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Por Fernando Peña.

Se acerca el fin del año, ese fin del año marcado por la civilización. El fin del año para que la vida no se nos haga eterna, chiclosa. Para ordenar un poco en etapas, en épocas, en fechas, en días, en horas todo lo que nos pasa.

Se acerca el fin del año, ese fin del año marcado por la civilización. El fin del año para que la vida no se nos haga eterna, larga y chiclosa, el fin del año para ordenar un poco en etapas, en épocas, en fechas, en días, en horas todo lo que nos pasa. La vida es como una película en velocidad rápida. Para entenderla hay que detenerla un poco a veces y poner pausa; eso es tomarse unas vacaciones en un lugar desierto, calmo, ponerse en contacto con la naturaleza y con el universo para recuperar fuerzas, para recomponer la cabeza, llenarla de agua, arena, montañas y árboles. También por momentos tenemos que recurrir a la función de cámara lenta para digerirla tranquilos, para no empacharnos con la vida; eso es cuando durante el día parás un poco, te tomás un baño de inmersión, vas al cine a las tres de la tarde un día de semana, te tomás un vinito, te fumás un puchito, o simplemente salís a caminar sin destino fijo y sin tiempos. Pero a veces definitivamente es necesario partirla en porciones, dividirla en partes para no atragantarnos, para no atorarnos. Para eso sirven estas fechas y muchas otras más que van haciendo que la vida se nos presente en pedazos, para que se deje vivir y no nos mate, no nos atropelle con su inmensidad.

Es el momento en el que todo el mundo habla de balances, las revistas y los diarios nos aburren y nos aturden con sus publicaciones de lo mejor y lo peor, lo más triste, lo más alegre, la mayor tragedia, el menor logro, el primero, el último, el más vendido, la más santa, la más puta, el más largo, la más corta, el más millonario, la mujer del año, el hombre del año... y no nos olvidemos de la pelotudez del 2 de enero cuando a cada rato nos torturan con el primer bebé del año 2009, el primer muerto, el primer robo, el primer quemado, el primer tuerto, el primer topless o la primera cirugía estética.

También es una buena oportunidad para que los que todavía no lograron lo que querían de sus vidas piensen o tengan la ilusión del año que viene... Año nuevo, vida nueva; las resoluciones ridículas que duran lo que un pedo en una canasta, apenas se sostienen unos días y mueren definitivamente en abril.

Pero lo que más me sorprende es que hablemos de balances, como si la vida fuera un asiento contable, un libro de entradas y salidas, columnas de débito y crédito. Y tal vez es porque un poco de eso tiene. Es finita, seguro. Se termina... por lo menos acá, la conocida y vivida otra vez por nosotros, sí, se termina.

Las fechas, las horas, los días, los minutos, los cumpleaños, los aniversarios, las Pascuas, los 25 de Mayo, los días de..., las navidades y los fines de cada año nos s i r ven par a que nos demos cuenta de que la vida no está quieta, nos acordemos de que el tiempo corre, no sé cuán rápido, pero corre, seguro que corre. Cuántas veces hemos tomado como marcador lo que estábamos haciendo o dónde estábamos en tal o cual de esas fechas importantes, que nos marcan, nos sacuden, nos chasquean los dedos en frente de los ojos como diciéndonos que pasó un año, dos o tres o cuatro... a veces diez.

¿Qué estabas haciendo cuando chocaron los aviones contra las torres? ¿Qué estabas haciendo cuando De la Rúa se escapaba en el helicóptero? Son algunas de las buenas referencias para que te des cuenta de cómo eras, dónde estabas y cuánto tiempo pasó ya. Hay miles de acontecimientos mundiales, de llamadores de atención para que nos demos cuenta de cómo la vida nos pasa, de cómo el tiempo corre, de que somos como artículos de supermercado en la cinta transportadora, esa cinta que corre, corre, sin correr, es imperceptible casi... pero corre, sin prisa pero también sin pausa.

La semana pasada fui a tomar algo al piso 48 del hotel Marriot Marquis en Nueva York. El lugar se llama The View. Tiene una de las vistas más impactantes de Manhattan. Llegamos y nos escoltaron a una mesa, nos sentamos y empezamos a tomar tragos... y tomábamos... y tomábamos... y tomábamos... y en eso noté que la vista no era siempr e la misma... al principio pensé que estaba en pedo... y después . . . no... no... no, la vista no era la misma... el lugar estaba girando... era un piso giratorio. Nunca nos habíamos dado cuenta del movimiento, era muy lento... lentísimo... pero giraba... se movía... corría... pasaba... pasábamos... una y otra vez por los mismos lugares... vivíamos... otra vez lo mismo... y oootra vez... y ooootra vez... y se movía... y daba la vuelta lenta... y giraba... y pasaba... y hablábamos. Le pregunté a uno de los mozos cuánto tardaba en dar la vuelta entera y me contestó que una hora... y giraba y hablábamos y giraba y hablábamos y pasaron tres horas. Me di cuenta cuando vi el Empire State por tercera vez... Me desperté, me di cuenta del paso del tiempo, me llamó la atencion, me marcó y sugerí la partida. Tres horas para mí, es mucho tiempo para cualquier cosa...

Cuidado con el tiempo, prestale atención, hacé como cuando eras chiquito y tu papá o tu mamá te decían: “Ves esta agujita... bueno, cuando llegue acá van a ser las doce”. No sé cuántos años nuevos me quedan y vos tampoco sabés cuántos te quedan. Me es difícil definir si estas fechas son tontas o si los tontos somos nosotros, que en cierta forma necesitamos de ellas para despertar, para tomar conciencia del tiempo, de los balances, del qué hice, del dónde estaba ciando, de cuánto tiempo ya pasó... del primero, del último, del mejor, del peor, etcétera. Pero por suerte estas fechas tontas, si se quieren, nos recuerdan indefectiblemente y a pesar de nuestras defensas que lentamente la vida va girando, como el piso 48 del Marriot... Podés intelectualizar el año nuevo, hacerlo cool, cagarte en las fechas... pero hasta mientras le quitas importancia al paso del año y de las fechas, la vida va pasando... y vendrá otro Día del Padre... aunque no contemos con vos, o conmigo.

Hace muchos años, cuando practicaba gimnasia artística en el colegio con el profesor Guillermo Spikerman, no lograba hacer un buen flip flap, y no me salía, y no me salía, de pronto sonó el timbre y se acabó la clase. Me acerqué a Spikerman y le dije que me dejara intentar la última. La hice... y no me salió. Tampoco. Spikerman se me acercó y, mirándome fijo, me dijo: “En esto nunca digas la última porque un día puede ser la última...”. Me quedo para siempre.

Pero a veces hay últimas, porque más allá de que sea una frase hecha, el tiempo pasa y ésta es la última... Espero haberlos hecho rabiar, emocionar, divertir y hasta aburrir porque de eso se trata todo... Señores, si tenemos la suerte de estar vivos les digo hasta el año que viene... Adiós.

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