El último combate entre Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner.

Por Joaquín Morales Solá.

No les gustó. A los Kirchner no les gusta nada cuando todo se torna visible y espontáneo. Sin embargo, velatorio y sepelio de Raúl Alfonsín constituyeron un fenómeno social que la política no debería despreciar.

¿Qué político está ahora en condiciones de reunir a semejantes multitudes a cambio de nada, ni siquiera de un discurso? Incapaz de corregir antiguas posiciones, el Gobierno se niega a revisar certezas que pertenecen a un tiempo agotado. Y lo cierto es que el matrimonio presidencial miró siempre a Alfonsín con cierta distancia, porque lo consideraba parte del sistema o de la corporación política que los Kirchner detestan. Vastos sectores sociales percibieron a grandes trazos, es evidente, esa discordia entre lo que se fue y lo que está. Y tomaron partido.

Alfonsín no fue un tibio y, por el contrario, tuvo convicciones firmes, aun cuando se equivocaba. Más allá de esos arrebatos, su mayor virtud consistió en saber determinar el momento en que el combate debía cesar para permitir la oportunidad del acuerdo. La confrontación permanente, sostenía, abre heridas permanentes. Y ése es, en última instancia, el principio fundamental que lo alejaba de los que gobiernan ahora. Néstor Kirchner cree, por su propia formación, que esas ideas corresponden a una corporación ajena a las necesidades populares.

Acuerdo o confrontación son también las consecuencias flotantes de otra disidencia más profunda: movimientismo, a cargo de un único líder, o sistema de partidos políticos. Alfonsín era, en efecto, una expresión cabal del sistema de partidos; el sistema, según la descripción despectiva de los Kirchner, pero el único que permite la alternancia democrática y el pleno funcionamiento de la República. Kirchner viene de la cultura del movimiento (así concibió Perón al peronismo), que hace reposar la reflexión y la decisión en un líder casi mesiánico. Sectores importantes del peronismo han comprendido que esa concepción murió con Perón, pero ni Kirchner ni el kirchnerismo están entre ellos.

Kirchner ignoraba a Alfonsín hasta el extremo de haber pedido disculpas a las organizaciones de derechos humanos en nombre de un Estado que "no hizo nada". Carlos Kunkel argumentó entonces la posición de su presidente con frases hirientes para Alfonsín. No hubo un presidente que haya hecho tanto por la revisión del pasado, en condiciones muy frágiles, como el propio Alfonsín. El ex presidente radical le dio una lección a Kirchner. Le reclamó al bloque de senadores radicales que no se dejara influir, en el tratamiento de un importante proyecto del gobierno kirchnerista, por aquellas injusticias en las arbitrarias tribunas de Kirchner.

Ahí se escondía otra divergencia seria entre Alfonsín y Kirchner. El ex presidente radical murió convencido de que la Argentina se debe un debate sobre el futuro, después de haber hurgado tanto en su pasado. Kirchner, que llegó al pasado y a la política nacional hace apenas seis años, está seguro de que su permanente invocación a las tragedias que sucedieron es una bandera electoral importante del presente. Futuro y pasado encierran también otro desacuerdo: unión o fragmentación de la sociedad. Kirchner cree en la existencia de dos Argentinas y Alfonsín predicaba una sola.

Alfonsín perteneció a una generación de políticos que no ignoraba la realidad. Ese mérito no era sólo de él, sino de gran parte de los políticos de su época. Otro contraste con Kirchner, que todavía cree, por ejemplo, que ganará ampliamente en la provincia de Buenos Aires, contra los resultados de todas las encuestas. Decidió, además, que presentará listas propias en Santa Fe y en Córdoba, donde sólo puede perder. Agustín Rossi encabezará la propuesta kirchnerista santafecina y Patricia Vaca Narvaja, Alberto Cantero y Francisco Delich liderarán la cordobesa.

