Los dos triángulos y la pirámide.

Por Mariano Grondona.

La alianza que acaban de anunciar Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá completa el esquema de la oposición.

Si se tiene en cuenta que también se consolida la alianza entre la Coalición Cívica de Elisa Carrió, el radicalismo probablemente sumado a Julio Cobos y el socialismo de Hermes Binner, podría decirse que la oposición que enfrentará al kirchnerismo en las elecciones de octubre próximo tiende a concentrarse en torno de dos ejes principales, uno de ellos (Carrió, radicales y socialistas) de centroizquierda y el otro (Pro y peronistas disidentes) corrido más hacia el centro de nuestra geografía política.

Los dos frentes opositores que se están formando, empero, son territorialmente heterogéneos. Podría decirse en este sentido que, en tanto que la coalición de centroizquierda aspira a tener un alcance nacional, la coalición de centro se concentra por ahora en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, pero nada obsta para que el peronismo disidente del interior se sume finalmente a ella, también con la intención de cubrir el territorio nacional.

Estas son las dos coaliciones que procurarán encerrar al kirchnerismo en un movimiento de pinzas, para derrotarlo en octubre. Si calculamos el probable caudal electoral de cada una de estas formaciones, podría estimarse a vuelo de pájaro que el país político se dividirá en octubre en tres tercios: un tercio de centroizquierda, un tercio de centro y un tercio oficialista.

Pero, así como las dos formaciones opositoras son doctrinariamente vecinas, ya que ambas sostienen los principios de la república democrática, la formación oficialista es centralista y vertical porque sólo obedece a la voluntad de un hombre. Si tuviéramos que ilustrar con ayuda de la geometría lo que pasa hoy en nuestro país, pues, diríamos que dos triángulos desafían a una pirámide. En ambos triángulos ningún líder, ningún partido, pretende dominar a los demás; los triángulos tienden a ser en tal sentido "equiláteros" porque sus "lados" son de magnitud comparable. En la pirámide, al contrario, Néstor Kirchner manda solitario sobre los demás. Computar por ello a las fuerzas políticas que se enfrentarán en las elecciones de octubre como si fueran doctrinariamente compatibles sería tan absurdo como sumar peras y manzanas.

Dos países posibles

Las democracias avanzadas de nuestro tiempo presentan una estructura bipartidaria en virtud de la cual compiten dos fuerzas políticas principales de alcance equivalente, ambas doctrinariamente republicanas y democráticas, turnándose en el poder según oscile el humor de los votantes. Esto es válido no sólo para los demócratas y los republicanos norteamericanos, los populares y los socialistas españoles, los laboristas y los conservadores británicos, la Concertación Democrática y la derecha chilena, los continuadores de Lula y de Cardoso en Brasil y los nacionales o blancos y el Frente Amplio uruguayos, sino también prácticamente para todas las democracias republicanas de nuestro tiempo. En ninguno de estos sistemas políticos militan con alguna posibilidad de éxito los unicatos sometidos a un líder pretencioso de reelecciones sin término. Para encontrar regímenes políticos similares al kirchnerismo, habría que incluir entonces al populismo autoritario de Chávez en Venezuela, de Correa en Ecuador y de Morales en Bolivia.

Lo cual quiere decir que, en octubre, no competirán entre nosotros simplemente tres formaciones políticas doctrinariamente equivalentes, sino dos opuestos sistemas de vida política . Esto confiere especial dramatismo a nuestra próxima contienda electoral. Si ganan los triángulos de centro y de centroizquierda, la Argentina empezará a encolumnarse en dirección de las democracias "normales" de nuestro tiempo. Si en cambio prevalece la pirámide kirchnerista, el país oscilará en dirección del desvío antidemocrático que hoy impera en una subregión latinoamericana. Lo que estará en juego en octubre, por lo tanto, no será la mera confirmación o la mera declinación de un líder o de un partido en el fondo similar a sus competidores, sino el destino mismo de la democracia.

Imaginemos, para confirmar esta visión, que en octubre el kirchnerismo inicia su retirada. En tal caso, una Argentina de centroizquierda y de centro pasaría a ser similar a los numerosos sistemas bipartidarios que pueblan el mundo actual. Si imaginamos en cambio que el kirchnerismo gana en octubre, la sobrevida de la oposición democrática será incierta y el aire de libertad y pluralismo del cual vive se volverá menos respirable día tras día. Lo que acaba de pasarle a Nelson Castro resultaría, en tal caso, sólo un adelanto a cuenta de una Argentina cada vez más autoritaria.

¿Qué significa "ganar"?

El 25 de octubre por la noche, por lo visto, la política argentina se abrirá en horquilla hacia la victoria o la derrota del kirchnerismo, hacia la victoria o la derrota del autoritarismo, o hacia la victoria o la derrota de la democracia. Pero esa noche, ¿qué criterios usaremos para determinar quién ha ganado?

A menos que para entonces las cifras se vuelquen categóricamente en un sentido o en otro, la respuesta a esta pregunta no va a ser fácil. Supongamos, para tomar un ejemplo, que en octubre la "pirámide" obtenga algo más del 30 por ciento de los votos mientras cada uno de los triángulos que la enfrentan obtiene algo menos del 30 por ciento. En tal caso, ¿quién se dirá que ha ganado? La oposición dirá con cierta razón que cerca del 60 por ciento de los opositores es más que algo más del 30 por ciento del Gobierno. Pero el Gobierno lanzará su formidable maquinaria de propaganda para sostener que, desde el momento en que ha llegado primero, desde el momento en que ha demostrado ser la primera minoría, el kirchnerismo es el que ha triunfado.

El objetivo institucional de las elecciones de octubre será, por otra parte, llenar las bancas que queden vacantes del Congreso. Otra manera de juzgar quién ganó y quién perdió la contienda será preguntarse entonces cómo queda la actual mayoría abrumadora del kirchnerismo en el Congreso. Si la nueva suma de las bancas le da ventaja a la oposición, aunque sea mínima, el kirchnerismo habrá perdido el control del Congreso. Y esto equivaldría para él a una catástrofe, porque ¿cómo haría para gobernar de ahí en adelante sin "superpoderes" y sin Consejo de la Magistratura, cómo lo haría sin manipular a su antojo las votaciones parlamentarias? Si aun con aquella abrumadora mayoría el kirchnerismo fue derrotado en el Congreso por el campo en 2008, ¿qué podría pasarle si quedara en minoría?

En tales circunstancias, dos observaciones son pertinentes. La primera es que, siendo la rigidez un rasgo central de la personalidad de Kirchner, se vuelve difícil imaginarlo "flexible", "negociador", en esa nueva etapa. La segunda, que si bien los participantes de ambos triángulos competirán entre ellos en octubre, su manifiesta cordialidad recíproca permite anticipar que no les sería difícil formar mayorías parlamentarias. El signo para determinar quiénes han ganado en octubre podría ser, por ello, quienes quedarán en posesión del Congreso, un Congreso cuyo máximo magistrado es, más allá de los desprecios presidenciales que recibe de continuo, nada menos que el vicepresidente Cobos, una "reserva institucional" para tiempos de crisis con la que no contó en su momento el presidente De la Rúa, debido a lo que ahora se ve claramente como la falta de visión institucional que afectó en su momento al vicepresidente Alvarez.

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