El último ataque de Kirchner y su largo silencio durante la dictadura

Por: Julio Blanck

"Que no digan que son periodistas independientes. Que no digan después: tuve que hacer esto para vivir. Ya lo escuché en el Proceso militar" Néstor Kirchner, 25 de noviembre de 2009, en un acto público.

Néstor Kirchner sabe de qué habla cuando habla de argumentos para explicar silencios durante la dictadura. Aunque se los haya endilgado, de modo infamante, a periodistas de Clarín a los que no identificó, quizás hayan sido parecidos a los que se da a sí mismo para justificar por qué el fervor por los derechos humanos le agarró en mayo de 2003 cuando llegó a la Presidencia. Y nunca antes.

Ni Kirchner ni Cristina participaron jamás de la defensa de los derechos humanos en los años de la dictadura, como hicieron tantos otros abogados. Ellos se habían recibido en los primeros años del Proceso, es cierto. Pero otros profesionales jóvenes, de su misma generación, como el peronista santacruceño Rafael Flores o el radical platense Federico Storani, por mencionar sólo un par, tuvieron una postura de claro compromiso frente al Estado terrorista implantado por los militares de entonces.

A los Kirchner tampoco se les conoce activismo en ese rubro en los diecinueve años y medio que pasaron desde la recuperación democrática hasta su llegada al poder. De eso dan fe los integrantes de los organismos de derechos humanos. Quizás los Kirchner tenían la convicción, eso nadie puede discutírselos. Pero si fue así, supieron guardársela bien adentro.

Kirchner y Cristina fueron militantes del peronismo en la Universidad, cuando estudiaban Derecho en La Plata. Esa ciudad tuvo la proporción de desaparecidos más alta en relación a su población, según el informe de la Conadep. Hubo en La Plata 2.002 desaparecidos; buena parte de ellos, estudiantes. Unos cuántos, seguramente, compañeros de Kirchner y Cristina.

Los Kirchner siguieron haciendo política cuando se instalaron en Santa Cruz. También hicieron fortuna. Sin dinero no hay política, dice el manual básico que Kirchner aplica con rigor y éxito indudable desde entonces. El poder y el inmenso patrimonio que tienen hablan por sí mismos.

En un reportaje reciente con los periodistas de Clarín Daniel Juri y Walter Curia, el ex presidente Eduardo Duhalde recordó que el consagrado periodista y dirigente del CELS, Horacio Verbitsky, lo había entrevistado a principios de 2003 proponiéndole que tomara en sus manos la reivindicación de los derechos humanos, como una manera de darle nuevo impulso a esa lucha histórica. Le aseguró que así, además, se iba a ganar el favor de la clase media. Duhalde dijo que esa propuesta también le había sido presentada a Adolfo Rodríguez Saá. Como se recordará, en su breve presidencia Rodríguez Saá recibió en la Casa Rosada a los organismos de derechos humanos, encabezados por las Madres de Plaza de Mayo.

Duhalde, en el reportaje, dijo que había rechazado la idea, pero en cambio "Kirchner compró".

Quizás haya que darle a Verbitsky el mérito por haber convencido a Kirchner de retomar ese trabajo inconcluso de la democracia. Una tarea que había iniciado Raúl Alfonsín, hasta que los carapintadas aparecieron para imponer el freno a los juicios y proteger de hecho a sus superiores y pares que habían secuestrado, asesinado y torturado a miles de compatriotas.

También es legítimo preguntarse cuánto de aquella decisión de Kirchner en 2003 tenía que ver con la atractiva posibilidad de seducir a la clase media, labor que después desarrolló en forma impecable hasta más allá de la mitad de su mandato.

Cristina no tuvo esa suerte: ganó la presidencial en 2007 perdiendo en todas las grandes ciudades del país. La clase media ya se había ido para otro lado. Mucho antes de que ella cometiera la grosera confusión entre personas secuestradas y "goles secuestrados".

Además de abrirse un flanco desfavorable, el de su largo silencio sobre los derechos humanos, en su diatriba del miércoles contra Clarín y sus periodistas, Kirchner confundió con toda intencionalidad los términos que definen la independencia periodística.

La Declaración de Namibia, tomada en 1991 por las Naciones Unidas para declarar el 3 de mayo como Día Mundial de la Libertad de Prensa, dice que "prensa libre es aquella sobre la cuál los poderes públicos no ejerzan dominio político o económico, ni control sobre los materiales y la infraestructura para su producción y difusión".

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos sostierne que "todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".

La crítica al poder es una razón de ser del periodismo. Informar libremente es darle elementos al público para que pueda ejercer mejor su propia libertad. Pero Kirchner no tolera la crítica, sólo soporta audiencias que lo aplaudan. Y menos todavía tolera que se difundan los casos de corrupción que abundan.

Por cierto, los periodistas y los medios cometemos errores, incurrimos en prácticas incorrectas, poco profesionales o directamente corruptas, y a veces corremos el riesgo de parecernos a quiénes, con su ataque sistemático, sólo pretenden acallar esas voces molestas y acomodarlas a su conveniencia.

Esa pretensión de silencio es lo que enfrentamos cada día. Y no se trata sólo de cuidar el empleo, como intentó bastardear Kirchner, sino de defender un modo de ejercer la profesión frente a la agresión y el condicionamiento.

Hay una frase exacta de Carl Bernstein, uno de los cronistas del caso Watergate, aquella investigación que hace más de tres décadas marcó un rumbo para el periodismo independiente. Dijo Bernstein: "El periodismo sigue siendo la mejor versión de la verdad que es posible obtener".

Esa versión de la verdad, aún incompleta, es lo que molesta al poder. No es sencillo buscarla bajo acoso. Pero el periodismo siempre ha sido más tenaz que sus censores.

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