Los últimos días de tranquilidad en la política.

Por: Joaquín Morales Solá.

A pesar de todo, es probable que la política argentina esté viviendo sus últimos días de relativa tranquilidad.

El empate técnico entre Néstor Kirchner y Francisco de Narváez, con una leve tendencia hacia el triunfo del candidato opositor (según lo consigna la encuesta de Poliarquía que publica hoy LA NACION), preocupa, sobre todo, al propio peronismo. Otras dos encuestas independientes informaron a De Narváez y al radicalismo de porcentajes casi idénticos a los de Poliarquía. Un gobierno forzosamente debilitado surgirá de las elecciones del próximo domingo. A partir del día después, Néstor Kirchner dejará de luchar ya por la inalcanzable perpetuidad, como lo venía haciendo, y comenzará a defender la más elemental supervivencia.

Líderes provinciales peronistas con predicamento en el partido gobernante (José Luis Gioja, Mario Das Neves, Jorge Busti, José Manuel de la Sota y Juan Manuel Urtubey, entre otros) están dispuestos a sublevarse ante el liderazgo omnipotente de Néstor Kirchner. Entre el poder y las personas, el peronismo siempre se quedó con el poder , reconoció uno de ellos. Algunos conservan, además, viejas distancias ideológicas con los Kirchner, que las guardaron en su momento, pero no las olvidaron. El excesivo estatismo de Kirchner, por ejemplo, dejó de ser hace mucho tiempo una bandera unánime del peronismo.

El peronismo presiente que puede perder el poder si éste siguiera controlado por Kirchner. Ese es el principal problema del ex presidente, más allá de si ganara o perdiera por un puñado de votos en la provincia de Buenos Aires. Alguien que sólo ofrece un tercio de los votos en Buenos Aires y en el país nos está anticipando la próxima derrota , argumentó uno de esos caudillos del interior. Los gobernadores o ex gobernadores, acostumbrados a la gimnasia de llevar adelante una administración, ponen la mirada también en la próxima y única realidad ya inmodificable: a Kirchner lo aguardan dos años sin mayoría parlamentaria.

La victoria o la derrota en la provincia de Buenos Aires tendrán, no obstante, algunas consecuencias para el curso de la crisis futura. Un triunfo, por más escaso y mezquino que fuera, le dará espacio y razones a Kirchner como para envalentonarse durante un tiempo. Su pavoneo podría ser más fastuoso todavía si, encima, Carlos Reutemann cayera en Santa Fe abatido por los socialistas. Kirchner podrá decir que sus porcentajes son pocos, pero que ningún otro dirigente peronista cuenta con ese número de votos en el país , se ilusionó un funcionario del gobierno nacional.

Es cierto. Pero sólo alargaría las negociaciones: el peronismo nunca le confiará todo el poder a alguien tan poco seductor para el electorado independiente. De hecho, y si bien se miran las encuestas, el voto del ex presidente está encapsulado en el peronismo del segundo cordón bonaerense, el más pobre del país, y entre los sectores sociales con menos nivel educativo. Con esos votos se podrá vestir una elección legislativa, pero jamás se ganará una elección presidencial , deduce un líder díscolo del peronismo.

¿Cómo será la vida del kirchnerismo, entonces? Precaria. Los gobernadores del justicialismo, o gran parte de ellos, reclamarán en el acto un gobierno de "unión peronista" para compartir la conducción del país. El gabinete se tendrá que abrir a representantes de los gobernadores o a figuras respetadas y prestigiosas del partido. El 29 de junio habrá que darle sepultura a la pingüinera , pronostica otro mandatario provincial. ¿Lo hará Kirchner? ¿Está dispuesto a nacer de nuevo cuando ya cumplió 58 años? Estoy dispuesto a conversar después de las elecciones , es la única promesa que el ex presidente les deslizó a algunos gobernadores de su partido. ¿Conversar de qué? Kirchner calla o cambia de tema. A nadie le dice nada.

