La última amenaza de los Kirchner

Por Joaquín Morales Solá

Una crisis financiera internacional sin la Argentina? Jamás. Sólo esa eventual conclusión de los gobernantes argentinos explicaría que se hayan acercado peligrosamente a un abismo del que estaban lejos. Un vendaval de versiones está haciendo vibrar la economía y las finanzas locales.

Hasta el presidente del Banco Central, Martín Redrado, debió aclarar que no había redactado su renuncia. Sin embargo, la autoridad financiera del país debió sacar de las reservas, durante los últimos cuatro días hábiles, casi 450 millones de dólares para sostener el valor del peso. Las reservas son importantes, pero no son infinitas.

Un monitoreo cotidiano del Banco Central señaló que el sistema financiero goza aún de buena salud. En días recientes perdió cerca del 2 por ciento de los depósitos, frente al 8 por ciento que sacrificó durante todo el conflicto con el campo. El problema consiste en que nadie puede predecir la evolución de la psicosis colectiva desde el zafarrancho que les propinaron a las jubilaciones. ¿Cómo podrán explicar que no habrá próximos manotazos fiscales? ¿Cómo le dirán al incrédulo mundo que los Kirchner serán confiables de ahora en más? El problema del Gobierno no es sólo lo que ya ha hecho, sino también lo que se supone que haría cuando tenga que dar el próximo paso.

Empresarios, inversores y financistas venían pidiéndole al Gobierno mejores formas y reglas del juego creíbles. Nada nuevo. Nada del otro mundo. Hicieron las cosas al revés: las pocas reglas del juego fueron consumidas por un fuego autoritario. Y las formas sólo agravaron un sistema bonapartista de poder. Néstor Kirchner nunca consultó su decisión de estatizar los fondos de pensión con los ministros de Economía, Carlos Fernández, y de Trabajo, Carlos Tomada. El jefe de Gabinete, Sergio Massa, andaba buscando alternativas (como la libertad permanente de optar entre lo privado y lo estatal para los aportantes) cuando ya el pulgar de Olivos había bajado definitivamente para los fondos privados. Todo sería estatal. Tampoco nunca se le consultó la opinión al Banco Central.

Sólo Kirchner y el escribidor de sus leyes, Carlos Zaninni, conocían la decisión final. Los ministros ignoraban la trama de la obra que deberían ejecutar luego. Algunos de ellos están ahora en la vereda de los críticos. Son murmullos que deslizan al pasar. Vale la pena preguntarse, de una buena vez, si al gabinete de Cristina Kirchner no le está haciendo falta también una dosis de dignidad.

El pequeño mercado de capitales argentino ha sido destruido. Muchas empresas, y los propios comercios de ventas populares, se financiaban con préstamos o fideicomisos de las AFJP. El titular del Anses, Amado Boudou, anunció que su organismo (estatal, por supuesto) seguirá interviniendo en el sistema de financiaciones. Algunas preguntas, entonces, se hacen necesarias: ¿qué hará la Anses de Kirchner con el pedido de créditos por 500 millones de dólares que Mauricio Macri les hizo a las AFJP para obras de infraestructura en la Capital? ¿Qué le responderá al crédito que pidió el gobernador de Chubut, Mario Das Neves, que ya lanzó su candidato presidencial para 2011 contra los proyectos del kirchnerismo? ¿Los empresarios deberán pasar por Olivos para pedir la bendición de Kirchner cada vez que necesiten un crédito de los fondos de pensión? La decisión final será siempre de Kirchner.

Boudou olvidó rápidamente su formación en claustros liberales: argumentó que los argentinos son miopes para ver su futuro y que el Estado deberá ver por ellos. Los argentinos, en verdad, han perdido hasta la posibilidad de elegir. Hace un año, ocho de cada diez aportantes decidieron quedarse en el sistema privado de jubilaciones. La cifra se alza a nueve de cada diez si se descuenta a los que estaban obligados, por edad, a pasarse al sistema estatal. ¿No fue ésa una clara y reciente opción de entre el 80 y el 90 por ciento de los interesados? Para peor, el monitoreo diario de las encuestas oficiales le daban al Gobierno una confianza en caída en el conflicto con las jubilaciones. Había empezado mejor que las AFJP, pero terminó la semana peor que ellas. La tendencia inquietaba al Gobierno.

Kirchner tenía hambre de las jubilaciones desde hacía mucho tiempo. Su argumento: Brasil financia su banco de desarrollo con fondos de pensión estatales. Alberto Fernández y Roberto Lavagna se juntaron en su momento para disuadirlo; luego, el ex jefe de Gabinete quedó solo en ese combate.

El problema de entonces eran las altas comisiones que cobraban las AFJP para administrar esos fondos. Eso se corrigió el año pasado: las comisiones bajaron drásticamente y los argentinos tuvieron un tiempo para elegir entre lo privado y lo estatal. El resultado fue el triunfo de la jubilación privada. Kirchner nunca digirió esa derrota.

Ahora bien, ¿quién les dijo que la reacción podía ser otra que el tifón en contra que tuvieron? Nadie, porque con nadie consultaron. Pero el propio matrimonio presidencial perdió los reflejos y la percepción. En el último mes y medio, Cristina Kirchner dijo que el ?efecto jazz? era sólo de países desarrollados, que sólo ellos debían pensar en un ?plan B?, que la economía argentina estaba firme y que el financiamiento de la deuda estaba asegurado. Al final de todo, terminó firmando la confiscación de los ahorros jubilatorios de un tercio de los argentinos en nombre de la crisis internacional y de la necesidad de pagar la deuda. Los acreedores coligieron lo obvio: antes estuvo mintiendo y la Argentina se encamina hacia otro default.

Es probable que ni siquiera haya mentido y que su error sea más grave que una mentira: metió al país, por decisión unipersonal de su esposo, en una crisis de la que estaba ausente. El sistema financiero argentino no tiene muchos créditos en la calle; nunca usó hipotecas basura, porque las hipotecas serias son ya una rareza en el país, y el Banco Central aplicó políticas de control. La única duda local consistía en saber cuánto repercutiría en la economía real la recesión de las principales economías del mundo.

La economía real argentina venía mal desde antes de la crisis financiera internacional. De hecho, el consumo de electricidad aumentó sólo un 2,7 por ciento en la medición interanual. El consumo de electricidad se incrementó en los últimos años casi al ritmo del PBI, entre un 6 y medio y un 8 por ciento anual. Ahora, se le agregó, además, una posible crisis financiera y cambiaria por obra sólo de los gobernantes.

Aprobación sin cambiar una coma. Esa fue la instrucción que recibieron de Kirchner los líderes de los bloques oficialistas de diputados y senadores. Difícil. Casi imposible. El proyecto de las jubilaciones corre el riesgo de sufrir el mismo proceso que la intención de comprar Aerolíneas Argentinas: el Gobierno entregó un gato y el Congreso le devolvió una liebre. No le servirá, por lo tanto. Diputados y senadores peronistas, además de la oposición, imaginan en estas horas la mejor forma de atar de pies y manos al Gobierno en el manejo de esos fondos.

Pero, ¿acaso Kirchner no tomó esa decisión para controlar él mismo unos 30.000 millones de dólares? No será así. La última estrategia del Gobierno consiste en deslizar que el matrimonio presidencial podría irse del poder si sufriera otro traspié parlamentario. Una democracia no se gobierna con esa ralea de extorsiones.

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