Las últimas simulaciones antes de repartir culpas

Por: Pablo Ibáñez

Un Néstor Kirchner manso y apacible; un Francisco De Narváez neoestatista, casi un émulo vernáculo de Hugo Chávez. De tan distintos, los dos protagonistas estelares del 28-J, por momentos se vuelven similares: al menos en eso de simular ser lo que no son.

Además de tácticas de campaña, inducidas por teóricos desconcertados y sondeos fluctuantes, los disfraces que se calzaron Kirchner y De Narváez son la metáfora brutal de una elección que, a 96 horas, tiene un resultado incierto y, para ambos, supone un quiebre.

La tendencia al simulacro es -sin computar la condición de devotos practicantes del verticalismo de la billetera- la única analogía entre los dos. El lunes 29, sean cual fueran los números finales, desayunarán en puntos antagónicos de la pendiente.

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Para Kirchner no se otea ninguna numerología que, aun ganando, lo proclame vencedor. Todo triunfo. Por 1,5 o por 7 puntos -para abarcar los pronósticos que masculla el peronismo-, será ajeno: le deberá la victoria a los testimoniales y a la maquinaria del PJ bonaerense. Y el bloque oficialista perderá bancas.

Un fenómeno brutal y masivo solidifica esa afirmación: el patagónico está, en todos lados donde gobierna un oficialista, más de 10 puntos -en algunos lugares llega a 25- debajo del cacique local. Cómo se ordenará ese desajuste es el enigma de la elección.

Una breve guía de casos testigos. En La Matanza, Alberto Balestrini acumula 10 puntos más que Kirchner. Son 70 mil votos de diferencia (un tercio de los 200 mil votos que, según admiten en el peronismo, les sacará De Narváez en el interior provincial).

En Tigre, el apellido Massa -lo porta Malena Galmarini- se distancia 25 puntos del ex presidente. Hay, entre uno y otro, 40 mil votos de diferencia. Al jefe de Gabinete ya le pasan factura: además de la boleta K, anotó una local que invita a cortar a Kirchner.

En Mar del Plata, Gustavo Pulti, junta 40% y el patagónico 20 -60 mil votos de distancia-, valores similares a los que reflejan las encuestas en La Plata donde Gabriel Bruera amontona un 44% y Kirchner algo más de 22%, lejanía que significa 70 mil votos.

La tracción de abajo hacia arriba -del «aparato» que, por segunda vez, podría salvarlo: en 2003 le permitió entrar al ballottage- al menos de unos pocos puntos, alimenta la expectativa de los ultra K respecto a que no se puede perder el domingo.

Pero no borra el karma, coreado por Solari-Beillinson (de los Redonditos de Ricota), del vencedor vencido. Se negará a la sangría. Un gueto de peronistas bonaerenses prepara para el martes 30 un alarido por Néstor presidente 2011. «Si en 2003 teníamos 23% ¿por qué no nos podemos recuperar de 35%?», teorizan.

Lo acecha, en cambio, una certeza: si pierde, será el padre de la derrota -aforismo político que patentó Eduardo Duhalde-, arrastrará a Daniel Scioli al precipicio y podría dejar, si su operativo para dinamitar a Reutemann da resultado, al peronismo acéfalo de jefaturas y candidatos presidenciales.

Un hipotético huracán, sin embargo, no dañará la base del peronismo puro y duro: ningún intendente del PJ -con excepción de San Miguel y quizá Lomas de Zamora- perderá el domingo a pesar que Kirchner, en esos municipios, quede abajo de De Narváez.

Si ocurre, los alcaldes se almorzarán a Scioli. Será el primer plato. ¿Qué pedirán para el postre? Con una victoria, el cacicaje reclamará su tajada por contribuir a la supervivencia de la aventura presidencial del gobernador. ¿Moneda de cobro?: ministerios.

Horas después de una sentencia electoral victoriosa, Scioli enfilará, sin desvíos, hacia la Casa Rosada. ¿Perseverará en su lógica de que no puede ser presidente contra la voluntad de Kirchner?

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En el otro extremo, para De Narváez no hay hipótesis de fracaso. Una derrota, ni siquiera distante -7 o 9 puntos-, le arrebató el mérito de una elección monumental. Sirve, otra vez, el brevario de Duhalde: a su modo, el empresario el domingo está «condenado al éxito».

Mordaces y dolidos, en el oficialismo lo simplifican en una frase ardiente: «Un ex presidente, el gobernador y 45 intendentes estamos cortando clavos sobre el resultado en una elección contra un candidato que abre sus discursos diciendo alica, alicate», se torturan.

El empresario es tributario casi absoluto de sus votos. Algo le deberá a Mauricio Macri y Gabriela Michetti, una pizca a Felipe Solá, poco y nada al duhaldismo residual. Será una de las estrellas del 28: quizá, como Pino Solanas, un perdedor victorioso.

Asume deudas menos visibles: la andanada anti-K lo tomó como instrumento para dañar a los Kirchner. Los empresarios le prometen, con sigilo, empatía futura. Un indicio: el 28, un grupo multimediático saltará el cerco y se despegará del Gobierno.

De Narváez, ganador en las urnas, puede detonar una crisis con sus socios. La semana pasada se cruzó con Macri. Motivo: el 2011. Si vence a Kirchner ¿por qué debería resignarse a la gobernación? Tampoco frenará esa pretensión la letra constitucional.

Su condición de extranjero, hijo de un colombiano y una checa, no le impidió ser candidato a gobernador en 2007 a pesar de lo que reza el artículo 121 de la Constitución bonaerense. Ese texto, en definitiva, está calcado del artículo 89 de la carta magna nacional.

Un peronista, con pasta de maldito, que dialoga por igual con De Narváez y Macri, navega sobre ese conflicto de intereses entre los socios y los resume en un susurro: «Por eso, Mauricio quiere que el 'Colorado' haga una buena elección: que pierda por poco».

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