Las decisiones de Kirchner siempre deben subrayarse con un por ahora. Por ahora es así. Pero si terminara siendo así, una gran dosis de irrealidad reinaría en la cima. O existe ese grado considerable de fantasía en el poder o la decisión persigue sólo el propósito de amargarles la vida electoral a Carlos Reutemann y a Juan Schiaretti. La venganza como doctrina y la doctrina como factor de hartazgo social.

Es cierto que los giros y maniobras de Kirchner lo han colocado en una perfecta ratonera. Es candidato sin serlo, pero en las últimas horas dejaron trascender que tal vez no lo sea. Una renuncia a su virtual candidatura en la provincia de Buenos Aires, a estas alturas, significaría la notificación implícita de una derrota del Gobierno. Sería el fin de la elección antes de la elección, porque le seguiría una masiva fuga de peronistas hacia las listas de Francisco de Narváez y Felipe Solá.

El Gobierno confiaba el viernes en que un resurgimiento radical en territorio bonaerense, como secuela de la conmoción social por la muerte de Alfonsín, terminaría debilitando a la oposición. Los radicales no le sacarán votos a Kirchner, sino a todo el antikirchnerismo, deducían. Algunas mezquindades radicales acompañaban esas conclusiones. Pobres lecturas de un vasto hecho social.

Un aspecto que Alfonsín tuvo siempre en cuenta es el valor de la palabra presidencial, tanto para lo bueno como para lo malo. Ni Néstor ni Cristina Kirchner han entendido nunca que las palabras violentas o injustas, puestas en boca de un presidente, son malas por sí solas, pero además corren el riesgo de despertar las peores pasiones en sus propios seguidores. En Doha, la Presidenta equiparó el "colonialismo" que padecen las islas Malvinas con lo que sucede en Palestina. ¿Quién sería, si no Israel, la potencia "colonialista" en Medio Oriente?

Nada más injusto que esa afirmación. Israel es, con aciertos y con errores, un país que lucha desde hace 60 años por ser reconocido como tal por sus propios enemigos. Su gobierno suscribe la necesidad de que existan dos Estados, el judío y el palestino, pero sus enemigos no aceptan la existencia de Israel. Ese es el centro del problema, que ya ha cobrado demasiadas vidas inocentes en ambos lados.

Cristina Kirchner no es antisemita, pero su discurso de Doha les abrió otra vez las puertas a sectores antisemitas que se esconden en el kirchnerismo. Hubo palabras explícitas y casi insoportables en ese sentido. El líder de la comunidad judía argentina, Aldo Donzis, expresó su molestia y su preocupación, que no son nuevas desde que están los Kirchner.

Kirchner decidió asistir al velatorio de Alfonsín cuando fue informado de que una multitud se había echado a la calle para despedir al presidente muerto. La gente común lo empujó hacia donde no quería ir. Esa es la verdad. Dio también mil vueltas para no toparse con Julio Cobos, vicepresidente a cargo de la presidencia de la Nación. Sólo la casualidad los juntó. Prevaleció la tensión entre ellos. Ese desprecio kirchnerista al republicanismo es lo que confrontó también con el republicanismo de Alfonsín.

El último combate soterrado y profundo de ideas, estilos y convicciones entre Alfonsín y Kirchner no justifica, con todo, que el Gobierno haya sido tan poco generoso con los funerales de Estado. ¿Por qué no habló en el Congreso el propio Kirchner? ¿Por qué el Gobierno, a cargo del Estado, no preparó un instante en el que todos los ex presidentes de la democracia argentina rindieran homenaje al primero de ellos? La mezquindad y el sectarismo se adueñaron también de algunos sectores radicales, reflejos fácilmente perceptibles en la lista de oradores de la Recoleta.

Más allá de su larga trayectoria pública, y de sus naturales claroscuros, Alfonsín merecía un homenaje amplio y generoso por un solo momento de su vida. Quien no haya vivido en la Argentina en diciembre de 1983 no conoció lo que significó un instante casi único de felicidad colectiva.

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