altos estudios que enseñan lo mismo que aprendieron, sin capacitarse en la enseñanza superior, al igual que otros, que si bien tienen doctorados, no se capacitaron para estar frente al alumno y cómo enseñar.

Otro aspecto que no debe ser erradicado pero si cambiado es la política. La universidad es cuna del debate político, entendiendo a la política como la búsqueda del bien común. Lo que si debe ser arrancada de raíz es la poliquitería, lo que actualmente permite distorsiones y que determinados excesos sean tomados como naturales. Como por ejemplo, el caso de funcionarios o docentes que utilizan el cargo para nombrar a parientes.

La sociedad mira expectante esta gestión. Y también se la mira atentamente desde el poder provincial. No hay apoyos incondicionales y totales desde allí, y aquellos que lo crean, verán lo poco que duran en sus cargos cuando sus excesos ponen en riesgo la imagen de la provincia. Y lo que es peor, el futuro de cientos de miles de formoseños que eligen y todavía creen en la Universidad Nacional de Formosa.

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