La última batalla del matrimonio presidencial

Por Mariano Grondona.

Si se las analiza por separado, el veto presidencial de la ley que el Congreso había votado unánimemente para darle algún respiro al campo, el proyecto de una nueva ley de radiodifusión destinada a ahogar la libertad de expresión del periodismo audiovisual, el discurso en el que Néstor Kirchner anunció "la profundización" de ese mismo "modelo" que había sido derrotado ampliamente en las urnas el 28 de junio y la sorpresiva "borocotización" de algunos políticos a quienes se tenía hasta ayer por opositores parecen batallas distintas, pero en realidad son los frentes convergentes de una única batalla: la que acaban de lanzar los Kirchner no ya para "cuidar" el poder hasta que termine el mandato de Cristina, sino para "prolongarlo" mediante la obtención de un tercer período presidencial consecutivo en 2011, ya sea en cabeza de la propia Cristina o, más probablemente, de su marido.

Si el objetivo final de los Kirchner a partir de 2003 ha sido obtener todo el poder, todo el tiempo , el lanzamiento simultáneo de estas batallas en los más diversos frentes sugiere que los miembros de la pareja presidencial continúan iguales a sí mismos pese a la aguda desaprobación popular que están sufriendo. Como este empecinamiento parece contradecir cualquier explicación lógica, no son pocos los observadores que, al no poder procesarlo desde la óptica de un análisis racional de la realidad, han empezado a atribuirlo a causas psicológicas. Algunos hablan así del carácter paranoide que a veces acompaña a los afectados por una desmedida ambición de poder, mientras que otros, aludiendo a la intensa influencia recíproca que dejan ver los miembros de la pareja presidencial, apelan a una inquietante expresión del psicoanálisis francés, la fol ie à deux, aunque esperamos que éste no sea el caso, en tanto que el filósofo Santiago Kovadloff, en un artículo para LA NACION de anteayer, ha apelado a la idea no ya del desequilibrio psicológico del apetito desmesurado de poder, sino del desequilibrio "moral" de la perversión , esto es, de la incapacidad de arrepentirse, de "sentir culpa", por la comisión de excesos que dañan a un país.

Del "dúo" al "coro"

La desmesura que están exhibiendo los Kirchner en estas horas críticas para el país no habría sido posible, sin embargo, sin el acompañamiento de otras conductas que les han sido funcionales, como si un presuroso coro se sumara al dúo protagónico del poder en esta hora incierta. Para comenzar por el último ejemplo de los que enumerábamos al comienzo, ¿cómo explicar la marea de "borocotizaciones" que, últimamente, ha venido subiendo? Quizá de una manera injusta, porque el término "borocotización" también debería aplicarse a otros actores políticos, este neologismo nació inmediatamente después de las elecciones parlamentarias del 23 de octubre de 2005, cuando el candidato a diputado por la Capital Eduardo Lorenzo "Borocotó" se pasó en menos de lo que canta un gallo de Pro al kirchnerismo. Ahora, a cuatro años de aquel escándalo, tanto la senadora "reutemannista" Roxana Latorre, que facilitó el tratamiento de los superpoderes en el Congreso, como la hasta ayer militante ruralista María del Carmen Alarcón, que ha sido aceptada para ocupar un cargo público al lado del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, se han sumado al despliegue del Gobierno.

Habría que agregar a estas desconcertantes noticias la otra sorpresa que estalló cuando un buen número de legisladores nacionales, supuestamente independientes, salieron a apoyar la prolongación de los "superpoderes" en favor del Poder Ejecutivo, que obtuvo holgadamente más votos que aquellos que no habían podido impedir la derrota del oficialismo en el Congreso en julio de 2008, cuando se debatió la famosa resolución 125. Después de la derrota electoral del oficialismo el 28 de junio, algunos supusieron que la menguada mayoría que aún tenía en el Congreso estaba destinada a reducirse aún más. Pero pasó lo contrario. El pueblo marchó en aquella fecha en una dirección, pero un buen número de legisladores, autodenominados "progresistas", marcharon en dirección contraria.

¿Habría que hablar aquí de un fenómeno de corrupción en algunos segmentos de la clase política? Es difícil afirmarlo sin pruebas en la mano porque los actos de corrupción, por definición, son clandestinos. Es imposible no recordar aquí, empero, el acongojado escepticismo que mostró el gran analista Walter Lipmann cuando, en un estudio sobre la corrupción política, se hizo la siguiente pregunta: aquellos a quienes no los anima una alta motivación ética o patriótica, ¿por qué habrían de dedicarse a la actividad política si no fuera para obtener más ingresos que en la actividad privada?

Entre el apuro y la cautela

La batalla por el poder entre los Kirchner y la oposición que ahora se libra con creciente intensidad es en cierto modo asimétrica porque, en tanto que aquéllos azuzan sin cesar la vorágine de los enfrentamientos, ésta se mueve acompasadamente. Los Kirchner actúan como si les fuera la vida en cada jornada, mientras que sus opositores actúan como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Aquéllos apuntan obsesivamente al corto plazo, en tanto que éstos miran al mediano y al largo plazo. La batalla en la que ambos bandos están comprometidos se asemeja de este modo a la pugna entre unos agresivos "tanques", los pocos que les van quedando al kirchnerismo, y una masa mayoritaria aunque dispersa de infantes bienintencionados. Es lógico imaginarla entonces como el combate entre dos fuerzas metodológicamente desiguales. Véase, si no, lo que está ocurriendo entre el Gobierno y el campo. Se observa que el paro que desde ayer han vuelto a protagonizar los ruralistas es el séptimo sufrido por el oficialismo en estos últimos diecisiete meses. Pero también hay que reconocer que, si el campo ha acudido otra vez al paro, lo ha hecho después de haber apelado nuevamente al diálogo aunque sin efecto alguno, mientras la instantánea reacción del Poder Ejecutivo al vetar una ley unánime del Congreso destinada a aliviar el azote de la sequía mostró una vez más que no lo guía una consideración reposada de los problemas de la producción agroindustrial, sino la decisión de prolongar sin término su revancha contra el sector que lo derrotó hace un año.

El gobierno de los Kirchner, ¿no está pensando entonces en "el bien común" de los argentinos, que estaría al alcance de sus manos con sólo rectificar su "modelo" de dominación absoluta para pensar en la producción del país, sino en el "mal de algunos", desde el campo hasta la oposición, a los que juzga sus enemigos? Por eso estamos ahora ante esta puja entre el Gobierno y los que disienten de él, que corre el peligro adicional de que los medios de comunicación audiovisual, que son una de las cajas de resonancia de nuestra vida pública, puedan vivir ahora bajo la espada de Damocles de una nueva ley que, de ser aprobada, incluiría la concesión por sólo dos años de las licencias de las radios y los canales de televisión como una manera de interponer, entre los Kirchner que persisten y el pueblo que ya no los vota, un vidrio oscuro que separe, de un lado, lo que sucede en la realidad y, del otro, una imagen distorsionada de ella hecha a la medida de lo que aspiran a comunicar los titulares del poder. Pero la democracia consiste, después de todo, en la soberanía del pueblo. No hay mayor insolencia que burlarla precisamente en nombre de ella, con el propósito de desinformar a un pueblo que, en su mayoría, ya no desea vivir en una niebla de tapujos y mentiras.

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