Twitter, o la incomunicación en tiempos de Internet

Por Mario Diament

MIAMI.- Repentinamente, todo el mundo está en Twitter. Desde Barack Obama y Britney Spears hasta Martha Stewart y Lance Armstrong, una larga lista de políticos, empresarios, actores, periodistas y deportistas, entre millones de otras personas, se empeñan en dar cuenta al minuto de algunas de sus actividades más triviales.

"Estar en Twitter" se ha convertido en la obsesión del momento, en el novísimo símbolo de estatus.

Días atrás, durante el discurso de Obama ante el Congreso, el representante republicano de Texas, Joe Barton, tuvo sus 15 minutos de fama cuando la televisión lo mostró mandando mensajes por Twitter mientras el presidente describía la gravedad de la crisis económica.

Hasta John McCain, quien admitió durante la campaña electoral que no era capaz de enviar un correo electrónico, ahora utiliza Twitter para combatir algunos de los anteproyectos del Congreso.

Para aquellos que no están familiarizados con este servicio, se trata de una red social de Internet desde la cual es posible enviar mensajes a cualquiera que sea miembro de la red. Uno puede crear un círculo de amigos o comunicarse con todo el mundo; espiar los mensajes de su ex o de su estrella favorita, recibir noticias al instante o reportar accidentes. La pregunta fundamental por responder es: "¿Qué estás haciendo en este momento?". El límite son 140 caracteres.

Twitter es la última adición a la poblada aldea global, donde, junto con los teléfonos celulares, los beepers, la mensajería instantánea, Facebook, MySpace y sitios similares, uno puede sentirse permanentemente comunicado con todo el mundo, compartir novedades y reflexiones, y dar a conocer sus alegrías y calamidades.

Muchos se asombrarían de todo lo que puede decirse en 140 caracteres. Uno de los primeros mensajes acerca del aterrizaje de emergencia del avión de US Airways en el río Hudson, el 15 de enero, llegó por Twitter. "Hay un avión en el Hudson. Estoy en un ferry yendo a buscar a una gente. Cosa de locos", escribió el empresario de Florida, Janis Krums, adelantándose con la noticia a todos los medios.

Pero por fascinante que parezca, es difícil escapar a la sensación de que Twitter no es otra cosa que un agujero negro en el ciberespacio, donde millones de personas vuelcan diariamente su vacío existencial.

Salsa picante

Favr.com, un sitio que, según su propia descripción, se ocupa de seleccionar los mensajes más interesantes que aparecen en Twitter, consigna el siguiente, enviado por una tal Jessabelle, de Portland, Oregon: "La salsa en mi burrito es tan picante que me hizo ruborizar como una colegiala sorprendida jugando al doctor con el portero".

Un recorrido más amplio por las selecciones que Favr ofrece produce resultados similares, aunque no, necesariamente, el mismo talento para la metáfora. Proliferan los insultos, las frases truncadas, las observaciones vulgares.

El mundo está interconectado, es cierto, pero ¿hasta qué punto está comunicado? La comunicación, la información y el conocimiento han sido tan drásticamente redefinidos y reformulados en esta era de la informática que ya nadie sabe muy bien qué significan exactamente.

Lo cierto es que millones de personas encuentran divertido contar lo que hacen y leer acerca de lo que hacen los demás, aunque toda la aventura no pase de cocinar un guiso, conocer a alguien o salir de compras. ¿De dónde proviene esta obsesión por comunicarle al mundo lo que hacemos, de contar que estamos caminando, que nos hemos sentado en un café, que hemos cambiado los muebles de la sala o que estamos eligiendo ropa interior? ¿De dónde surge la necesidad de vivir nuestras vidas en tiempo real, como si transcurrieran frente a una cámara?

Lo que esta hipercomunicación produce es la ilusión de que estamos menos solos, de que siempre es posible encontrar una voz amiga del otro lado del celular, de que hay una audiencia global interesada en lo que nos pasa o en lo que hacemos o en quiénes son nuestros amigos.

En 1998, el director Peter Weir hizo una película titulada The Truman Show. En ella, el protagonista, Truman Burbank, interpretado por Jim Carrey, vive, sin saberlo, en un mundo ficticio, inventado por una productora de televisión. Su existencia se desarrolla ante la constante presencia de las cámaras y la audiencia sigue sus aventuras cotidianas como si se tratase de capítulos de una larga telenovela.

Truman no puede escaparse de ese mundo, porque hasta el cielo que admira resulta un telón pintado. Una década después, millones de personas deciden por su propia voluntad vivir sus vidas públicamente, como Truman Burbank.

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