El triste rol del socialismo francés

El espectáculo de las divisiones alcanzó tales proporciones que, hace unos días, Daniel Cohn-Bendit, el líder de las revueltas de Mayo del ’68 y del partido verde Europa Ecología, lanzó un consejo pertinente: "Váyanse de vacaciones".
Las banderas del Palacio presidencial del Elíseo apenas se agitan con la brisa de las críticas lanzadas por los socialistas contra Nicolas Sarkozy. El presidente francés preside sin que sus adversarios políticos puedan alcanzarlo. Embutidos en una crisis interna, inoperantes, sin credibilidad, cruzando espadas unos contra otros a través de comunicados y de los medios, los socialistas franceses prolongan hasta la ironía la opereta de una resurrección interminable. Atrapado entre la refundación, la desaparición, la renovación, la estratificación y las ambiciones antagónicas de varios de sus cuadros, el PS es una marioneta sacudida por las corrientes que pugnan por apoderarse de ella. El espectáculo de las divisiones alcanzó tales proporciones que, hace unos días, Daniel Cohn-Bendit, el líder de las revueltas de Mayo del ’68 y del partido verde Europa Ecología, lanzó un consejo pertinente: "Váyanse de vacaciones".

Con el mes de julio llegaron las vacaciones, pero el PS persistió en dejar abierta la escuela de los golpes. El último episodio opuso a la actual primera secretaria, Martine Aubry (ex ministra de Trabajo y autora de la ley sobre las 35 horas de trabajo semanal), y Manuel Vals, diputado e intendente de un difícil suburbio de París (Evry) y representante de la nueva generación socialista en total desacuerdo con la difusa línea del PS. Vals lanzó una salva de críticas contra su partido siguiendo una conducta que aplica desde 2007, cuando empezó a reclamar que era preciso "desempolvar" al partido y liberarlo de los "clanes presidenciales".

Manuel Vals volvió al ataque hace unos días en las páginas del diario Libération, donde afirmó que era favorable a un cambio de nombre del partido y abogó por "privilegiar la claridad de las ideas al fetichismo de las palabras". Como en una escuelita de provincia, las últimas críticas de Vals a la dirección acarrearon una carta de Martine Aubry publicada en la prensa popular. La dirigente le decía que sus palabras daban la impresión de que estaba "esperando el fin del PS". Seguidamente, Aubry le recomendó que si esas palabras "reflejan profundamente tu pensamiento, entonces tendrás que sacar las consecuencias y dejar el Partido Socialista".

Y como el ridículo es un espectáculo gratuito, Vals le respondió con otra carta pública en la que le asegura que leyendo su misiva siente una "profunda inquietud sobre tu concepción fechada de partido". "Fechada" significa aquí anacrónica, fuera de época, es decir, socialista a la vieja usanza. Nadie ha definido aún la nueva, pero la guerra deja cada semana un cadáver fresco. Este intercambio de amabilidades entre dos generaciones del socialismo francés no hace sino poner en escena la mediocridad de los debates que el PS ofrece a sus desencantados militantes. Manuel Vals no es un representante del ala progresista ni un ferviente partidario de la renovación por la izquierda. Más bien, encarna esa corriente de apertura hacia la derecha del socialismo. Sin embargo, quienes pugnan por la diagonal izquierda tampoco lo hacen mejor, como tampoco los que, al igual que la candidata a las elecciones presidenciales de 2007, Ségolène Royal, buscan un recambio por el centro. Todos parecen aferrados a una soga tendida sobre el abismo y agarrados de dos pilares que no ceden por milagro. Los resultados sucesivos de las elecciones prueban el ocaso veloz del PS. Lleva tres presidenciales consecutivas perdidas (1995, 2002, 2007), dos elecciones legislativas (2002, 2007) y, encima, en las elecciones europeas del mes de junio registró uno de los peores resultados de su historia: 16,48 por ciento de los votos contra 16,28 para el partido ecologista de Cohn-Bendit y 27,89% para el partido presidencial UMP.

En 2006, la emergencia de Royal atrasó la reformulación del PS. Pese a su derrota en las presidenciales de 2007 frente a Nicolas Sarkozy, Royal siguió pesando en el partido. La candidata quiso precipitar un rápido cambio de rumbo, pero, para que no tomara el poder, el aparato interno se lo impidió. Hubo que esperar casi dos años para nombrar una nueva dirigencia, pero ésta tampoco ha sacado la cabeza del fondo del pozo. Ni siquiera sabe sacar provecho de los numerosos errores del Ejecutivo conservador. En la calle, en los bares, la gente se creyó el cuento de los medios y el que destilan los socialistas que quieren tomar las riendas: el socialismo es una cosa del pasado, el partido actual no representa a la sociedad, hay que pactar con el centro, cambiar el nombre y hacer del PS un gran movimiento socialdemócrata. La propuesta tiene, en parte, el mérito de decir la verdad. El socialismo francés se ha transformado en un partido de centroizquierda sin asumir jamás esa transformación. Lo que se llama en Francia "la idea socialista" se disolvió con el ejercicio del poder y la adaptación de un partido de oposición a un partido de gobierno que aceptó sin chistar los dictados de la gestión liberal.

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