De Tripas corazón.

PROMOCION / GIMNASIA LP 3 - A. RAFAELA 0: Jugadores que fueron hinchas e hinchas que jugaron. Si no morimos ayer, nunca más. ¡3 a 0 a los 46´! Y es cierto...
Fue en un pasillo de la cancha, creo que en la platea, pero el lugar es difuso. Un tipo grandote, ancho, mayor que yo, con un buzo bordó, vino hacia mí con la familiaridad que sólo es posible cuando hay un azul y un blanco de por medio. Caminábamos de frente, por un lugar que no tenía piso ni techo, porque estábamos flotando en medio de los gritos. Salí corriendo hacia él impulsado por la locura del momento, pero me estaba esperando con las tripas y el corazón abiertos. Lo abracé como hubiera abrazado a mi viejo --que seguramente estaría en el fondo de la casa regando las plantas para matar los nervios-- y creo que el tipo me recibió como si yo fuera su hijo, o tal vez su hermano menor. Nos quedamos así, apretando los músculos y las lágrimas, y nos despedimos segundos después sin decirnos palabra. Ya lo habíamos dicho todo.

Gimnasia es esa sensación inexplicable por la que nos va la vida. Creo que nunca vi, ni veré jamás, tanta gente exorcizando angustias y broncas, puteando y riendo. Cada uno tenía un santo al que agradecerle, uno pasó al lado mío insultando a un yeta que para qué nombrar (a ver si todavía nos anulan el último gol de Niell) y otro se acordó de la madre de Maturana, pobre, como si tuviera la culpa de algo.

Debo confesar que, siguiendo la fatalidad que heredé de mi abuelo, fui a la cancha con cierto ánimo de velorio. Tengo miedo de que alguien me despierte y me diga no, pará, el partido no se jugó. Y nos obliguen a vivir otra vez este parto que ojalá nunca más tengamos que pasar. Ahora es tiempo de disfrutar, y de reconocer méritos. Primero, arriba de todo, hay que destacar a la gente. No quiero recurrir a ninguna frase de demagogia fácil, sólo aplaudir a una hinchada que se comportó con una dignidad total, aún en la derrota. Cuando el equipo estaba virtualmente descendido, el aliento seguía en pie. Es fácil gritar y movilizar cuando vienen las buenas, pero para nosotros, los del Lobo, el amor por esa camiseta no lo compra ningún resultado.

En el mismo escalón del tablón está un plantel que hizo suya esa bandera genial ("Jueguen como hinchas") y mantuvo esa fe irracional, propia del fanático, y jugó esta final del mundo con un convencimiento que sólo surge cuando se defienden los colores propios. El concepto no hubiera cambiado con el resultado adverso: este grupo se ganó el reconocimiento eterno no ayer, sino cuando decidió pegar la vuelta en el peor momento del club de los últimos 25 años. Es cierto que Diego Alonso nos hace rezongar, pero fue el primero que no preguntó quién venía detrás de él, y se puso en la fila como uno más, para levantar a un equipo que, un año y medio atrás, estaba muerto. Vale, también, para el Gato y Teté, para el Pampa y Chirola, para Mariano y Cuevitas, para Aued, que me conmovió, para Rinaudo y sus huevos, para Agüero, que se hizo hincha jugando, y para el Petiso Niell, al que hay que comprar con una colecta. A ellos y a los demás, a Madelón querido, no te vayas más. A los que nos regalaron esta hazaña inolvidable. Somos una hinchada indestructible: si no nos morimos ayer, no nos morimos más.

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