El último aliado

Por Joaquín Morales Solá

Hugo Moyano cumplió ayer el ritual que corresponde al último aliado de los Kirchner. Es un aliado interesado, voluble, imprevisible, pero es el único que le queda al matrimonio gobernante en el desierto en el que vive. Cuando los intendentes del conurbano anuncian de viva voz que necesitan otro líder que les asegure la victoria y los gobernadores peronistas se sienten más prisioneros que amigos de los Kirchner, Moyano exhibe su kirchnerismo sin disimulos.

Moyano ya no es el jefe de la CGT, porque sencillamente queda muy poco de lo que se conoció históricamente como CGT. Los "Gordos" hacen su vida lejos del líder camionero, al que detestan cada vez más, y los llamados "independientes" son independientes, sobre todo, de Moyano.

Esas fracciones antimoyanistas estuvieron ayer en Olivos, pero optaron por un perfil bajo. Nadie verá nunca a los "Gordos" atados a la suerte de ninguna decadencia.

El propio Moyano no repite en privado las devociones kirchneristas que proclama en público. El día que Eduardo Duhalde se decida a contar sus conversaciones privadas podría revelar muchas herejías de Moyano, que ni los Kirchner conocen.

Por algo, Duhalde es el único autoproclamado candidato presidencial que no recibió todavía el reto de Moyano, que ya los destrató en público con sus empellones verbales a Julio Cobos, a Carlos Reutemann y a Mauricio Macri.

Las encuestas de opinión pública señalan que tanto el desempleo como la inflación son en estos días, junto con la inseguridad, los problemas más dramáticos para la mayoría de los argentinos.

Resulta, sin embargo, que el jefe cegetista entró ayer al sancta santorum del poder (que está en Olivos y no en la Casa Rosada) declarando que no tenía ningún reclamo que hacerle al Gobierno. Su ladero Julio Piumato se fue luego subrayando que la reunión había sido "excelente".

Ninguno habló en público de los problemas concretos de los trabajadores argentinos (ni menos aún de los desocupados, que siguen siendo muchos).

La relación de Moyano con el poder es otra. El Gobierno le acaba de prometer que distribuirá en los próximos meses unos 3000 millones de pesos entre las prestadoras médicas sindicales, que la administración les adeuda.

Es cierto que ese dinero no es del Estado, pero tampoco es de los sindicatos. Son los aportes de los trabajadores, que merecen, por ser tales, un uso mucho más transparente que el que presagian los dirigentes sindicales.

Antes, el Gobierno había designado a un hombre de Moyano al frente de la APE, que administra unos 1000 millones de pesos anuales en reintegro a las obras sociales por tratamientos de alta complejidad. La lucha por el control de esta caja fue constante entre Moyano y la ex ministra de Salud Graciela Ocaña, mientras duró la gestión de ésta; ese combate terminó al final con la renuncia de la funcionaria. Ganó Moyano.

El control de los recursos de las obras sociales es un capital invalorable e imbatible para cualquier dirigente sindical.

Moyano ya hubiera sido eyectado de la conducción de la CGT, aunque sea sólo formal ahora, si no le garantizara al resto de la corporación gremial que sólo él puede sacarle esos dineros a Néstor Kirchner. Es también un arma de doble filo: el reparto arbitrario de tales fondos ha sido lo que más distanció a Moyano de los gremios más poderosos del país.

Un aspecto que une a los Kirchner y a Moyano es, al mismo tiempo, el alto grado de impopularidad que padecen los dos. Para decirlo con claridad: sólo Moyano es una figura pública más impopular todavía que los Kirchner.

Según mediciones recientes, la pareja presidencial tiene un 60 por ciento de opinión negativa en el país, pero Moyano trepa al 64 por ciento de rechazo.

Esas mediciones hacen inviable el proyecto escondido del jefe de la CGT (aunque no tan escondido en los últimos tiempos) de convertirse en un Lula argentino. Es decir: en un dirigente gremial que accedió a la presidencia de la Nación desde su condición de dirigente de los trabajadores.

Moyano no es Lula. El presidente brasileño nunca fue sospechado de corrupción personal, aun en momentos en que los casos de corrupción explotaban a su alrededor.

Moyano tiene, en cambio, varias causas abiertas por corrupción y hasta existen vínculos familiares con las obras sociales de los camioneros. Lula es un conciliador nato que detesta las rupturas, mientras Moyano ha hecho de la confrontación y las pendencias un estilo y un proyecto.

Con todo, el sueño presidencial de Moyano es un dato ninguneado pero también tenido en cuenta por vastos sectores del peronismo. De ahí que el líder camionero esté más pendiente de los recursos que de los intereses del conjunto de los trabajadores.

La desesperación de Kirchner, en la hora más conmovedora de su soledad política, es funcional a esas intenciones del líder camionero.

Existe una última coincidencia entre los dos polos que se encontraron ayer. Los dos, el Gobierno y el jefe sindical, aborrecen al periodismo. Moyano fue un aliado práctico y útil cuando el Gobierno intentó impedir la libre distribución de LA NACION y Clarín , en noviembre pasado. Sus camiones bloquearon la calle, que ambos talleres comparten en el barrio de Barracas, con el pretexto de un conflicto entre los camioneros y otro sindicato. Los diarios no tenían nada que ver con ese pleito.

Moyano se despacha asiduamente contra el periodismo en sus declaraciones por radio y televisión. No le gustan, para qué negarlo, las revelaciones que dejan al desnudo sus métodos y su escaso sentido de la ética.

Ayer mismo, Cristina Kirchner volvió con otro de sus furiosos sermones contra los medios periodísticos, a los que acusó de inventar una realidad que los argentinos no perciben. Es al revés: los que mandan tienen una evaluación de la realidad que no es la realidad de la sociedad.

Sabe a extraño que los Kirchner nunca se hayan detenido en las condiciones políticas de Moyano, tan distintas a las del matrimonio presidencial. Quizás sólo sucede que nadie puede desdeñar a su último aliado en un mundo lleno de ingratitudes.

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