Truffaut: cartas de un amigo entrañable

Por Fernando López.

"La fidelidad al recuerdo de los muertos me parece un tema muy poco tratado en el cine", reflexionaba François Truffaut, cuando en 1978 emprendió el rodaje de La habitación verde.

Iba a partir de una pregunta: ¿qué sucedería si cinco años después de la desaparición de las personas queridas, nuestros sentimientos siguiesen tan fuertes? ¿Hay que aceptar el olvido? ¿Hay que rechazarlo? El, por su parte, se confesaba muy fiel a sus admiraciones y ponía como ejemplo lo que le sucedía con Jean Cocteau: "Hay épocas en que lo echo tanto de menos que me paso una semana escuchando los discos que grabó o leyendo sus libros".

Seguramente no imaginaba que lo mismo podría ocurrirles alguna vez a sus propios admiradores. No son cinco años, sino veinticinco, los que se cumplieron el miércoles último de la temprana muerte del creador francés, y se lo sigue echando tanto de menos como para que volvamos una y otra vez a sus películas como él volvía a Cocteau. Es volver a ese mundo propio, personal, que supo construir en poco más de una veintena de films que conservan vivas su frescura y su gentileza: un mundo poblado de personajes de carne y hueso y sin ningún rasgo de heroísmo, que no sea el muy pequeño que suele exigir la vida de todos los días. El cine, que empezó siendo para él un refugio, un consuelo o el vehículo mágico que lo transportaba lejos de las desdichas de la realidad, fue más tarde el espacio donde prolongar sus juegos de infancia. Instalado detrás de la cámara podía hacer "descripciones dulces de emociones violentas", organizar vidas enteras. Azarosas y pintorescas como la de Antoine Doinel (su otro yo, su doble, su hijo espiritual); anticonformistas y jovialmente transgresoras, como las del trío de Jules et Jim ; envueltas en enigmas como La sirena del Mississippi : sometidas a dilemas éticos por la circunstancia histórica, como los actores de El último subte ; marcadas por la fatalidad como los amantes de La mujer de la próxima puerta , o por el delirio como Adele H . Vidas intensas, sin pausas ni desmayos. "Sin tiempos muertos", como decía en La noche americana , su declaración de amor al cine.

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Decididamente, Truffaut prefería el cine a la vida. "Hacer una película -resumía- es mejorar la vida, arreglarla a nuestro modo; construir un objeto que es, a la vez, un juguete inédito y un jarrón en el que colocaremos, como si fuera un ramo de flores, las ideas que tenemos. Nuestra mejor película será, quizás, aquella en la que logremos expresar al mismo tiempo, voluntariamente o no, nuestras ideas sobre la vida y sobre el cine."

El suyo, quizá toda su obra un solo film, se articula en dos formas de ficción yuxtapuestas y complementarias: la ficción de la vida, en la que cabían sus experiencias autobiográficas, y la ficción literaria. Dos formas reveladoras de sus grandes admiraciones -Renoir y Hitchcock-, pero con una delicadeza y un tono inconfundiblemente suyos. Sus films son algo íntimo, personal. Así los concebía: como cartas. Y las recibimos como confidencias de un amigo.

No puede haber olvido para alguien así.

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