Los últimos rugidos de la máquina de poder K

Por Fernando Laborda

La mayor parte de la sociedad argentina ya no tolera el estilo del presidente enojado, esa crispación en la que subyace cada semana la búsqueda de un enemigo al cual denostar en público y echarle la culpa de los males presentes. Las urnas, un mes atrás, arrojaron ese veredicto.

Por momentos, sólo por momentos, la presidenta Cristina Kirchner da tibias señales de comprender ese mensaje. Esos instantes no duran mucho. La lógica del poder kirchnerista suele ser más fuerte.

Los Kirchner no dan muestras de haber aprendido a aprender. No es fácil cambiar para alguien que desde la asunción, en 1987, de la intendencia de Río Gallegos, a lo largo de casi 22 años, hizo de su estilo de gestión centralista y confrontativo un emblema, sin haber perdido una sola elección hasta la reciente debacle del 28 de junio.

La lógica K se resume hoy en un sentimiento que expresa el ex presidente en la intimidad de Olivos: "Si nos mostramos débiles y cedemos, vendrán por todo". El objetivo del diálogo político, para él, no es escuchar al adversario, sino reafirmar la posición propia y ganar tiempo hasta lograr la división opositora y sembrar el camino que más le gusta: el de la cooptación.

No será fácil. Los instrumentos de dominación que empleó Kirchner desde que se acomodó en la Casa Rosada hasta hoy están seriamente amenazados o desaparecieron.

La máquina de poder K se basó en cinco pilares:

* La mayoría parlamentaria.

* La cooptación de buena parte del movimiento piquetero y del sindicalismo, lo cual le permitió al kirchnerismo el control de la calle.

* La seducción de intendentes del conurbano bonaerense.

* La facultad de designar y remover jueces casi a piacere tras la reforma del Consejo de la Magistratura.

* La superavitaria caja del Estado y la posibilidad de su distribución discrecional, merced a las facultades legislativas delegadas al Ejecutivo.

Ese esquema de poder ha entrado en crisis. La relación de fuerzas en el Congreso ha cambiado. El sindicalismo argentino es especialista en reubicarse políticamente. Los intendentes bonaerenses también están abandonando el barco kirchnerista. Los jueces no son tan dóciles frente a un poder que se percibe en retirada. Y el combustible del superávit fiscal se ha agotado.

El matrimonio presidencial concibe el ejercicio del poder como apropiación y distribución de recursos. No hay tanta diferencia con otros tiempos. Los famosos adelantos del Tesoro de la Nación (ATN) del menemismo fueron reemplazados en la era kirchnerista por las partidas presupuestarias reasignadas mediante los "superpoderes". Se entiende, entonces, que la Presidenta acepte limitaciones, pero que no se resigne a perderlos totalmente. Hace a la esencia del poder K, especialmente cuando los recursos escasean. Y los Kirchner lucharán por eso aunque sólo los acompañe un puñado cada vez más reducido de intelectuales convencido de que no hay nada mejor a la izquierda de este gobierno.

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