El ritmo de la crisis podría volverse más frenético si Kirchner perdiera ante De Narváez en Buenos Aires, posibilidad que ningún encuestador serio descarta en estas horas. Y el concierto del conflicto podría ser más impetuoso todavía si Reutemann se hiciera, al mismo tiempo, de un triunfo en Santa Fe. Reutemann corporiza el eventual liderazgo nacional del peronismo que los gobernadores anhelan. Dos puntos arriba o abajo definirán sólo el ritmo de la crisis.

Los necesarios cambios serán tan profundos, y los márgenes de Kirchner tan exiguos, que nadie deberá descartar en el caso de su derrota un llamado anticipado a elecciones presidenciales , razonó uno de esos gobernadores. El peronismo no correrá el riesgo, ante ese cuadro, de que Kirchner profundice aún más el deterioro del partido. ¿Y qué hará el propio Kirchner? Quizás el mismo ex presidente podría llegar a la conclusión de que un adelantamiento de elecciones sería lo más conveniente para una eventual candidatura presidencial suya o para apadrinar a alguien. Ese "alguien" no es otro que Daniel Scioli, el único presidenciable que le queda en su acortada lista de candidatos.

Kirchner tendrá un problema con Scioli: o le pagará al gobernador con gratitud política su lealtad a prueba de fuego y de destratos, o Scioli enfrentará públicamente al ex presidente. La paciencia de Scioli ha tocado el límite muchas veces en las últimas semanas, pero después de las elecciones será otra cosa , anticipan los que lo conocen al gobernador. Scioli, que tiene la vieja ilusión de ser presidente, está pendiente de Reutemann y de Mauricio Macri, porque cree que los dos están dispuestos a robarle el sueño. No está equivocado.

Reutemann ya lo anticipó, frontal y sin disimulos. Y Macri confía en convertirse en la carta escondida del peronismo. Macri podrá soñar ese sueño sólo si Kirchner y Reutemann fueron fulminados al mismo tiempo, en el mismo domingo de elecciones. El peronismo le golpeará entonces las puertas al jefe de gobierno porteño, quien podría contar, en esa hipótesis, con la Capital y la provincia de Buenos Aires. La eventual derrota de Kirchner deslizaría el liderazgo peronista bonaerense a manos de De Narváez.

Kirchner sabe que la fragilidad es su destino. Desespera, por eso, para conservar un pie en tierra firme. Urde pobres maniobras, como la que protagonizó Osvaldo Mércuri, un político moribundo que terminó cerca de De Narváez, aunque sin ninguna candidatura, y que decidió conocer el despacho de un amigo que, casualmente, es asesor de Scioli. El peronismo disidente se debe, y le debe a la sociedad, una autocrítica por rodearse de personajes tan gastados de la política. El propio De Narváez es ya más un producto de los errores de Kirchner que de sus propios méritos. ¿Dónde está su campaña luego de que Faggionato Márquez dejara de hacer campaña por él? ¿Dónde, la de Margarita Stolbizer y sus aliados?

Kirchner ha hecho otras cosas. Está convencido de que la traición merodea Olivos. Políticos, opositores o peronistas de cualquier extracción; empresarios, amigos o enemigos, y una larga lista de periodistas y editores de medios tienen sus teléfonos intervenidos y capturados sus correos de e-mail por los servicios de inteligencia del Estado. Esos servicios proveen de informes al ex presidente, según la excitación de sus incertidumbres. He visto los enormes disparates que se escriben en esos informes , relata un ex funcionario. Lo peor es que en Olivos los leen , le respondió un funcionario actual. No. Lo peor es que les creen , le replicó el político que ya no está.

Nada de eso es una novedad en la era de Kirchner. Sólo sucede que antes la sociedad estaba entretenida con el crecimiento de la economía. Ahora, en tiempos de agua baja, un lecho cruel está mostrando todas las impurezas de la política. Apareció, entre ellas, el sistema más amplio y profundo de espionaje y seguimiento de argentinos que se haya conocido desde la restauración democrática.

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