El triunfo de un proyecto comunitario de décadas

No ha sido José Mujica el único ganador en el balotaje uruguayo. Quien considere de ese modo la elección tal vez pierda de vista el cuadro general, que es un poco más complejo. Lo que triunfó ayer aquí, en verdad, es un proyecto comunitario de décadas que encuentra ahora su punto de culminación con la llegada de un ex guerrillero al poder máximo del Estado.
Es necesario mirar con un baño de humildad cómo transcurren las cosas en esta orilla. Mientras los orientales no dejan de espantarse por el modo en que sus vecinos argentinos se fagocitan a sí mismos, vale la pena que Argentina se observe ahora en el espejo de Uruguay. Recordaría así que la imitación ha sido desde siempre una forma del aprendizaje.

En su sustancia, la victoria de Mujica es la de un programa político iniciado en 1971, con la creación del Frente Amplio, y que hace 20 años tuvo su bautismo de fuego al hacerse cargo de la municipalidad de Montevideo. Luego, acabó proyectándose a la legislatura federal como paso previo a su llegada al gobierno nacional. En la intendencia, el Frente debió tolerar la hostilidad de los viejos partidos tradicionales, entonces dueños del poder central e incómodos ante la nueva fuerza que los desafiaba.

Pero su política comunal no se contentó con cambiar veredas, alterar el recorrido de las calles o poner farolitos en las plazas. Tampoco ambicionó de entrada llegar a la presidencia. Al revés, apostó por transformar la ciudad con proyectos sensatos y realizables -saneamiento del río, recuperación de la Ciudad Vieja, modificación del puerto- tras conquistar el apoyo de una sociedad ávida de nuevas propuestas. Se trató, pues, de un programa comunitario en el que los ciudadanos se sintieron reconocidos y no una mera ocasión de negocios para grupos privados. Fue así que, en estos 20 años, mientras los viejos partidos se encogían, el Frente duplicaba sus votos.

Es bueno que los argentinos tomen nota de esto: el Frente ha demostrado que es posible y que se puede ganar porque es una construcción política que logró crecer sin clientelismos, sin barones feudales, sin aparatos sindicales enquistados en el poder con líderes despreciables y con una agitada discusión interna que se guía por un principio elemental: el que pierde, pierde. Un simple ejemplo histórico de ello: cuando en 1996 se discutía la adopción del balotaje en Uruguay, el fundador de la alianza y su máximo emblema, el extinto Liber Seregni, estaba en contra y se enfrentó en la interna con el hoy mandatario saliente, Tabaré Vázquez. Seregni perdió, renunció al cargo y se fue a su casa ¿Habrá algo para aprender?

La admiración que produce ahora Uruguay no es entonces exagerada. Su ejemplo se destaca ante los desastres institucionales de algunos países de la región, que insisten en matonear a sus poblaciones como forma de gestión. A ello respondió días atrás Mujica cuando dijo: "Yo trataría de no multiplicar los focos de conflicto de nuestra sociedad. Me parece que no es inteligente alentarlos".

Esa claridad es lo que alivia la prédica confrontativa, sello de otros líderes, de los que el tupamaro busca diferenciarse: "Le dije a Chávez: vos no construís ningún socialismo, sino una burocracia llena de empleados públicos", contó una vez.

Nada de esto es suficiente para explicar las razones de su victoria, sin embargo. La alianza que sostiene a Mujica bajó la pobreza, creó empleo y dio más educación, al tiempo que atrajo inversiones mostrando previsibilidad y seguridad. De igual modo, el Frente ha demostrado a la élite tradicional uruguaya que apostar a las políticas públicas en favor de los más desprotegidos no es mera dádiva social, sino un mandato que atañe a la conveniencia económica misma de los dueños del capital.

Desde luego que hay aún muchas cuentas pendientes. El gobierno de Mujica tendrá un entorno internacional más hostil que el de hace cinco años y el crecimiento del país no será por tanto a un promedio del 8% sino a la mitad. Esa mengua incidirá en el cumplimiento de la deuda social y las urgencias podrían incluso verse aceleradas por una conflictividad mayor. Un dato mensura el nuevo escenario: la tasa de afiliación sindical -algo siempre saludable- se triplicó en los últimos tiempos.

Pero ésta no será la única arista con potencial explosivo. La economía uruguaya entera está mudando de forma notable. Como suele ocurrir en estas fases de acumulación, cada vez se concentra más. Un ejemplo es la agroindustria. No más de 150 productores son los responsables del 70% de toda la cadena agrícola. Y la mitad está en manos de cinco empresas de origen argentino. La misma concentración se verifica en el sector frigorífico, propiedad en general de inversores brasileños.

Esto ocurre con algunos de los sectores que proveen al Estado con los mayores ingresos. Las leyes elementales del capitalismo, se sabe, implican maximizar el crecimiento y el beneficio del capital. Pero las prioridades de los gobiernos y de sus pueblos son diferentes. De esa contradictoria conciliación de intereses dependerá el futuro del nuevo gobierno.

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