La última tentación de Néstor Kirchner

Por Fernando Laborda

Más allá del resultado que puedan arrojar las elecciones en la provincia de Buenos Aires, para no hablar de la debacle que sufriría el kirchnerismo en los otros tres distritos más grandes del país, la imagen que deja Néstor Kirchner al término de la campaña es la de un ex presidente malhumorado, cada vez más solo y con menos poder.

Kirchner nunca pudo torcer la percepción de debilidad que lo acompañó, desde el momento en que recurrió a anticipar la fecha de las elecciones, primero; a las candidaturas testimoniales a cargos "eventuales" y a hacer correr al gobernador Daniel Scioli, después, y a una campaña contra Francisco de Narváez que no hizo más que victimizarlo y alentar la polarización tan temida por el oficialismo.

El ex presidente no logró despojarse de su estilo crispado ni siquiera con la ayuda de la simpática imitación de Freddy Villarreal en "Gran Cuñado". Su última gaffe preelectoral fue la convocatoria a una movilización a la Plaza de Mayo inmediatamente tras el cierre del acto electoral, a cargo de Luis D´Elía, a quien en el propio Gobierno se considera un "piantavotos". La marcha fue desactivada rápidamente. Para algunos, porque su anuncio sólo trajo reminiscencias del conflicto con el campo, cuando piqueteros y militantes K se apropiaron de la plaza. Para otros, porque ya estaba logrado el objetivo de desalentar cualquier movilización con cacerolas de la oposición hacia ese lugar, frente a la perspectiva de sospechas de fraude en los comicios.

Cuando una votación resulta tan reñida, los errores finales se pagan doblemente. Habrá que ver si aquel fallido llamado a llenar la plaza con militantes "contra la oligarquía" fue más grave que las infantiles contradicciones en que incurrieron los principales dirigentes de la Unión Pro sobre la estatización o la privatización de empresas de servicios.

Machacar sobre esa debilidad que mostró el principal rival del kirchnerismo en Buenos Aires no apuntó a sumarle votos a Kirchner, quien habría alcanzado su techo electoral, sino a restárselos a De Narváez en beneficio del Acuerdo Cívico y Social. No parece que el votante tan atento a las contradicciones pueda olvidar las muchas de Kirchner: desde sus elogios a Carlos Menem y a la privatización de YPF hasta su alianza con los llamados barones del conurbano luego de que su esposa los equiparó con la mafia.

Podrá decirse que el movimiento peronista, como tal, es contradictorio. Y que, después de todo, una de las cuestiones que están en juego en estas elecciones es la gran interna del justicialismo, al que unos y otros se aferran porque no conciben otra estructura con la cual haya probabilidades ciertas de alcanzar el poder.

En todo caso, tanto al kirchnerismo como a la coalición de Macri y De Narváez la campaña les deja lecciones. Al primero le mostró que la sociedad está harta de los discursos divisionistas; a los segundos, que además de habilidad para diseñar una buena campaña publicitaria, se requiere un programa coherente.

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